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Para nuevos escenarios, nuevos actores…

| 10 noviembre 2008 | Rumbo Democrático | 183 vistas | comentarios
  • Hoy está en escena una generación de gobernantes que sintetiza la emergencia de nuevos núcleos organizados que se abrieron paso entre la exclusión.

Efraín Mendoza Zaragoza

La visita que realiza en estos días a la ciudad de Querétaro el teólogo Luciano Glavina, un italiano-argentino-brasileño que del altar pasó a las armas y de las armas a la educación popular, nos dio oportunidad para detenernos un instante y reflexionar sobre los pasos de nuestra América en la difícil construcción de la democracia.

Barak Obama (EEUU)

Barak Obama (EEUU)

Como la perfección existe sólo en las luces de la imaginación y es útil únicamente para alumbrar el drama cotidiano, habrá que asumir que los proyectos humanos no son sino proyectos aperrada y deliciosamente humanos, que incluyen la ilusión, los excesos, la decepción y el fracaso, el retoño de la vieja ilusión y de nuevo el fracaso, por los siglos de los siglos…

En el reparto del teatro del mundo, cada escenario ha producido sus propios actores. Agotados los días en que el poder público en nuestras repúblicas estuvo reservado a los militares, asomó la ola democratizadora.

En los años 70, algunos gobernantes, como Anastasio Somoza en Nicaragua, fueron derrocados por una ciudadanía que tomó las armas bajo la bandera de una revolución socialista. El elevado simbolismo de la presencia de religiosos como Fernando y Ernesto Cardenal como los responsables de la educación y la cultura en ese país, o como la del propio Miguel D’Escotto en la cancillería, despertaron un entusiasmo de exportación. Otros gobernantes que llegaron mediante golpe de Estado, como Augusto Pinochet, al declinar la siguiente década, tuvieron que ceder al golpe de los votos de la ciudadanía desarmada, que mediante un plebiscito lo mandó a retiro.

Durante la década siguiente, la ola democratizadora nos mostró cómo el péndulo tocó el otro extremo.

Michelle Bachelet (Chile) y Cristina Fernández (Argentina)

Michelle Bachelet (Chile) y Cristina Fernández (Argentina)

Fatigados de la rigidez militar como rostro y vértice del Estado, los ciudadanos quisieron probar nuevos perfiles. Individuos extraídos de las filas del “común de la gente”, ajenos por completo al estamento de la política tradicional, comenzaron a subir al escenario. Tres figuras sintetizan prodigiosamente ese momento.

El último decenio del siglo lo amanecimos con Alberto Fujimori, un matemático de origen japonés que, apoyado por sectores informales y evangélicos, forjó un movimiento que lo llevó a la presidencia de Perú.

Con el único antecedente de haber sido rector de una universidad agraria, derrotó al escritor Mario Vargas Llosa con el 60% de los votos. Al término de su período, con una votación aún más elevada, consiguió reelegirse al derrotar nada menos que al ex secretario general de las Naciones Unidas, Javier Pérez de Cuéllar.

Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Luiz Inácio Lula (Brasil) y Rafael Correa (Ecuador).

Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Luiz Inácio Lula (Brasil) y Rafael Correa (Ecuador).

Alcanzó a iniciar un tercer período en 2000, sólo para comenzar el naufragio. Estando en Asia en una reunión de jefes de Estado viajó a Japón y desde allá, por fax, mandó su renuncia al Congreso. Implicado en escándalos de corrupción, en su obsesión por volver al poder retornó al continente sólo para asumir su actual condición de procesado.

Mientras gobernaba Fujimori, subió al escenario latinoamericano un personaje más simpático que aquél, pero más patético aún: Abdalá Bucaram. Impulsado por el marketing, arrasó en las elecciones de 1996 pero desde que comenzó su gobierno el mundo atestiguó asombrado la fatal cuenta regresiva de su reloj: se sostuvo en el poder como presidente de Ecuador sólo 186 días y media hora más. De origen libanés, su excéntrica personalidad pisó las aulas del colegio salesiano.

En su ebriedad mediática se vendió a sí mismo como “un loco que ama”: gustaba cantar y bailar y, en su afán por cumplir la promesa de acabar con las penurias del pueblo, un día rifó su bigote estilo Hitler para una obra de caridad. El Congreso ecuatoriano lo declaró en “incapacidad mental” y la justicia le abrió 56 expedientes por denuncias penales en su contra.

Fernando Lugo (Paraguay)

Fernando Lugo (Paraguay)

A 11 años de haber sido echado del poder, en su sitio web personal, hoy el lector puede toparse con la leyenda: “Si desea escribirle un mensaje al Presidente Abdalá Bucaram, haga click aquí”.

Y mientras allá Bucaram se tambaleaba, en México ya se encaminaba hacia Los Pinos un ranchero católico de ascendencia alemana y española, Vicente Fox, radicado en el Bajío. De él me abstengo de decir más porque para recordar su gobierno la memoria general está fresca y aún dolorida.

Tras esos tres monumentales productos de la ola de fin de siglo, una especie de prueba de ensayo y error de la democracia, el nuevo milenio hizo que los vientos soplaran hacia procesos de más profundidad. Todo lo que va de la nueva centuria, veníamos presenciando, por un lado, el derrumbe del modelo que diseñó un Estado arrodillado ante el mercado.

El mismísimo Fondo Monetario Internacional reconoció —de esto en febrero se cumplirán dos años— que “el vuelco a la izquierda” que se verificaba en las elecciones latinoamericanas expresaba el creciente “descontento con los niveles de pobreza y el aumento en la brecha entre ricos y pobres”. Para los coleccionistas de cifras, baste recordarles como dorado trofeo que, por citar el ejemplo de México, el promedio anual de crecimiento económico en el sexenio 1988-94 fue de 3.9%, en el sexenio 94-2000 fue de 3.5% y en 2000-06 fue de 2.3%. Sin palabras.

El nuevo escenario, pues, reclamó la producción de nuevos actores. Hoy está en escena una generación de gobernantes que sintetiza la emergencia de nuevos núcleos organizados que se abrieron paso entre la exclusión. Y que encarnan la agenda de una democracia que se debate entre la ilusión de encontrarle sentido a la participación ciudadana y la sospecha de estar transitando, en realidad, a otros mundos nada promisorios, como la plutocracia.

Abrió el siglo latinoamericano y venezolano un mulato que al tomar posesión proclamó: “juro ante esta moribunda Constitución…” En 2002, Brasil eligió a un obrero metalúrgico; tres años después, Bolivia llevó al poder a un indígena aymara; luego, Ecuador encomendó las riendas del Estado a un economista que se autodefine como “humanista cristiano”; en 2006 y 2007, Chile y Argentina optaron por mujeres, mientras que, en 2008, Paraguay llevó a la presidencia a un obispo militante de la Teología de la Liberación.

Más allá de Latinoamérica, por si fuera necesario decirlo con más claridad, apenas en esta semana, en una elección que tensó al planeta entero, ese electorado moderno que está probando soluciones llevó a la presidencia de los Estados Unidos, todavía metrópoli del mundo, nada menos que a un negro.

Al menos en las formas y en las envolturas exteriores, el perfil de los nuevos actores de la escena pública resulta novedoso y de elevado interés. Valorar qué han representado como punta de lanza para cambios estructurales en beneficio de los siempre postergados segmentos mayoritarios a los que la democracia dice servir… eso será tema para otra ocasión.

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