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Entre el oficio y el desmadre

| 26 febrero 2007 | Observatorio Civil de Medios | 70 vistas | comentarios

Ramón Martínez de Velasco

“Yo no quiero causar sensación/sólo hablo de mi generación”: The Who.

México, DF.- La materia gris no se crea ni se destruye, sólo se trastorna. Un aviso a tiempo, por si algún trastornado le pregunta a usted sobre mis trastornos pasados y presentes. Algo muy común en una sociedad de cínicos, en donde tanta gentuza desquiciada y prejuiciosa se presenta ante sí misma y ante los otros como “persona normal”, como “gente bien”, como “la buena onda”.

Tenía razón el poeta Pessoa: “los inteligentes son insoportables”. Y Rimbaud: “tuve razón en mis desdenes”. Palabras que llevó a los hechos pues, como Juan Rulfo, mandó todo al carajo.

Sobre mí, por si hace falta, me gustaría un retrato como el que hizo Emile Bouvier de Jacques Vaché: “No estaba loco en absoluto, pero no por ello dejaban sus acciones de ser desconcertantes. Por ejemplo, en la mañana estaba hospitalizado, en la tarde descargaba carbón en los muelles, y en la noche recorría los cafés y los cinemas. Nunca decía hola o adiós, y no hacía el menor caso de las cartas. No reconocía a sus amigos de un día para otro”.

Hasta ahora, la negra cueva de la psique me ha negado el alcanzar esa beatitud.

Mirando el carrusel

Y hablando de beatitud, a la que aspiraba la generación “beat” en los años sesenta, en enero cumplió 20 años de transmitirse ininterrumpidamente Antologías de los Beatles, que conduce y produce el maese Ricardo Chapa Quintanilla en Radio UAQ.

Para cuando nació ese programa, yo me largué a vivir a Mexicali, Baja California, huyendo de la loquera. Y es que días antes toqué fondo. Mi meta era ser “licenciado en periodismo”, pero algunos de mis maestros me llevaron hacia otras lecturas, hacia la bohemia y la tertulia. De ahí salté al alcohol y a los alucinógenos. Tal cual. Sin sentimientos de culpa ni hipocresía, pues contra lo que puedan opinar los falsos beatos, aquella fue una etapa fundamental en mi vida.

Entre la lectura y el vicio, con Willian Burroughs aprendí la ecuación de la droga: “La droga no es, como el alcohol o la yerba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no es un estimulante. Es un modo de vivir”. El autor de Yonqui vivió en el Distrito Federal y deambuló por su Centro Histórico en busca de “pinchazos”. Si ya su escritura era, en sí misma, una adicción, sus pasos perdidos por la ciudad de México me guiaron hacia su espectro, porque aquí nací, crecí y me embrutecí.

Para cuando Antologías de los Beatles nacía, el azar y la necesidad me llevaron a trabajar en dos diarios bajacalifornianos: La Voz de la Frontera y El Centinela. Fui corrector de galeras porque otro de mis escritores de cabecera, Henry Miller, lo fue. De él aprendí que “siempre hay dos caminos a tomar: uno, hacia la muerte; el otro, hacia ninguna parte”. Cual debe ser, también él residió en el Distrito Federal.

Laboré en aquellos periódicos “cachanillas” porque quería experimentar el testimonio de Miller sobre lo que para él representaba una mesa de redacción. Para mi buena suerte me topé con ambientes semejantes al suyo, los cuales pervivieron aún en el desaparecido El Nacional, en donde Manuel Blanco, alcohólico él, presagiaba la decadencia del oficio en su columna Ciudad perdida, en que criticaba “la figura de aquellos que se presentan como periodistas y son únicamente simuladores, no obstante que anden con traje, sean recibidos en oficinas de prensa, les hagan llegar el boletín, los inviten a foros o congresos a universidades, usen los medios para sentirse importantes y tener aduladores a su lado”.

Sabía de lo que escribía, pues en esos tiempos el traje, la corbata, la grabadora y la computadora nos parecían ridiculeces. Más bien, en nuestro ambiente “los periodistas iban por la vida con su libreta y su pluma, para luego meterse a un café o a una cantina a discutir cosas de su trabajo, a platicar sobre sus limitaciones económicas siempre presentes, de los cambios sociales que debieran producirse, o de los libros que leían”. Y aunque ese tipo de reporteros pudieran ser ninguneados por los periodistas “chic” actuales, a diferencia de éstos aquéllos entregaban en la mesa de redacción trabajos impecables, notas que le apostaban a una gran precisión en el lenguaje escrito.

De ahí en fuera, el periodismo me importaba muy poco (aunque más que ahora), a pesar de que lo estudié en la UNAM, en donde combiné la asistencia a las aulas con las experiencias alucinatorias. En ellas me adentré por culpa de mi maestro Fernando Benítez, el afamado escritor y periodista, quien me contó de viva voz su encuentro con la chamán María Sabina, en Oaxaca.

De los alucinógenos aprendí que mis mejores amigos y amigas siempre fueron y han sido gente cualquiera, anónima, un cero a la izquierda. Mis íntimos e íntimas no son nadie y no les interesa ser alguien. No buscan la fama, ni se sienten líderes de opinión, ni se asumen como imprescindibles, ni se creen la última cerveza del estadio. Y aunque trabajan en ellos y con ellos, se mofan de los medios “gacetilleros” y de los informadores serviles.

Por eso es rescatable Ricardo Chapa. Porque 20 años después continúa sin alardear. Envejece aprendiendo, y está bien. Yo he preferido desaprender y rodearme de cada vez más muertos y de cada vez menos vivos.

Un muerto entrañable fue John Lennon, a quien cuando asesinaron Antologías de los Beatles ni existía. Me enteré viendo un partido de béisbol. Los locutores traducían el aviso que se daba a conocer en un estadio de Nueva York: mataron a Lennon. Momentos después Jacobo Zabludovsky cronicaba el hecho en 24 Horas, con gran maestría. Era el 8 de diciembre de 1980.

Al otro día compré no sé cuántos diarios. Y la revista Time, que aún conservo, y que es de colección. Y lo es porque en las páginas dedicadas al músico de Liverpool se inserta una fotografía histórica y absolutamente increíble: Lennon le firma el disco Double Fantasy a su asesino, Mark David Chapman, quien ante la Corte dijo: “Como Holden Cauldfield, estoy en una cruzada contra la hipocresía”, refiriéndose al personaje central del libro The Catcher in the Rye, de J. D. Salinger (quien también recorrió la ciudad de México), mismo que cargaba al momento de vaciar su pistola contra Lennon.

Antes de su asesinato compré y disfruté ese disco. Era noticia su regreso a la música luego de cinco años de retiro. La curiosidad por volverlo a ver y escuchar era demasiada, y me lancé a comprar el “long play” importado a Hip 70, que no era una tienda de discos, sino un oasis, cuyo dueño era un fanático de los Rolling Stones. “Ver a los Rolling Stones en concierto, es como ir a ver al Papa a Roma”, decía.

En fin, “todo comenzó una mañana ya olvidada”, como cantaba otro maese: Bob Dylan.

Ahora, saludablemente y a tono con Borges, “tantas cosas puedo ya olvidarlas. He llegado a mi espejo: pronto sabré quién soy”. Y no me asombra saberme vencido y muerto.

A mi historia la llamo “la conquista del desierto”.

Escríbame. Siempre contesto.
ramavel@hotmail.com

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