El hombre de las nieves

| 12 febrero 2007 | Notas | 86 vistas | 2 comentarios
  • Originario de Querétaro, don Refugio tiene 70 años de edad, de los cuales ha dedicado 58 a su oficio.
  • Entre otras muchas satisfacciones, vender nieve le ha permitido ir sacando adelante a su familia, comprar su moto, y pagar la renta de su vivienda.

Wuitberto Lara García.

Desde el año de 1949, Refugio Cruz Jácome se ha dedicado a refrescar y endulzar el paladar de muchos queretanos. “El señor de las nieves”, como lo identifica coloquialmente la gente, coloca su moto a las afueras del Mercado Escobedo hace 27 años.

Allí, don Refugio vende sus tradicionales nieves de limón y su afamado barquillo de vainilla con cajeta y coco, el preferido de su clientela, aunque él mismo nos cuenta que los dos productos se venden por igual. “Eso ya depende del cliente y, claro, de la cantidad de dinero que traigan, pues hay helados de 10, de 12 y de 15 pesos”.

Queretano soy, señores.

El señor Cruz Jácome es originario de Querétaro. Tiene 70 años de edad, de los cuales ha dedicado 58 a su oficio que, entre otras muchas satisfacciones, le ha permitido ir sacando adelante a su familia, hasta ahora “y hasta que Dios quiera”.

Y aunque sus hijos ya trabajan, “sigo aportando dinero para la casa, pues hay que darles de comer mientras uno pueda, y ya lo que me den ellos para pagar los servicios de la casa, es bueno”.

Nuestro entrevistado comenzó a vender nieves en distintos lugares: el barrio de Santa Ana, en Nicolás Campa e Hidalgo, en el Mercado Hidalgo, en el Jardín Guerrero y, en fin, en toda el área a la que se le conoce como “el primer cuadro” de la ciudad. Se ponía sobre todo en las paradas de autobuses, como por ejemplo en una que estaba en la Calzada de Belem, hoy Ezequiel Montes, a la altura del diario Noticias. “Ahí me esperaba a que se juntara la gente, y lo chistoso era que me compraban hasta que ya iban a abordar el camión”.

En ese entonces llevaba un carrito de mano, que empujaba a donde hubiera personas esperando su camión, pues allí había más posibilidades de vender nieve, aunque en ocasiones el servicio de transporte se complicaba porque “antes no había caminos, era pura brecha y a veces los autobuses ni llegaban. Cuando llovía era peor, y los camiones hasta llegaban empujándose unos con otros. Entonces era cuando me iba mal, pero me movilizaba a otros sitios”.

Posteriormente los choferes le avisaron que iban a inaugurar la central camionera de la Alameda, que se irían todos para allá, y aun cuando le sugirieron que los siguiera, don Refugio no aceptó porque vio difícil que le otorgaran un lugar para vender ahí. “No quise porque en la nueva Central había muchos comerciantes organizados, y a mí no me daban chance”. De hecho, los comerciantes establecidos le echaban “grilla” para que se alejara de la estación.

Deambulando.

Así, de un lado para otro, anduvo “el señor de las nieves”, hasta que entró en vigor una ley municipal que obligaba a los vendedores callejeros a realizar trámites para poder vender en vía pública. Fue entonces que nació la Unión de Comerciantes Ambulantes del Centro “Adolfo López Mateos”, de la cual fue miembro don Refugio durante 35 años, y por la cual obtuvo su licencia para vender su producto sin problemas.

Fue en 1981 que se establece el Mercado Escobedo, y cuando nuestro entrevistado decide comprarse una moto, que le costó 24 mil pesos, pagando 800 mensuales. “Era una ganga. La compré a crédito, me fue muy bien, y terminé de pagarla”.

En aquel tiempo las ventas iban muy bien, tanto que pagó su motocicleta y hasta pagaba la renta de su vivienda. Ahora han bajado considerablemente. “Antes no me daba abasto, y todo me alcanzaba. Actualmente vendo entre 600 y 700 pesos al día, cuando me va bien, y apenas ahí la llevo, porque me quedo con 300 pesos libres y lo demás lo invierto”.

Don Refugio elabora él mismo la nieve, lo que le lleva hora y media. En cambio, hacer 30 piezas de barquillos le toma hasta tres horas. Este proceso comienza a las 6:00, y a las 12:00 llega al Mercado Escobedo, entre Constituyentes y Zaragoza, o un poco más tarde, pues en el camino hay personas que lo detienen para comprar. Su día termina a las cinco o siete de la tarde, según como vayan las ventas.

Así ha sido durante 26 años, y “hasta que Dios y los clientes quieran”.

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2 comentarios

  1. hola oye tu reportaje esta bien padre de hecho yo escribo reportajes iguales a los tuyos escribo en el periodico el sol del istmo si quieres checa la pagina http://WWW.ELSOLDELISTMO.COM.MX y de ahi medas tu critica constuctiva pues soy nueva en este ambito escribes padre felicidase
    recomen este

  2. me gustaria que me des algun consejo pues me gusto co escribes.
    seria padre aprender mas bueno al menos a mi me gustaria

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