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Armadillo

| 26 noviembre 2007 | Historias de Migrantes | 222 vistas | comentarios

Agustín Escobar Ledesma

En estos glaciales días mi amigo y vecino Pablo Landa Herrera, me ha regalado una camisa de suave y cálida franela y una historia de migrantes en donde uno de los actores principales es un armadillo (Dasypus novecinctus), diminutivo de armado; el nombre de este animal omnívoro, que entre su alimentación figuran las víboras, le fue impuesto por los españoles debido a su estructura ósea, semejante a las corazas metálicas que los milicos ibéricos utilizaban para protegerse de las flechas de los pobladores autóctonos durante la invasión a nuestro Continente.

50-historias.jpgCon los caparazones de armadillo (nk’inkwa, en idioma otomí), los concheros elaboran finos instrumentos musicales de cuerdas parecidos a las mandolinas con los que acompañan sus bailes rituales en honor a las deidades católicas bajo las que subyacen antiguos dioses prehispánicos; las musicales conchas de armadillo han proporcionado identidad a los danzantes, razón por la cual son conocidos como “concheros”. Poco a poco ha ido quedando rezagado la peyorativa denominación de chinchines con el que eran señaladas las “Mesas de concheros” de nuestra entidad.

Otra de las bondades del armadillo es su carne que, para quienes la han probado no me dejarán mentir, es muy sabrosa; aunque yo solamente la he probado en una ocasión con unos amigos de Cieneguillas, Tierra Blanca, Guanajuato. Sin embargo, hoy, después de lo que me contó Pablo, no estoy seguro de volverla a ingerir. En cierta ocasión, le platicaron a mi amigo que un grupo de siete migrantes que cruzaban el desierto de Arizona en busca del ansiado American Way off Life, se perdieron en el camino. Con sed y con hambre, a los hombres los alcanzó la tarde en medio del yermo paraje, por suerte, antes de que oscureciera totalmente providencialmente se atravesó en su camino un armadillo.

Entre todos corretearon al mamífero hasta darle alcance y muerte. En unos cuantos minutos, apresurados por el hambre que les apretaba los intestinos, ya tenían al armadillo ensartado en un palo dándole vueltas encima de una fogata para asarlo.
Cuatro de los siete migrantes comieron hasta saciarse de carne de armadillo mientras que los otros tres compañeros de viaje, por más que les rogaron, no quisieron probar el exquisito manjar porque les causaba repugnancia y prefirieron quedarse con hambre.

Al amanecer los cuatro migrantes que cenaron armadillo jamás se levantaron, murieron. Sus tres compañeros, intrigados por el misterioso deceso, revisando a la luz del sol las entrañas del armadillo, encontraron una víbora de coralillo.

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