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Más allá de un testimonio pasajero

| 30 abril 2007 | Sin categoría | 63 vistas | comentarios

Víctor Manuel Sánchez Bandala.

Con un agradable concierto se celebró el quinto aniversario del programa “La música”, que transmite Radio UAQ y que produce Feliciano Peña. El concierto, ejecutado por la Orquesta de Cámara del Conservatorio “J. Guadalupe Velásquez”, que dirige Marco Solís Ledesma, sirvió de marco para brindar un sentido homenaje póstumo al pintor y teatrista Arturo Aguila García (1956-2001), de quien se exhibieron también algunas de sus obras.

In memoriam.

Aún lo recuerdo claramente. El viento sopla frío y los cabellos agolpan el rostro de tez morena del incansable trovador místico, ideólogo, pintor, músico y obstinado Arturo Aguila García.

Lo veo frente a mí, mirando el horizonte, observando la vegetación semidesértica y el valle mágico de Real de Catorce. Estamos sobre la cima de El Quemado.

Irascible por momentos, siempre creativo y buen conversador, Arturo tuvo todo para triunfar y, a su modo, logró concretar muchos sueños, porque sus cualidades innatas eran diversas.

Fue en los años ochenta cuando lo conocí. Era líder estudiantil, estudiante y actor de teatro, y trabajaba en la biblioteca central de la UAQ. Eran tiempos de creatividad, misticismo, compromiso social y experiencias de vida.

Bohemio y trovador por naturaleza, Arturo se distinguía por sus cualidades para cantar, tocar la lira e improvisar todo tipo de ritmo musical, siempre sonriente e imaginativo.

Su estilo personal para interpretar, fuese con la guitarra o cantando cualquier “rola”, o incluso modificar las canciones originales, dejaban a quienes lo acompañaban casi siempre un buen sabor de boca. Lo mismo tocaba un blues o un bolero ranchero, que un son cubano o un arreglo de Cri-Cri. Desde luego, su fuerte fue la trova cubana. (Por cierto, ahora que recuerdo, Arturo compartió durante buen tiempo el gusto por la música latinoamericana y la de los llamados grupos folcloristas, que reforzaban la ideología anti-burgués de su tiempo.)

Como teatrista logró la aceptación y reconocimiento de todos los “teatreros” de su generación, como participante del grupo “Juglares”, de la UAQ, siendo uno de los alumnos preferidos del director de Teatro, Víctor Osornio.

Paralelamente a su capacidad histriónica, era bibliotecario. Y es en este punto donde “Aguila” era bien mamón, pues se jactaba de tener amplia cultura general. Y la neta, muchas veces sí que apantallaba.

También fue aguerrido líder sindical, siendo “crucificado” por la Rectoría sin que hubiera ninguna reacción solidaria de sus “compañeros” de trabajo. En fin, era una “monada” de hombre.

A cinco años de su partida será, seguramente, para nuestra generación, un testimonio de vida.

Bien vale la pena resaltar su magnifica obra plástica, a veces colorida, a veces nostálgica.

Arturo fue un excelente pintor. Su calidad, a veces desesperadamente perfeccionista, no tiene objeción. Lo mismo pintó óleos en bastidores preparados que sobre mantas mal estiradas. También su destreza quedó plasmada en un par de murales de singular belleza y atractivo místico. Se trata de obras que describen el rostro anciano de doña María Sabina, la mera mera de Huautla, Oaxaca.

Incluso restauró, por encargo, varios óleos que datan de siglos atrás. Me consta.
Arturo compartió durante los últimos 10 años de su vida, cuando menos, el pincel con su acompañante natural: un leve pero notorio temblor de pulso de su mano derecha.

Pero ni su “temblorina” de mano ni su aferrada indiferencia a comercializar sus obras lograron evitar que produjera decenas de trabajos pictóricos, sobre temas tan diversos y complicados como el mismo autor.

Su talento artístico sin duda nos condujo siempre hacia la admiración de su persona. Sin embargo también se distinguió por su pensamiento complicado y sus características intelectuales lo hacían, a veces, insoportable. Que más que la verdad.

Desde luego que tuvo que ser complicado porque fue un hombre rebelde, un hombre con ideología, un líder sindical solidario, un artista incomprendido y un bohemio de corazón.

Al final dejó recuerdos gratos. También regaños y experiencias místicas. Una familia que lo añora, encabezada por Rayito, su abnegada, solidaria y leal esposa, y por quien verdaderamente pudo conocer mejor a mi distinguido amigo: la comadre de “Arturín”.

Al morir Arturo Aguila García, y qué bueno por él, no tuvo tiempo de ver la desgracia de tener un gobierno de derecha.

Tal vez no lo hubiera resistido.

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