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Nadie sale vivo de aquí

| 28 mayo 2007 | Observatorio Civil de Medios | 307 vistas | comentarios

Ramón Martínez de Velasco.

“Es inútil que toques la puerta. Estamos adentro”:
Jorge Luis Borges.

Ciudad de México.- El pasado 16 de mayo, Juan Rulfo hubiera cumplido 90 años de edad.

“A lo rulfiano se le identifica con lo profundamente mexicano. No tengo una idea clara del significado de lo profundamente mexicano, pero los lectores suelen ver lo profundamente mexicano de Rulfo en el arraigo a la tierra, que es su condena; en los pueblos como especies en vías de extinción; en los cacicazgos que transforman a una sociedad en familias diezmables; en la aridez y en la sequía que condensan la psicología de los lugareños.

Rulfo es el narrador que describe a lo mexicano, sino el que va hacia el fondo de la escasez y del barroquismo del silencio. En su obra la tragedia es el punto de partida de quienes viven entre huidas y asesinatos, entre traiciones y aislamientos”, apunta el escritor y periodista Carlos Monsiváis, su discípulo.

Quien ha leído sus dos libros y observado sus magistrales fotografías, puede comenzar a darse cuenta que el México de hoy es Comala, ese llano en donde lo que abunda son relatos de fantasmas sin espantos, ese páramo en donde todo está muerto.

Lapidarium.

A su casa de la colonia Guadalupe Inn llegaba seguido el también escritor y periodista Fernando Benítez Y si los vecinos corríamos con alguna suerte, los podíamos encontrar en la cafetería de la librería El Juglar, fumando como chacuacos. “Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado charlando con Juan Rulfo, hasta después de la media noche. Y muchas veces me he preguntado si verdaderamente lo conozco.

Siempre deja una sensación de tristeza, de lejanía, de que está en otra parte a pesar de que habla con una naturalidad absoluta, empleando el lenguaje refinado y popular de sus personajes, un lenguaje que él mismo se ha inventado y que no encontré nunca en ningún otro escritor”.

Llegó Juan Rulfo a esta populosa Ciudad de México en 1933. Aquí aprendió literatura en las cafeterías, sobre todo, aunque también le gustaban los tragos. Tanto, que se ponía muy mal y, se dice, por ese maldito vicio abandonó la escritura. Trabajó de archivero en la Secretaría de Gobernación, ganando 84 pesos mensuales. En las noches, como no tenía amigos, se quedaba en el archivo y escribía una novela. Se titulaba “El hijo del desaliento”, pero ese título le pareció muy cursi y tiró las trescientas cuartillas a la basura. Así que comenzó a darle forma a “Pedro Páramo”.

“La idea me vino del supuesto de un hombre que antes de morir se le presenta la visión de su vida. Yo quise que fuera un hombre muerto el que la contara. Originalmente sólo Susana San Juan estaba muerta y desde la tumba repasaba su vida. Allí, entre las tumbas, estableció sus relaciones con los demás personajes, que también habían muerto. El mismo pueblo estaba muerto”.

Ese pueblo, en el que se inspiró Rulfo, se llamaba Tuxcacuesco. Estaba muerto porque allí todos se iban de braceros a Estados Unidos. Así que podía ser Tuxcacuesco o cualquier otro pueblo, si de buscar inspiración en el México de hoy se tratara. “Di con un realismo que no existe, con un hecho que nunca ocurrió y con gentes que nunca existieron”.

En ese poblado despoblado Rulfo se topó con algo que, en 1994, volvieron a encontrar los periodistas en las regiones zapatistas de Chiapas. Gente sin rostro, sin nombre y sin pasado, a quienes sólo por sus palabras se adivina lo que fueron. Por eso muchos de ellos regresaron a la ciudad trastornados, porque se dieron cuenta de que la realidad de los medios informativos es pura ficción, y de que su academicismo se vio rebasado por el espacio y el tiempo indígena, porque los muertos no tienen tiempo ni espacio.

Y en el mundo de los muertos ni el escritor ni el periodista pueden intervenir. “Aquí todos estamos muertos”, les dijo el subcomandante insurgente Marcos. Y su voz se escuchó como un murmullo rulfiano.

“El descubrimiento de Juan Rulfo será sin duda un capítulo esencial de mis memorias”, apuntó el también escritor y periodista Gabriel García Márquez. “Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de la muerte, el 2 de julio de 1961. Yo vivía en un apartamento sin ascensor de la calle Renán, en la colonia Anzures.

Un día Alvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto y me dijo: lea esa vaina, carajo, para que aprenda. Era ‘Pedro Páramo’. Al día siguiente leí ‘El llano en llamas’. Juan Rulfo ha dicho que compone los nombres de sus personajes leyendo lápidas de tumbas en los cementerios de Jalisco. Lo único que se puedo decir a ciencia cierta es que no hay nombres propios más propios que los de la gente de sus libros”.

En efecto, Rulfo recorría cementerios y leía los nombres inscritos en las lápidas. Pero también había un montón de muertos en su historia personal: “Yo tuve una infancia muy dura, muy difícil. Una familia que se desintegró muy fácilmente en un lugar que fue totalmente destruido. Desde mi padre y mi madre. Inclusive todos los hermanos de mi padre fueron asesinados. Entonces viví en una zona de devastación. No sólo de devastación humana sino de devastación geográfica. Nunca encontré ni he encontrado, hasta la fecha, la lógica de todo eso. No se puede atribuir a la Revolución. Fue más bien una cosa atávica, una cosa de destino, una cosa ilógica. Hasta hoy no he encontrado el punto de apoyo que me muestre por qué en esta familia mía sucedieron en esa forma, y tan sistemáticamente, esa serie de asesinatos y de crueldades”.

Se refiere a la guerra cristera, que hoy El Yunque y su “presidentito de la república” reivindican sin rubor: “Las personas que piensan que la justicia más justa es la mejor de todas las justicias, cometen la más grande de las injusticias. La fe fanática produce la anti-fe. Yo procedo de una región en donde se produjo la revolución cristera. En ésta los hombres combatieron unos en contra de otros, sin tener fe en la causa por la que peleaban.

Si se mirara con cuidado cuál era la base de su lucha, se encontraría uno con que esos hombres eran los más carentes de cristianismo. Hay que entender la historia para entender este fanatismo, y poner en tela de juicio estas tradiciones nefastas, estas tendencias inhumanas que tiene como única consecuencia la crueldad y el sufrimiento”.

En 1986, Rulfo entró en la muerte como quien entra a una fiesta.

Escríbame. Siempre contesto.
ramavel@hotmail.com

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