La moralina del diputado Fernando Urbiola Ledesma
Carlos González Morales
Bajo estrictos principios liberales, el Estado no tiene razón para inmiscuirse con la moralidad de un matrimonio. De hecho – me parece – el matrimonio, como institución legal, debería de avanzar hacia la amoralidad y constituirse, en todo caso, como un simple contrato entre dos personas que deciden compartir derechos y obligaciones recíprocos.
Esto implicaría no sólo la apertura a “sociedades de convivencia” entre personas de un mismo sexo, sino desmantelar el concepto legal de familia, y partir del supuesto de que ciertas situaciones específicas como la cohabitación, la maternidad, la paternidad, generan derechos y obligaciones específicas.
“La familia” no es una institución. Cada familia, en todo caso, se constituirá como una institución, con sus normas, valores y principios específicos, según los antecedentes, las inclinaciones y las preferencias de sus miembros, siempre bajo el respeto irrestricto de los derechos individuales y las garantías constitucionales que ofrece el Estado.
Si uno se va al Diccionario de la Real Academia de la Lengua, en ningún lugar dice que una familia sea un grupo conformado por un padre trabajador, una madre embarazada y de faldita, y algunos niños obedientes – como aquel lamentable monumento a la familia ubicado en Avenida Corregidora.
El Estado no puede – y de ahí lo indignante que resulta el referido monumento – orientar las instituciones para la defensa y promoción de una moralidad familiar específica.
La reciente propuesta del Diputado Ledesma y su moralina (la Real Academia de la Lengua define “moralina” como una “moral inoportuna, falsa o superficial), en la que busca volver a tipificar el delito de “adulterio”, va en el mismo sentido y constituye – he aquí una palabra que no uso mucho pero en esta ocasión sí lo amerita – un retroceso indignante.
En uno de mis frecuentes errores de vida, estudié casi un año de la licenciatura en derecho de la UAQ. Recuerdo que una de las primeras cosas que te enseñan es que existen normas jurídicas y normas sociales, división necesaria para entender que no todo lo que se considere como “malo” por una mayoría de ciudadanos puede constituirse como un delito.
Así que el total de la población queretana podrá decir que tener relaciones sexuales con alguien que no es tu conyugue es algo “malo” – aunque muchos de ellos sería bastante hipócritas –, pero eso no constituye razón suficiente para encarcelar a quien realice dicho acto. Basta imaginar la plática en el Cereso para ver el absurdo: “¿Y tú por qué estás aquí?”; “¿Yo? Asalté un banco a mano armada, ¿y tú?”; “Me acosté con la vecina…”
Cierto que el adulterio, a petición de parte, debe constituir una causal de divorcio; el afectado o afectada podrá, incluso, pedir una indemnización por “daño moral”, pero hasta ahí.
La propuesta, sin embargo, hace evidente la tendencia de nuestro diputado Ledesma a caer en fáciles moralinas, a querer traducir los Diez Mandamientos a lenguaje jurídico, cuando la lógica del Estado liberal, del Estado laico, ha sido depurar la legislación de moralidades particulares a favor de principios generales y universales de convivencia y respeto entre seres humanos diversos con moralidades diversas.
Esta política moralina, que en Querétaro no es exclusiva de Ledesma, se manifiesta, por ejemplo, en el uso de recursos públicos para financiar el “monumento a la familia” judeo-cristiana – ese del que hablé arriba, el que está en Avenida Corregidora. Pero, lo peor de esta moralina es que distrae la discusión y la legislación de los asuntos importantes y concretos.
No se trata de “defender la institución de la familia”, sino de defender los derechos y el bienestar de personas específicas, de niños que son golpeados por sus padres, de ministerios públicos que no atienden adecuadamente a las víctimas de violencia familiar, de mujeres y hombres que viven bajo la violencia física, psicológica y verbal cada uno de los días de su vida…
Pero Ledesma despotrica contra el divorcio – cuando a tantas parejas y niños les haría tanto bien – y contra el adulterio.
Por defender a “la familia como institución”, por defender a ese ideal judeo-cristiano adaptado a las condiciones de una sociedad de consumo; por defender ese ideal superficial de un padre que trabaja y una madre que se embaraza, y de ambos que permanecen juntos porque sus hijos necesitan de una “figura paterna” y una “figura materna”; por repetir cantaletas y moralinas de ese tipo hasta el cansancio, las mujeres creen que son buenas madres al aguantar a su marido y se sienten culpables cuando denuncian la violencia a la que son sometidas; por repetir esas cantaletas el orgullo del hombre se fortalece por mantener a su familia unida, sin importar las condiciones psicológicas en las que se encuentren sus miembros; por repetir esas cantaletas, además, se fomenta la discriminación social e incluso jurídica – ese es el sueño de Ledesma –, de otras formas de convivencia familiar.
El señor diputado debería trabajar más por el bienestar de la sociedad y los individuos que la integran, que por ganarse la entrada al cielo de su dios…y por favor, que quiten ese “monumento a la moralina” que está en Corregidora.
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Sucede lo de siempre… Muchos quieren tapar el sol con el dedo…, o bien, hacernos creer que luego del árbol…, no hay nada…
Dirigentes que en complicidad con los mismos ciudadanos, y que invocando temas “moralistas”, y generando polémica respecto a ellos, intentan, y hasta logran…, encubrir los asuntos que si tienen una real importancia y urgencia, y que necesitan ser tratados ¡ya!.
Es una pena que, a raíz de declaraciones como estas, terminemos “casi todos” en una compulsa inútil por saber, o comprender, o averiguar si es lícito o no, si es pecaminoso o no lo es, tener relaciones extramatrimoniales etc., etc., etc…, después de todo…, la ley sanciona actos reñidos con la moral familiar y social, y para ello hay abogados que se dedican a estos temas específicos.
Si alguien quisiera hacer “daño” o darle una “lección de moralidad” a un semejante, bastaría con que se pusiera a filmar con una pequeña camarita los rostros y los números de placas de los carros que se estacionan donde las trabajadoras y/o trabajadores del sexo tienen su base, seguramente nos llevaríamos una gran sorpresa, o no…, depende del grado de asombro que uno pueda tener… en fin…, pienso que la única opción que nos queda es “convencer” a los legisladores que trabajar es, a veces, una sana costumbre…, aunque a mi modesto parecer, hay muchos que se han tomado a pecho aquella frase que inmortalizaron los Les Luthiers y que dice: Trabajar nunca mató a nadie… Pero, ¿¿¿para qué arriesgarse???… Gracias