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El Estado disminuido y la cultura de la sospecha

| 24 noviembre 2008 | En Pocas Palabras | 141 vistas | comentarios

Nahum Hernández Bolaños

Se dice que un Estado se encuentra disminuido por muchas razones. Cuando no logra establecer un estado de derecho, donde se imponga el cumplimiento de la ley por encima de cualquier interés o poder particular, llámese narcotráfico o cualquier núcleo económico, simplemente porque la corrupción y la impunidad también se lo limitan; cuando no logra proveer de servicios públicos de mínima calidad como salud o educación a los ciudadanos, porque no tiene los recursos para ello; un Estado se encuentra disminuido cuando ni siquiera es capaz de tener un régimen recaudatorio equilibrado y entonces depende del petróleo, las remesas y los favores siempre ventajosos de la inversión extranjera directa. Pero un Estado se encuentra más disminuido todavía cuando el pueblo no cree una sola palabra de lo que dice y hace.

Foto: Internet.

Foto: Internet.

La cultura de la sospecha entre la sociedad mexicana ha llegado a limites atípicos. Ante los últimos acontecimientos nunca antes vistos en la historia reciente de nuestro país, como la explosión de granadas en pleno centro de la ciudad de Morelia durante la celebración de la Independencia; o el desplome en conocida zona neurálgica de la Ciudad de México del Jet donde viajaba el ex secretario de Gobernación Juan Camilo Mouriño, junto con José Luis Vasconcelos y un equipo de colaboradores, ha originado un alud de versiones y comentarios no sólo en los medios de comunicación, sino que ha originado una gran efervescencia entre la población en cuanto a la multiplicidad de versiones al respecto.

Y no es privativo de este país que en torno a hechos de esta naturaleza se formulen una serie de versiones que van desde el narcotráfico, el auto atentado, hasta la participación del propio gobierno, es decir, lo nodal no es que existan tantas versiones, y lo absurdo que en determinado momento lleguen a sonar algunas de ellas. Lo fundamental es que gran parte de estas se nutren en la desconfianza, en la cultura de la sospecha, la población percibe que la indagación que se vierte sobre estos casos es parcial, que se omite información, hay siempre una sospecha de fondo, algo que no lo hace quedar conforme, y en contraposición el ciudadano elabora sus propias versiones, esta audacia le supone al menos no considerarse engañado.

Y esto no puede dejar de ser preocupante dentro de toda la columna vertebral de las instituciones de una nación, pues créame que por ejemplo, cuando un hijo no cree ya en los padres no hay educación que valga y no es que este haciendo una relación entre gobierno y paternalismo, es sólo un ejemplo, lo mismo ocurre cuando el alumno deja de creer en su maestro, tampoco hay educación que valga. Y esto de ninguna manera es un asunto menor.

Foto: Internet.

Foto: Internet.

No afirmo que la sociedad tenga que creer en todo al Estado, pero hay límites, formas y maneras de sana relación. La crisis de credibilidad que supone este divorcio ha iniciado tiempo atrás, y tiene fundamento: el 68, la Guerra Sucia, el bombardeo a la Selva Lacandona, acciones lesivas del gobierno que han quedado ahí, en la memoria colectiva de los mexicanos, junto con tantas dudas históricas como aquellas elecciones del 88 y la muerte de Colosio y la osamenta del encanto, y la muerte del Cardenal Posadas Ocampo, Ahumada, y tantas y tantas versiones, y por supuesto, engaños fundados.

Ahí esta justo lo que nutre a la cultura de la sospecha, y es que hoy los mexicanos ya no creemos en nada, desconfiamos de todo y de todos, y las “auténticas” y coloridas versiones de “la verdad” circulan en el café, en la sobremesa, en la cantina, en la plática de banqueta, en todos los espacios sociales de convivencia, pero ahí se agota el desahogo del “a mi, no me engañan, lo que sucede es…”. No somos más críticos, somos más desconfiados, la crítica supone un compromiso y una acción que los mexicanos tampoco queremos asumir, nos contentamos con sospechar, la critica supone participación y diálogo, gestión y autogestión entre otras tantas cosas.

Finalmente, la cultura de la sospecha, que como lo hemos dicho, encuentra su origen en nuestra memoria colectiva, hoy más que nunca reduce al Estado a una expresión muy instrumental, es decir, lo vacía de todo sentido social, lo valida para que siga funcionando, pero le niega toda credibilidad, el Estado lo sabe, pero se conforma con el trato y espera veladamente la validación comicial apostando por agitar alguna parte de ese mismo avispero de la memoria colectiva a su favor.

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