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Violación ¿Dejar de creer?

| 12 mayo 2008 | Columna invitada | 234 vistas | comentarios

* Artículo escrito por Alfredo Rodríguez, tomado del espacio electrónico www.dialogoqueretano.com

Después de ser ultrajada, la víctima puede mostrar ansiedad, miedo, llanto incontenible y un odio irrefrenable contra el agresor. Algunas personas, por el contrario, entran en un estado de negación total, se deprimen y se culpan por lo sucedido. Este sentimiento, comúnmente los puede llevar a ser agresivos consigo mismos y su entorno.

A la izquierda el Obispo Mario de Gasperín, a la derecha de frente el sacerdote Rodolfo Yánez.

A la izquierda el Obispo Mario de Gasperín, a la derecha de frente el sacerdote Rodolfo Yánez.

Además, una violación a temprana edad incide directamente en el desarrollo grupal y social del sujeto porque mina la seguridad en sí mismo. De esta forma, un gran porcentaje de estas personas fracasan es sus matrimonios, y en algunos casos, puede influir en su orientación sexual, por ejemplo, cuando el odio contra el violador se convierte en repulsión contra todo un género.

Por si fuera poco, las consecuencias de una violación rebasan lo psicológico y frecuentemente se manifiestan en enfermedades físicas como gastritis, ataques de pánico, insomnio, dolores musculares y vómitos. Por otra parte, estos individuos tienen una alta probabilidad de ingerir alcohol o drogas.

Según las estadísticas entre un 70 y 80% de las personas ultrajadas aceptan consumir esta sustancias; sin contar los desordenes alimenticios como la anorexia y la bulimia, que también son frecuentes.

Pero la realidad, es que entre la confusión mediática y una vertiginosa realidad, las víctimas siempre quedan atrás, olvidadas entre palabras… ¿Qué hacer con estas personas? ¿Qué decirles? ¿Quién las ha engañado? ¿Fue el hombre, la justicia, Dios… o todos a la vez?

El caso del sacerdote Rodolfo Yáñez, quien abusó de 4 mujeres y 2 menores de edad, y el de los policías, Ramón Fonseca Vega y Alejandro Botello Olvera (Libertad de Palabra No.59), quienes violaron a una adolescente de 15 años, son una clara muestra de la inoperancia y el atraso del sistema de justicia ante la violencia sexual.

En el asunto del religioso, se han iniciado las investigaciones, pero la realidad es que el infractor continúa libre y ya las autoridades han dejado la posibilidad de que salga bajo fianza.

Por su parte, los policías han sido ya exonerados de toda culpa por las autoridades judiciales ante una supuesta falta de pruebas, cuando aún hoy, uno de estos policías violadores –el otro falleció-, se burlan literalmente de la víctima y presume su crimen ante sus compañeros.

Durante el 2006, la agencia cuatro en el estado de Querétaro informó haber recibido 76 denuncias sobre abusos deshonestos y 63 denuncias sobre cuestiones de violación. No se informa el número de casos resueltos, sin embargo, un estudio realizado por Consulta Mitofsky, señala que de cada 100 delitos, sólo en uno se consigna al delincuente, con lo que el grado de impunidad “podría alcanzar en México hasta el 97%.

Esto sin contar que entre el 90% y el 95% de los casos de abuso sexual no son denunciados.

Por otra parte, según la misma casa encuestadora, la violación es el crimen más penado por la sociedad mexicana junto con el homicidio. Las cifras muestran que el 88.3% de los ciudadanos estarían de acuerdo en que se aplique cadena perpetua a los violadores, mientras que 73.5% aceptaría la pena de muerte para ellos.

Ahora, si la violación es un crimen que ofende gravemente la moral de la población, que estos actos provengan de las mismas autoridades, ya sean terrenales o divinas, es aberrante para los ciudadanos, porque representa un choque entre lo que “debe ser” y se pregona como verdadero, y una realidad que el ciudadano ve como oscura y perversa.

No hay vuelta, este tipo de actos representan una traición para los que confían en las instituciones y dañan inevitablemente su imagen. Por lo pronto la percepción que la ciudadanía tiene de policías, funcionarios y partidos políticos es de total desconfianza, mientras que la “popularidad” de la Iglesia Católica cayó hasta al tercer lugar por debajo de la Universidad y el Ejército.

Cada acto de corrupción, cada escándalo dentro de las instituciones encargadas del orden, llevan inevitablemente a muchos ciudadanos dudar sobre la existencia de una supuesta legalidad. Y cuando la confianza en las instituciones se desmorona, la única salida que el pueblo ve como posible es la rebeldía.

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