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“La chocolata”

| 1 octubre 2007 | Sin categoría | 58 vistas | comentarios

Agustín Escobar Ledesma.

No hay chocolata que escape a la inquisitiva y esperanzadora mirada de Michael (nombre de origen anglo que, castellanizado, se leería tal cual; sin embargo, siguiendo las pautas del idioma inglés, se pronuncia Maicol) Morales.

Todos los días de la semana, sin faltar uno, se sienta en el quicio de la puerta de su casa situada en una de las ladeadas calles de la popular colonia Menchaca, en espera de la llegada del padre ausente. Sabe que tarde o temprano lo verá bajar de uno de esos vehículos gringos que tanto circulan por la ciudad, síntoma inequívoco de la emigración queretana al gabacho.

Con cada chocolata que sigue de paso sin detenerse, pierde la alegría de correr al encuentro de su progenitor. Su hermano Cristhopher (nombre también anglo que, castellanizado, se leería tal cual; sin embargo, siguiendo las pautas del idioma inglés, se pronuncia Cristofer), de escasos cinco años de edad, no se hace ilusiones. El, durante largo tiempo, creyó que su abuelo era su papá. Hasta los dos años de edad conoció a un señor que dijo llamarse Miguel Morales y ser su progenitor, de oficio carpintero, que desde hacía 12 años, ante los bajos sueldos de los empleos de la ciudad, emigró a Dallas, Texas.

También dijo que antes de abandonar la ciudad trabajó en un taller de ebanistería, pero como le pagaban muy poco, a pesar de ser un buen carpintero, puntual y responsable, optó por “el otro lado”.

Al año de casarse con María del Socorro (Coco) García, cruzó la frontera norte de la mano de un coyote que en aquella época le cobró mil 500 dólares, ante la desaprobación de su pareja quien, irónica, le espetó: “No seas gacho, no te vayas de luna de miel tú solo”.

Durante los tres primeros años Miguel Morales regresaba a Querétaro dos veces al año. Sin embargo después, ante el endurecimiento de los controles fronterizos por el Operativo Guardián, la Guardia Nacional, la temida migra y la gran muralla gringa, sus retornos se espaciaron a dos años.

El primer año, como todavía no le tenía mucha confianza a su esposa, el dinero se lo enviaba a una de sus hermanas de él, pero como ella se quedaba con una buena parte, diciéndole que cuando regresara se lo repondría, optó por enviárselo a Coco.

Eso sí, desde que su marido trabaja en Dallas, a Coco nunca le ha faltado el chivo para la manutención de ella y sus dos hijos. De lo que carecen es de su presencia, su cariño, sus apapachos e incluso sus enojos.

En los cumpleaños de sus hijos Miguel manda dinero extra para que les hagan fiesta, para que les compren pasteles de cinco pisos. Sin embargo la tristeza en la faz de Coco no se extingue con nada; precisamente la soledad se le encarama con mayor rudeza durante los días festivos.

En la Navidad pasada colocó con gran entusiasmo un arbolito navideño y algunas figuras de Santa Claus en las ventanas de su casa, pero, ante la inmensa nostalgia que la invadía, terminó por tirar el árbol a la basura con todo y las figuras cachetonas de Santa Claus. Coco quisiera a su marido (o tal vez a cualquier hombre) para que la paseara, para que la sacara al cine, para que la llevara a cenar, a bailar y a todo lo demás.

Aunque a Coco le gustaría trabajar por su cuenta jamás lo ha hecho desde que casó con Miguel. Las labores domésticas, los niños y la espera de las llamadas de Miguel Morales la mantienen prisionera en su hogar.

La familia de su marido la acusa de que nunca está en casa, que su mamá le alcahuetea con los hombres y Miguel cree que algo hay de cierto porque los niños han reprobado año y no quieren estudiar. El psicólogo de la escuela le dijo a Coco que los niños no iban a estudiar hasta que su papá regresara.

Michael (se pronuncia Maicol) y Christopher (se pronuncia Cristofer) no saben que su progenitor emigró a Dallas con la finalidad de que en su mesa no faltara lo indispensable; para pagar las inscripciones y los uniformes de la escuela que, aunque pública y gratuita, haciendo cuentas hay que pagar la cuota de inscripción que impone la sociedad de Padres de Familia, uniformes, disfraces, festejos del Día del Niño, Día de la Madre, Día del Maestro y ¡ufff! la graduación del fin de curso.

Michael (se pronuncia Maicol) esta esperanzado que en cualquier momento verá llegar su papá a bordo de una chocolata.

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