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Dos preguntas sobre el 68

| 13 octubre 2008 | Columna invitada | 1.283 vistas | 1 comentario

Inocencio Reyes Ruíz

Ya se sabe que la memoria sirve para olvidar. Recordar o rememorar es la excepción que confirma la regla. La historia es ese conjunto de excepciones que al mismo tiempo nos atan y nos liberan. A la preeminencia de una u otra –y de una a pesar de la otra– se le han dado muchos nombres: reforma, progreso, revolución, vanguardia. En cualquier caso, la frase de Santayana nos taladra con su impecable verdad: quien no conoce la historia está condenado a repetirla.

Octavio Paz afirmó que no se trata de olvidar la historia sino de trascenderla de un modo creador. Sea lo que signifique tal afirmación, lo cierto es que han transcurrido cuarenta años de la masacre de Tlatelolco y que el recuerdo sigue vivo, aunque no estoy tan seguro de que los mexicanos hayamos trascendido el trauma que el suceso criminal produjo en las generaciones siguientes. Incluso tengo la sospecha de que el 2 de octubre de 1968 ha iniciado su ascenso al pedestal de los mitos nacionales.

Lo primero que debemos recordar del movimiento estudiantil de 1968 es que fue, después de la Revolución de 1910, el más importante acontecimiento político y social del siglo XX mexicano. En su significado más genuino, fue un movimiento irreverente.

Foto: Internet.

Foto: Internet.

Las compuertas del autoritarismo se resquebrajaron y la calle fue el escenario donde se representó la desacralización del Estado, del Presidente de la República, de las Instituciones Nacionales, de la Historia Patria. . . Como diría Elías Canetti, repentinamente la plaza se llenó de gente.

Los gritos y consignas de la juventud del 68 tenían sentido: democracia, diálogo, libertad política. Detrás de esos gritos y consignas, estaba también una protesta básica contra los fórceps que imponía la familia.

Democratizar es desacralizar, al menos en el momento inicial o constitutivo de cualquier democracia. No podía el presidencialismo sacro mexicano permitirlo. Su respuesta no podía ser otra, lo cual no quita que haya una responsabilidad general y una serie de responsabilidades concretas, con nombres y apellidos.

Si el movimiento de las juventudes mexicanas de la década de los sesenta desacralizó el formalismo ritual del régimen autoritario del PRI, cuidemos ahora de no sacralizar al movimiento y a la juventud del 68, pues entonces no habremos aprendido la lección y sólo estaremos construyendo un mito más; es decir, en el santoral laico mexicano se agregará un nuevo icono, la imagen de veneración contemporánea.

Trascender un hecho doloroso supone el cumplimiento de una condición elemental: conocer a fondo el hecho mismo; es decir, hacer un recuento escrupuloso de los daños, reseñar el proceso, explicar causas y, sobre todo, fijar responsabilidades. La autocrítica es imprescindible y ella es competencia de las víctimas directas, de los actores principales.

Creo que esa condición histórico-explicativa no ha sido suficiente para curarnos del espanto de la masacre.

Quizá debido a esa carencia terapéutica no hemos trascendido el trauma, lo cual significa que no lo hemos aprehendido ni aprendido. El 68 fue subido al ritual de las tribunas del poder legislativo mexicano, y es probable que muy pronto sea sólo eso, un acto sacro entre tantos otros.

Entonces habremos olvidado que en 1968 dio inicio la construcción en pedazos de la democracia: en 1978 tuvo lugar una reforma política importante; en 1988 la oposición política conmovió a millones de ciudadanos; el año 2000 la alternancia en el poder presidencial devolvió a los ciudadanos un poder nuevo.

El uso político del resentimiento no es una buena noticia para la democracia en ciernes, sobre todo porque supone que el mundo se divide en verdugos y víctimas. No nos conviene pensar ni vivir de ese modo.

Olvidar el 68 sería un error imperdonable.

Convertirlo en objeto de veneración es patético.

Hacer del 68 una fecha para la expresión del resentimiento difuso e indiscriminado sería una derrota de la memoria.

¿Qué hacer entonces con el 68?

¿Cómo trascenderlo de un modo creador?

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1 comentario

  1. En efecto,va hacia el pedestal de los mitos, nos guste o no, y en verdad que dio inició a la ?construcción.. de la democracia.

    Mencionas el 78,88, 2000 pero ¿y el 2006? ¿acaso es tan reciente que aun no se asimila o está vetado hablar de él?

    si gustan leer mi blog en http://www.myspace.com/luiscastaedatrovanrol , ahi está mi opinión. gracias y un saludo a Libertad…

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