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Manu Chao en Querétaro: todo es mentira

| 13 octubre 2008 | El Marqués | 474 vistas | comentarios

Jorge Coronel Vázquez

¿Qué dejó la visita de la megaestrella francesa Manu Chao a Querétaro capital el pasado 2 de octubre del año en curso? Desnudó, en primer lugar, otra vez, a la prensa comercial queretana: su ignorancia respecto a quién es Manu Chao es asombrosa. Fusilarse los boletines de prensa, o bajar la información de Internet y hacerla pasar como suya, son la prueba viva de que los “periodistas” queretanos son sinónimos de la incultura y la desfachatez.

Las “crónicas periodísticas” sobre la visita del francés rozan entre el humor involuntario y la agresión a la inteligencia: plagadas de clichés, lugares comunes y más ignorancia.

¿Periodismo musical en Querétaro? No hay. Y urge. La entidad, y en especial la ciudad capital, es ya un punto de visita obligado para los grupos musicales de fama incluso mundial. Y no hay periodismo musical porque no existe, sencillamente, el periodismo como tal. En Querétaro lo que tenemos, y hay que decirlo con todas su palabras, son empresas que venden información. Así de simple. Una mentira exhibida: la prensa queretana.

Por otra parte, la visita de Manu Chao, con todo y las casi 5 mil personas que atestaron el auditorio Josefa Ortíz de Domínguez (JOD), plantea más deudas que beneficios o certezas. ¿Sabrá y le interesará a esa multitud quiénes son los presos políticos de Atenco, Oaxaca y todos los que nombró el artista europeo? ¿Sabrá y le interesará a ese gentío que las canciones que bailaron y corearon están conformadas, sobre todo, por los ritmos del reggae, ska y raggamuffin, y que éstos nacieron en Jamaica? ¿Habrá algún beneficio para los escasos grupos locales que también mezclan ritmos al estilo de Manu y compañía? ¿La música ayuda a cambiar el estado de las cosas?

Foto: Internet.

Foto: Internet.

Por cierto, hace algunos años, el mismo Manu Chao declaraba, sin pelos en la lengua, que “el sistema es tan poderoso que todo lo recupera: incluso la rebeldía”, y que “el 98% de lo que rodea a la música es mierda”. Completamente de acuerdo: lo comprobamos el 2 de octubre en el JOD.

¿Manu Chao es ya otra mentira más? Quién sabe. Pero lo que queda claro es que su discurso “antisistema” es cada vez más predecible y a la vez más vendible: las imágenes del Che Guevara, del Sub Marcos y de otros íconos revolucionarios usadas por Manu y sus músicos, aunque de buena fé, comprueban que, como afirma un libro que en su tiempo causó polémica: “Rebelarse vende”… y muy bien.

Esto es entendible ya que al vivir en un sistema capitalista el único fin es potenciar las ganancias económicas. Todo es negocio. No importa el trasfondo, el contenido. No hay arte. No hay estética. Sólo dinero. Así que no seamos puristas: Manu Chao es ya un producto más. A pesar de su discurso “anticapitalista”, Manu es incapaz de alterar el fluido financiero mundial y por ende cae en tremendas contradicciones.

Manu, su grupo, muchos otros grupos en esa línea “contestataria”, y nosotros mismos, somos parte de un sistema del que es muy difícil escapar. Todos somos mentira. Venta de discos, venta de boletos, venta de playeras: un muy buen negocio el del pasado 2 de octubre.

Un punto a destacar es que Manu Chao llegó en su momento de mayor popularidad, a contracorriente de lo que hasta el momento ha acontecido en un Querétaro acostumbrado a recibir “estrellas musicales” caducas, decadentes, pero que con un buen aparato publicitario detrás de ellas son capaces de convocar a un público masivo, sí, pero tremendamente acrítico.

En el plano musical, el grupo sonó a eso: a un grupo compacto, macizo. Buenos músicos, cumplidores, nada de portentos musicales. Sólo buenos músicos. Manu Chao demostró que es un regular vocalista y guitarrista; un muy buen letrista y dueño de un carisma impresionante: fue el amo absoluto del escenario.

Y, sin embargo, cuando ejecutaron varios temas de la extinta y portentosa banda Mano Negra sucedió lo que tenía que pasar: sonaron mal. Manu Chao fue, por unos momentos, por unas canciones, una pésima caricatura de sí mismo. ¿Por qué esa insistencia en tocar temas del pasado? ¿Una herida que no cierra? Quién sabe.

Manu Chao y los casi 5 mil asistentes de ese jueves, ¿qué demostraron, por qué esa entrega total entre músicos y público? En un mundo como el nuestro plagado de tantas mentiras quedó en evidencia que un antídoto para las mismas son la risa y el baile. Hubo mucha música reggae esa noche: el mágico ritmo negro hizo acto de aparición y curó, aunque sea por unos instantes, a esa muchedumbre que bailó, bailó y rió sin parar.

Y es que eso es lo que le queda por hacer a la humanidad de hoy, la misma que “tiembla ante la imposibilidad de toda meta y el fracaso de todo encuentro” (Ernesto Sabato dixit): bailar y reír. Un tratado filosófico sobre la risa y el baile ocuparía muchas hojas.

Mejor regresemos a la crónica: el baile y la risa son, también, un acto político. Y si no pregúntele a Manu y su grupo y al público que estuvieron la noche de jueves 2 de octubre: entrega total. ¿Autocomplacencia? Sí. Y mucha. Sin embargo, son tantas las historias que hay en cada uno de los asistentes que este cronista musical no puede dejar de creer que esa autocomplacencia entre músicos y público es apenas un respiro ante tanta mentira que inunda nuestro diario acontecer.

Una catarsis colectiva, dirían los facilismos psicológicos. Fue, también, un concierto de liberación interna y momentánea: porque allá afuera, en el infierno de verdad, hay que toparse con muchas realidades, con muchas mentiras, que se renuevan minuto a minuto. Siguen las risas y el baile. Sigue la autocomplacencia. Pero también el acto de bailar y reír es infligir una bofetada al mundo de las mentiras. Creo. Termina el concierto. Todos empiezan a salir para dirigirse a sus hogares.

Dentro de unas horas, otra vez, a incorporarse al mundo de las mentiras. Y me da risa, y hasta bailo un poco, sin que nadie me vea. Reír y bailar son, sí, un acto político… pero también son un acto de resignación.

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