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“Nunca nos dan trabajo”

| 16 abril 2007 | Sin categoría | 17 vistas | comentarios
  • Desde muy joven, Martín García Martínez es ciego. A pesar de su discapacidad, da de comer a sus dos hijos y los manda a la primaria.
    Lleva dos años buscando una oportunidad de trabajo. Mientras tanto,
    vende diversos artículos de puerta en puerta.

Wuitberto Lara García.

“Quiero que me den una oportunidad para trabajar, de acuerdo con lo que yo pueda hacer”, nos dice Martín García Martínez, un invidente que, a pesar de su discapacidad, mantiene a sus dos hijos, de ocho y 11 años de edad, vendiendo artículos en las céntricas calles de la ciudad de Querétaro.

Nuestro personaje de hoy tiene 38 años de edad, y no pierde la esperanza de encontrar un trabajo acorde a sus capacidades, pues, asegura, el ser invidente no es obstáculo para desempeñarse en el mercado laboral. “Yo lo que pido es que la gente me tome en cuenta, que me considere y me dé una oportunidad laboral, porque es lo que yo estoy buscando”.

Lo cercano se aleja.

Cuando Martín tenía 18 años de edad, enfrentó la desgracia de perder la vista debido a unos parásitos que se le fueron desarrollando en la cabeza (cisticercos), los cuales afectaron su nervio óptico. Recuerda: “Se me fue bajando la visión, poco a poco, y se me fue desarrollando un tipo de miopía pues no veía exactamente a las personas; no distinguía si eran hombres o mujeres, sólo captaba la silueta”.

Cuando de plano perdió la vista se sintió discriminado por la gente “normal”, e inclusive sintió que se convertiría en un inútil, en alguien que ya no iba a servir para nada. Todavía acudía con los médicos con la esperanza de que la ceguera tenía curación, pero uno a uno le dijeron que su problema era irreversible. “Me dijeron que no se podía curar porque se trataba del desprendimiento del nervio que va del cerebro a la retina, así que lo único que me quedó fue resignarme”.

En 1992 trabajó con un neurólogo. Con él estuvo durante cinco años. Contestaba el teléfono y tomaba los recados. Ganaba el salario mínimo pero le alcanzaba para cubrir sus necesidades.

Al final, en 1997, su patrón lo recomendó en la Casa Hogar “San Pablo”, en donde trabajó durante tres años. Allí se dedicó a enseñarle a algunos niños a leer mediante el sistema Braille, e inclusive hasta tocaba la guitarra para animarlos. “Eran niños de lento aprendizaje, con Síndrome de Down, con trastorno psicomotor, o con paladar hundido, o parapléjicos, etcétera. Les enseñé a leer con el sistema Braille y a conocer texturas mediante el tacto. Y para reanimarlos, les tocaba algunos instrumentos musicales”.

En el año 2000 ingresó como trabajador en una fábrica de cepillos dentales, y salió cinco años después. Su función era la de descabezar cepillos con unas pinzas, armar cajas y empacarlos. “Cuando ya estaban listas las cajas de cepillos, en donde cabían 450 piezas, se empacaban con papel celofán. Ese fue mi último trabajo. Ahora, como nadie me ha querido abrir las puertas, tengo que vender lo que sea para cubrir mis necesidades”.

Entre lo que Martín García vende, hay llaveros, incienso y franela en paquete. A su “trabajo” lo acompaña su pequeño hijo. Con su mercancía bajan desde El Tintero, en donde viven, y la van ofreciendo de casa en casa, de oficina en oficina, en el centro de la ciudad. “Voy vendiendo por todo el centro. Hasta en los bares. De mi casa salgo a las 4 de la tarde y regreso a las 9 de la noche, según como me vaya”.

En la casa se queda su hija, quien es la encargada de limpiar, de barrer o de lavar los trastes, sobre todo en temporada de vacaciones, pues tanto ella como su hermanito estudian la primaria. Y es que la mamá padece esquizofrenia y ya no vive con ellos, sino con unos familiares que la cuidan. “Ella viene de vez en cuando, pues ese tipo de enfermos olvidan todo”.

Pobre, pero honrado.

Son muchos los lugares a donde Martín ha pedido trabajo, y son muchos también en donde lo traen a vuelta y vuelta, para nada. A pesar de eso él seguirá intentando hasta encontrar un quehacer, que le permita a él subsistir, pero sobre todo a sus hijos.

Y es que el grueso de la sociedad continúa creyendo que un invidente es un estorbo, cuando que en realidad es una persona que ha desarrollado los otros sentidos, y mediante ellos puede hacer muchas y diversas labores. “Siempre y cuando uno quiera hacerlas”, nos dice Martín. “A nosotros se nos desarrollan el tacto, el olfato y el oído, y eso es muy importante”.

Pero por unos, pagan los otros. Antes que él, han pasado por esos lugares otras personas que estafan a la gente bajo el argumento de que son ciegos. Y cuando llega quien en verdad necesita un trabajo, no le dan apoyo, pues se piensa que sólo se acerca a “limosnear”. Aparte de eso, también está la discriminación. “En todos lados pasa eso, y en Querétaro la discriminación es mucha”.

Diarios, Martín García gana de 80 a 100 pesos. Sólo los domingos no vende sus productos, pues ese día lo dedica a pasear con sus hijos y a distraerse de su rutina habitual. Que no es muy halagüeña.

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