Banner Jurídico.
Banner Sorriso

Las diosas salvajes

| 23 julio 2007 | Observatorio Civil de Medios | 1.244 vistas | comentarios

“Un aburrimiento de buitres lo ató a este árbol. Si él fuera yo, haría lo que yo hice”: Sylvia Plath.

Ramón Martínez de Velasco

Ciudad de México.- Como apunté en mi colaboración anterior, la idea era detallar las cifras millonarias que ha derrochado el “pelele” Calderón en materia de “comunicación social”. Pero en el camino de su aventura se ha atravesado Zhenli Ye Gon y han tomado el escenario los payasos del circo. Hay que esperar a ver qué hacen los magos y los leones. Por mientras, les regalo estos destellos literarios.

Morir es un arte

De las decenas de libros que tuve, muchos vendí y otros regalé. Me quedé con los de cabecera. Uno de ellos, “El quebranto del silencio”, es una compilación de Perla Schwartz sobre poetisas del siglo XX que tuvieron en común haber combinado su trabajo con las obligaciones sociales (casadas y con hijos algunas de ellas), y haberse suicidado. Para ellas vivir o morir era la cuestión a resolver. “Vive o muere, pero no lo envenenes todo”.

En 1932 nació en Massachussets Sylvia Plath. Como suele pronosticarse en cada familia, ella sería la hija ideal, la más popular en la escuela y la estudiante con mejores calificaciones. Como suele suceder también, en su interior se almacenaban incómodos problemas psíquicos que truncaron el pronóstico. Lo que sí se cumplió fue que, desde temprana edad, ya era una consumada poetisa. Otra proeza es que antes de graduarse y ganarse una beca para estudiar en Cambridge, intentó suicidarse con pastillas para dormir.

La intentona la llevó a ser tratada con electroshocks. En 1956 se casó con el poeta inglés Ted Hughes. Poco después del nacimiento de su segundo hijo, Hughes la abandonó por otra mujer, quien también resultó suicida. Para 1963 Sylvia vivía en un pequeño apartamento londinense, con sus dos pequeños y sin apenas dinero. Mientras sus hijos dormían Plath puso su cabeza en el horno de gas y se mató. Tenía 30 años. Una hora antes les preparó el desayuno y se los dejó servido en un buró. “La mujer alcanzó la perfección. Su cuerpo muerto muestra la sonrisa de realización. Sus pies desnudos parecen decir: hasta aquí hemos llegado, se acabó. La luna no tiene por qué entristecerse mirando con fijeza desde su capucha de hueso. Está acostumbrada a este tipo de cosas. Sus negros mantos crepitan y se arrastran. Morir es un arte, como casi todo. Yo lo hago excepcionalmente bien. Supongo que cabría hablar de vocación. La mujer alcanza la perfección. Sus pies desnudos parecen estar diciendo: hemos llegado hasta aquí, es el fin”.

Anne Sexton conoció a Sylvia Plath en un taller literario. Pasó la mayor parte de su vida en Boston. Se casó en 1948 y se divorció en 1970. Tuvo dos hijas. En 1954 se le diagnosticó depresión postparto y sufrió su primer colapso nervioso. Un año después se repitió la crisis.

Ese mismo año, en su cumpleaños, intentó suicidarse. Su médico la alentó a escribir poesía y en ese camino soportó críticas prejuiciosas por tratar asuntos como la menstruación, el aborto y la drogadicción. Se suicidó en 1974 inhalando monóxido de carbono. “Los suicidas ya han traicionado el cuerpo. Nacidos sin vida, no siempre mueren. La muerte es un hueso triste, lleno de golpes, y a pesar de todo ella me espera, año tras año. Balanceándose allí, a veces se encuentran los suicidas, dejando la página del libro abierto descuidadamente”.

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires, en 1936. Estudió filosofía y letras. A partir de 1960 vivió en París, en donde trabajó para la revista “Cuadernos” y algunas editoriales. Publicó poemas y tradujo a Antonin Artaud, quien vino a México a comer peyote y también se suicidó. “La poesía es un juego peligroso que ya cuenta con sus víctimas”, escribió, y entre éstas cita a Arthur Rimbaud, quien abandona la poesía y mató su vida pública. “Los que llegan no me encuentran, los que espero no existen”, apunta Pizarnik, quien debido a sus continuas depresiones y tentativas de suicidio fue internada en el hospital psiquiátrico Pirovano (Buenos Aires). Durante un permiso para pasar el fin de semana en su casa se quitó la vida con una sobredosis de seconal sódico. Tenía 36. “El más grande misterio de mi vida es este: ¿por qué no me suicido?”. En uno de sus más bellos hallazgos, expresa su andar hacia la muerte: “Camina silenciosa, hacia la profundidad, la hija de los reyes”.

Alfonsina Storni nació en 1892, en Suiza. Fue lavaplatos, camarera, costurera, obrera y actriz en un teatro itinerante. Cursó la carrera de maestra rural y se tituló. Consigue un puesto y se vincula a las revistas literarias “Mundo rosarino” y “Mundo argentino”. En 1912 nace su hijo, sin padre conocido. Ya en Buenos Aires trabaja como cajera en una tienda y en la revista “Caras y caretas”. Hace frecuentes viajes a Montevideo, en donde conoce al escritor Horacio Quiroga, quien se suicidó. La soledad, la marginación y la neurosis le obligan a dejar su puesto de maestra de escuela. Sola y aquejada de cáncer se suicidó adentrándose en el mar. Dos obreros descubrieron su cadáver en la playa. “Tenme prestas las sábanas terrosas y el edredón de musgos escardados. Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. Gracias. Ah, un encargo: si él llama por teléfono le dices que no insista, que he salido”.

A Virginia Wolf la trajeron al mundo el fundador del “Diccionario Nacional de Biografías” y una mujer miembro de una familia de escritores. Así que la niña creció en un ambiente frecuentado por literatos, artistas e intelectuales. Tuvo un hermanastro que abusó sexualmente de ella, provocándole diversas crisis nerviosas. Tras la muerte de su padre y de un intento de suicidio por ingestión de somníferos, se casó en 1912.

Junto a E. M. Forster escribió una carta a varios periódicos ingleses sobre el efecto que la censura tenía sobre el ánimo de los escritores, a raíz de que el “Sunday Express” condenó sus temáticas lésbicas. Durante su vida sufrió de trastorno bipolar de la personalidad, que la llevó a suicidarse en 1941, lanzándose al río Ouse con montones de piedras en los bolsillos. Al parecer ya lo había intentado, pues días antes había regresado a su casa con la ropa y el cuerpo empapados. En aquella ocasión dijo que se había caído, pero seguramente ese fracaso le sirvió para descubrir que lo que debía hacer era meter piedras pesadas en los bolsillos de su abrigo. Así no volvería a fallar. Y eso fue lo que hizo. “Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor”.

Escríbame. Siempre contesto.
ramavel@hotmail.com

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Comentar

Agrega tu comentario debajo o deja un trackback desde tu sitio web.

 Suscríbete a los comentario para recibirlos en tu lector RSS.

Se pide que los comentarios se hagan con respeto, para evitar que sean editados.

* campos requeridos

Comentario

¿Quiéres recibir nuestras actualizaciones por e-mail?

Simplemente ingresa tu dirección de correo en la casilla siguiente, aparecerá una ventana confirmándote tu suscripción. A partir de ese momento recibirás un correo electrónico con las últimas noticias.

Ingresa tu e-mail:

Actualizaciones entregadas por FeedBurner