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Literatura cotidiana

| 12 mayo 2008 | El ahorcado del lunes | 1.142 vistas | comentarios

Eduardo Garay Vega

A los literatos a veces se les olvida que hay vida cotidiana, pero muchas veces la vida cotidiana debería olvidarse de las personas que leen literatura. A ver si me explico: si por algún motivo usted tiene computadora en casa desde hace poco más de seis meses, es probable que el compañero de trabajo que acaba de sacar un préstamo personal de nómina, venga a su casa o a su lugar de trabajo con un folleto de publicidad y le pregunte sobre si es mejor la hp o la acer o la lg.

Literatura cotidianaSu amplia experiencia de seis meses manejando computadora, tener un correo electrónico y decir que fue al ciber a checar cuanto debía en su tarjeta; lo han convertido en el experto en informática de la oficina.

Bueno, algo similar pasa con aquellas personas que dicen les gusta leer o escribir. En esta época, principios de mayo, surgen las geniales ideas de los convivios para festejar a las mamacitas de la empresa y entonces se planea elaborar, entre todos, la tarjeta de felicitación para repartirle a las secretarias, jefas, subalternas y proveedoras.

Entonces es cuando el culto e intelectual de la oficina y el experto en computación deben pensar en la susodicha felicitación, que incluya un pensamiento bonito, coinciden todos, y que se vea de poca, comenta el clásico gandalla que sugirió ahorrarse un billete pidiéndole a los cuates que se reventaran la tarjetita sencilla, pero que no se vea chafona, dice mientras guiña un ojo y palmea a los encargados del trabajito.

Y sí, entre maestros es peor. Escríbete un poema, dicen, como ese de “el brindis del bohemio” o “mamá soy paquito”, que les llegue… Tú que todo lo sabes, inspírate un poema para que lo declamen los chamacos a sus cabecitas blancas…

Digo, que culpa tiene alguien de que en tierra de ciegos el tuerto vaya hasta adelante guiando la manada. Si uno ha confesado que leyó más de un libro está condenado de por vida. El jefe le grita a uno: “como se oye mejor: pero no obstante, o mas sin embargo y por ende”. O peor, “¿cómo le hago para hacer el informe si no hicimos casi nada en todo el año?”. Si no es que de plano le piden a uno que escriba el reporte completo.

O qué tal en noviembre: “haste unas calaveras bien divertidas, mejor que las del año pasado que ni rimaban ni eran chistosas”. También pasa en diciembre con el brindis de fin de año, o en las jubilaciones, “que hable el poeta” y el poeta ni conoce al jubilado.

También le ocurre como al experto en cómputo. Hay que hacer recomendaciones de libros, opinar sobre Harry Potter, ayudarle a decidir a las compañeras si deben comprar a Pablo Coelo o a Osho. Qué osho. Y el compañero que nunca nos saluda llega un día y después de preguntar por la familia nos enseña el libro “Sangre de campeón” y nos dice si será un buen regalo para su hija adolescente…

Por Dios, no diga que lee, mejor dígale al experto de computación que se baje algo de internet, sirve que le pueda mandar por correo el video de Paris Hilton y las nuevas rolas de Luís Miguel, para disimular…

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