Columna Vertebral 32

12 marzo 2007 | Sin categoría | 19 vistas | comentarios

Arturo Elías Romano Díaz.

El México Profundo.

Desde que me acuerdo, muchos antropólogos no se han cansado de escribir o de decir que al indígena nomás se le ve como una figura de ornato, como a una imagen de tarjeta postal, y no como a una persona de carne y hueso. Y mucho menos como a un ciudadano mexicano.

Pasan los años, y los políticos persisten en su necedad de acarrear a un montón de indígenas para “sacarse la foto” con ellos, y luego presumirle a México y al mundo que ellos sí les hacen caso, que ellos sí los toman en cuenta, y que ellos para nada y bajo ninguna circunstancia son “racistas”.

Luego de la foto, se van y se olvidan de las comunidades indígenas que les abrieron las puertas.

Pero la Historia ha demostrado que a ellos, a los indígenas, no se les olvida.

Se vio el 1 de enero de 1994. Todo iba muy bonito, según Carlos Salinas de Gortari, hasta que de las montañas del sureste bajaron “los sin rostro”, y mandaron parar a todos.

Otros episodios similares se han venido sucediendo en algunos estados de la República mexicana. En Oaxaca y Guerrero, por ejemplo. Y hay quienes aseguran que existen “focos rojos” en otras geografías de nuestro país. Dicen que son fuegos que no se han extinguido, fuegos que no se han apagado durante miles de años.

En Amealco, Querétaro, a las señoras Margarita Zavala de Calderón y Marcela Torres de Garrido, esposas de los señores Felipe Calderón Hinojosa y Francisco Garrido Patrón, una indígena les “estropeó” el festejo del Día de la Mujer, el 8 de marzo pasado.

No iba armada, ni amenazó a nadie.

Ella llegó desde el México Profundo, y tomó la palabra en el México Imaginario. Dio unos chicotazos y se retiró. Va a esperar si hay respuesta a su petición. Lleva tiempo esperando. Es una campeona en eso de tener paciencia, al igual que sus hermanos y hermanas indígenas.

Ella mide el tiempo en siglos, no en sexenios, ni en trienios.

Igual que sus hermanos y hermanas indígenas.

En la mira.

La agenda informativa que, sobre todo, en sus números más recientes ha seguido Libertad en Palabra, ha ido a tono con algunos temas de actualidad.

Por ejemplo, la reforma constitucional que, supuestamente, establecerá el “salario máximo” para los servidores públicos en toda la República mexicana, cuyo tope será el sueldo mensual del señor Felipe Calderón, que es de 163 mil pesos mensuales.

Con esa reforma, los legisladores federales dicen buscar el que el Presidente, los gobernadores, los presidentes municipales, los regidores y los diputados en los estados, se apeguen a una “moral y ética republicanas”.

Ojalá esa iniciativa de Ley llegue a buen puerto, y no sólo anden los diputados federales y los senadores buscando los “reflectores mediáticos”, pues ya se sabe que en este país todos los años son electorales, y ellos, casi siempre, buscan llevar agua a su molino.

Ojalá, pues en estas páginas hemos mostrado cómo la “clase política” en algunos municipios queretanos gusta de despacharse con la cuchara grande a la hora de asignarse sus respectivos salarios, sea cual sea el “instituto político” al que pertenecen, aunque éste no tenga ninguna representatividad, ninguna base social, ni credibilidad alguna entre la población.

Ojalá, pues en estas páginas hemos demostrado un derroche presupuestal muy grave, al que bien podemos calificar como una “afrenta” en contra de la población en general, sea cual sea su posición económica, simple y sencillamente porque golpea, de manera directa y alevosa, el futuro de las generaciones presentes y de las venideras, y eso, francamente, no se vale, y menos se puede dejar pasar.

¿O se vale, lector, lectora?

Todo eso del “tope salarial” y de la “Ley de Transparencia” está muy bien, y se lee muy bonito en los periódicos, y se escucha muy agradable en la radio y en la televisión. Pero, hasta ahora, nuestra agenda informativa ha exhibido una red de privilegios insultantes y un camino construido con buenas intenciones que no lleva a ningún lado (o acaso al despeñadero).

Al parecer, nuestra agenda informativa no iba tan equivocada. Hay lectores y lectoras que han mostrado su indignación al consultar nuestras páginas (las impresas, y ahora las de Internet). Y de eso, justamente, se trataba. De que se indignen y de que actúen en consecuencia. Esa es, entre otras, la labor de un periódico. O al menos, lo es de éste que tiene usted en sus manos, o en la pantalla de su computadora.

Nuestro posicionamiento ha sido el de “no dejar hacer, no dejar pasar”. Porque también formamos parte de las filas de ciudadanos afectados por estas políticas dizque “austeras”. Somos, pues, periodistas, pero también ciudadanos, gente común, víctimas del mal uso y del mal manejo de los dineros públicos. No “flotamos” por encima de la sociedad. Creernos “excepcionales” sería una estupidez.

De hecho, en nuestra búsqueda informativa nos topamos con un “comunicador” que se pensaba “excepcional”, y que en esa creencia actuó en sentido contrario de lo que espera la ciudadanía de un periodista, e incluso de lo que espera un periodista de un colega. Ni modo. No era ese el tema central que nos habíamos trazado. Era una anomalía en la nómina municipal de El Marqués. Esa es la verdad. Pero saltó la liebre.

Es como en ese juego de la ruleta, en que una bolita comienza a girar y nadie sabe en dónde va a caer. O el juego de la botella, a la que alguien pone a dar vueltas pero nadie sabe a quién va a apuntar.

Quiero decir que el centro de la noticia no es una persona, sino un cúmulo de acciones, de hechos y de sucesos en que, por lo general, se ven involucradas una o más personas.

Cuando esto no se entiende, comienza a haber voces que afirman que se está desarrollando una campaña en contra de fulano o de zutano. Nada más falso. En todo caso, son sus propias acciones las que se voltean en contra de fulano o de zutano. Y que fulano o zutano sean “periodistas” o “políticos”, eso nada tiene que ver.

¿O sí, lector, lectora?

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