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De Chichimequillas a Cleveland

| 15 octubre 2007 | Sin categoría | 101 vistas | comentarios

Agustín Escobar Ledesma

Huyendo de la pobreza de Pocitos, comunidad situada en la Delegación de Chichimequillas, municipio de El Marqués, hace unos 20 años, llegó a la colonia Presidentes, de Querétaro, la familia Pérez Hernández. Mientras sus seis vástagos, dos varones y cuatro niñas, crecían, Isidro Pérez se empleó de albañil, trabajando ocasionalmente en las obras negras de los edificios y casas en construcción de nuestra descontrolada urbe que crece a tontas y a locas; su esposa, Josefina Hernández entró al ámbito laboral de la economía informal para satisfacer las necesidades de la prole.

Consiguió un bote, un anafre, un tanque de gas y un comal y se dedicó a la venta de tamales en la esquina de Corregidora y Zaragoza, sitio en el que llueva, truene, haga frío, calor o aire, expende sabrosos tamales que nadan en manteca, teniendo el comal por piscina para delicia de los comensales; nunca falta la tamalera en el costado de La Alameda Hidalgo, así como tampoco nunca fallan los placeros del municipio y los líderes de los comerciantes del PRD que también sacan raja de la actividad gastronómica de la señora Hernández.

Con el transcurso de los años, los hijos de la familia Pérez Hernández crecieron y dos de ellos, los más grandes, que apenas andaban pisando los 16 y 18 años, contrataron los servicios de un “pollero” y se fueron a probar suerte a la Unión Americana, lugar en donde consiguieron trabajo en la industria de la construcción en Cleveland, fría ciudad cercana a Canadá.

Después de cuatro años, Alberto, el menor de los dos hermanos, se tuvo que regresar de su trabajo enfermo de tifo, debido a que se lo contagió una pulga en cierta ocasión en que tomó entre sus manos una ardilla de un bosque; aunque Alberto fue atendido en un hospital gringo, como nadie del nosocomio hablaba español y él desconocía el inglés, nunca supieron los médicos cuales eran los males que lo aquejaban. Por tal motivo, Isidro, su hermano mayor, tuvo que mandarlo de regreso a casa en avión.

En los hospitales locales fue donde le dijeron que había contraído el tifo, peligrosa enfermedad transmitida por los roedores; la sintomatología no lo deja en paz, puesto que si sale al sol, éste le lastima la piel, se enroncha, además de repente se le hincha el cuerpo. Alberto, a pesar del tifo, no pierde las esperanzas de regresar al Norte, pues le parece inconcebible que su “carnal” lo haya superado; de tal manera que lo ha tomado como un reto personal el no dejarse de Isidro.

La suerte de Isidro ha sido diferente. Gracias al hecho de ser ahorrativo, durante el tiempo que ha estado en la Unión Americana, envió dólares a sus padres; primero para que compraran un terreno y luego más dinero para la construcción de su casa; además ha traído vehículos americanos para su familia y él, cada año en que viene de visita, llega en una flamante camioneta Voyager.

Su mamá dice que lo primero que hizo al entrar a su casa fue el colocar la enorme bandera de las barras y las estrellas de Estados Unidos, para sorpresa de propios y extraños que le cuestionaron tan antipatriótico comportamiento; su hermano Alberto le preguntó que por qué ponía esa bandera, que por qué mejor no colocaba una de México. Isidro alegó a su favor que él ponía el lábaro gringo porque era del país del que había recibido un buen trabajo y un buen sueldo, que México nunca le había dado nada, salvo desempleo, gobernantes corruptos, sueldos muy jodidos, inseguridad en las calles y violencia.

La familia, ante el razonamiento lógico de Isidro, le festejó la ocurrencia. En una de tantas visitas a Querétaro, Isidro se casó y después de tres meses de luna de miel, se internó de nuevo a la Unión Americana en compañía de un “coyote”; sin embargo, ahora no se fue solo, también lo acompañó su esposa, que no quiso quedarse en casa esperándolo. Se fueron en busca de su futuro al “otro lado”.

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