Una nueva ley de medios, una nueva comunicación con el hombre
José Luis Alvarez Hidalgo
Para Jacobo Pichardo, por la injusticia que le cometí.
Una nueva ley de medios que regule las acciones comunicativas de las grandes empresas mediáticas en el campo de la radio y la televisión se ha convertido no sólo en una necesidad insoslayable, sino en una urgencia inaplazable.
El tiempo apremia. Vivimos momentos turbios y turbulentos en el ámbito nacional y, más acuciante aun, en lo local. La derecha mediática y la derecha gobernante han dado muestras de una intolerancia de la que no puede creerse en la era de la modernidad democrática (eso existe o es sólo un desvarío intelectual de quien no tiene la mínima certeza de nuestra realidad factual), pues lo que impera es un tufo fascistoide que inunda todos los espacios de la vida política nacional.
El nombramiento de Mouriño como Secretario de Gobernación, que a nadie debería importar su nacionalidad, ni su afición futbolística, sino los intereses que representa y el modus de su accionar político desde la ultraderecha (eso sí es lo verdaderamente preocupante); la salida de Carmen Aristegui de W Radio; el acoso sistemático del gobierno federal y de Radio Centro en contra de Radio Monitor de José Gutiérrez Vivó; la miserable trasformación del Diario Milenio en la bazofia periodística en la que se ha convertido hoy; el asesinato de periodistas por parte del narco y el castrado ejercicio crítico por parte de la mayoría de los medios de comunicación que lucran con una concesión que les otorgó el Estado mexicano para servir a la nación y al pueblo de México (aburrr, eso sí se oyó como el país de las maravillas).
Y sí, aunque usted no lo crea, eso es precisamente lo que tiene que validar la nueva ley de medios: recuperar el espíritu de servicio a la nación que significa tener una concesión.
¿Cómo se va a regular esa madeja sin fin que representan los interese de un grupo de particulares muy poderosos que con los grandes consorcios de medios gobiernan nuestro país? ¿Cómo recuperar y legitimar la soberanía de nuestro espacio radio eléctrico y de la señal de televisión abierta que ha sido usurpada (y parece que para siempre) por un puñado de hombres de negocios que sólo la explotan para saciar su infinita ambición personal (¡Aguas que allí viene Carlos Slim!).
La ley en cuestión se pretende diseñar en ese sentido para que cubra todos los huecos faltantes y dejemos de ser rehenes, los ciudadanos, las instituciones públicas, los medios alternativos y populares, ¡todos!, del imperio mediático en nuestro país.
Por tales motivos, celebro la formación del Frente Nacional por una Nueva ley de Medios, el pasado 20 de febrero, que vigile muy de cerca todo el proceso legislativo en la aprobación de la citada ley y pueda asegurarse una comunicación democrática en todos los niveles de nuestra sociedad.
Eso mismo tiene que permear en nuestro estado, donde las cosas no andan nada bien. Una andanada de descalificaciones personales se desató en los medios que reciben línea directa de los poderes formales, a raíz de la cobertura que Libertad de palabra realizó del II Informe de Rectoría y que al parecer no fue del agrado de los arriba mencionados.
La guerra sucia que emprenden estos medios y los poderosos ofendidos, y que demuestra el verdadero nivel del periodismo en Querétaro, tiene la finalidad expresa de acallar las voces críticas y crear un paraíso de lealtades serviles en torno a los poderes formalmente constituidos.
El ejercicio crítico no tiene cabida en la falaz democracia que se practica en Querétaro y eso duele de verdad.
Asuntos de esta índole platicaba la otra vez en los pasillos de mi Facultad de Ciencias Políticas con Jacobo Pichardo, un joven egresado de la carrera de periodismo de la UAQ, quien actualmente se desempeña como conductor del noticiario vespertino y sabatino de Radio Centro, por cierto de modo muy profesional, responsable y crítico (lo que tanta falta nos hace) y me hacía saber el desencanto que priva en los jóvenes que se lanzan a la aventura del periodismo y topan con pared ante la fuerte censura que priva en los medios donde laboran y que no les deja un solo resquicio de libertad.
Esta situación de por sí anómala, crea otra aun más grave: estos reporteros ahora incurren en la autocensura a sabiendas de que la nota crítica que han elaborado no va a publicarse ni remotamente en el medio donde trabajan. Así las cosas.
Me despido de Jacobo con una palmada, diciéndole que la batalla por ganar espacios democráticos en los medios debe continuar y que él va por buen camino. Sonríe con cierta incredulidad y se aleja. La lucha apenas comienza.
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