De lectores, electores y libros…

8 diciembre 2008 | Rumbo Democrático | 118 vistas | comentarios

Efraín Mendoza Zaragoza

Este domingo 7 de diciembre concluyó, en Guadalajara, la Feria Internacional del Libro, que figura entre las mayores reuniones del mundo editorial en español que tienen lugar en México. Es cierto que más que lectores, las editoriales suelen buscar clientes. Sin embargo, esas ferias contribuyen a enfatizar la importancia que deben dar la sociedad y las instituciones del Estado al gozo extraordinario de consumir ese raro objeto que es el libro.

Este acontecimiento nos da oportunidad para reflexionar sobre el sitio central que corresponde a la lectura, una actividad estrechamente vinculada con la capacidad de los ciudadanos para integrarse con efectividad a las exigencias de la vida democrática, es decir, disponer de conocimientos, adoptar esquemas racionales de interpretación y asumir la posibilidad real de intervención en los asuntos públicos.

Y es que los datos que conocemos sobre la lectura de libros en México son para bajar la cabeza. Ubicado en el otro extremo de Japón, líder mundial en lectura de libros, México pelea el sótano con Perú. Mientras 91 de cada 100 japoneses son lectores habituales, las estadísticas más optimistas ubican en esta categoría a sólo 2 de cada 100 mexicanos. Lo que esto quiere decir es que de cada 100 mexicanos nada menos que 98 no son amigos de los libros.

En la vida de muchos el único contacto con los libros se reduce a los remotos días de la secundaria. Es decir, muchos en lugar de disfrutar los libros, los padecieron, fueron fuente de tormento. Cómo no explicarnos esto si para muchos la puerta de entrada a los libros fue el Algebra, de Baldor.

© Cortesía FIL Guadalajara / Michel Amado Carpio

© Cortesía FIL Guadalajara / Michel Amado Carpio

O para otros, como el caso de una niña que por obligación tuvo que leer un libro de Carlos Fuentes para hacer una tarea… y encima de todo tuvo que cerrarlo violentamente al ser descubierta por su ofendido padre, que de inmediato protestó ante el colegio por la clase de lecturas que les dan a sus hijos. Cómo no será dañino leer libros si la maestra que tuvo la osadía de encargar la lectura de Fuentes fue castigada con el despido. Eso nos da algunas luces del por qué muchos mexicanos quedaron, desde la primaria, vacunados contra la lectura.

Invitado por el Instituto Electoral de Querétaro, hace unos días estuvo por acá el investigador Fernando Escalante Gonzalbo, autor de un libro que se ha ganado ya un lugar entre los clásicos mexicanos: Ciudadanos imaginarios. Escalante sostiene que la vitalidad del debate en la vida pública de un país depende de la lectura de sus ciudadanos.

Dice que es considerado “lector habitual” aquel que consume hacia 20 libros al año, como ocurre en países europeos, lo que en realidad no costaría mucho trabajo, pues supone que habría que leer un promedio de diez páginas al día, es decir, dedicarle menos de 30 minutos diarios a la lectura. Quedémonos con una idea básica: la vitalidad del debate público depende de la lectura, idea que nos lleva a otra no menos fundamental: fomentar la lectura es tarea del Estado.

En el mundo se han ensayado muchas fórmulas para hacer que los individuos se conviertan en lectores y, ya convertidos en lectores, puedan ejercer su ciudadanía de modo más informado. ¡Qué país más robusto y dinámico seríamos si pudiéramos empatar la estadística electoral para convertir en lectores al 60 por ciento de los electores, que acuden a las urnas!

Hay quienes han creído fomentar la lectura abriendo bibliotecas monumentales. Alguna vez supimos de un intento por interesar a los policías en la lectura y sus jefes hicieron que todo el cuerpo de gendarmería saliera al patio a leer el primer capítulo de El Quijote en claves policíacas. ¿Quién no ha oído, así sea por equivocación, el célebre primer párrafo de Cervantes: En algún lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…?

Bueno, pues traducido a clave policíaca los policías leyeron: “En el ‘22’ de La Mancha de cuyo ‘62’ no quiero acordarme, no hace muchos micros vivía un hidalgo de los de lanzas en astilleros, un armero para guardar ‘81’. Se apasionó en sus ‘84’ que se la pasó los turnos turbios de poco dormir y quedó en ‘34’ del cerebro”. Pues sí, un original y divertido ejercicio. Y como esos, se han intentado muchos modos de fomentar la lectura.

Hace unos años estuvo en México el ministro de Cultura del gobierno español, el poeta Alberto de Cuenca, para hablar de la campaña que su país implementó para fomentar la lectura. La clave está, decía, en atender el segmento formado por los jóvenes, adolescentes y niños porque “si no se fomenta desde el inicio de la vida, es casi imposible adquirir el hábito de leer”.

El reto de España, decía, es qué hacer ante el hecho de que la mitad de los españoles en ningún momento de la vida ha leído un solo libro. De ahí que el eje de la campaña de ese país haya consistido en combinar dos elementos esenciales: placer y conocimiento. Promover la experiencia de que leemos para informarnos pero también para disfrutar una tarde de placer.

En México el asunto de la lectura tendría que ser asumido como una prioridad pública. Ese reto nadie lo podrá refutar. ¿Cómo hacerlo? El reto no es fácil, pues volvamos a la realidad con dos datos que están para desmayarse. Allá por 2002 un asesor de la Secretaría de Educación Pública señaló que todos los métodos que para fomentar la lectura empleó el gobierno durante las seis décadas anteriores fueron, simplemente, erróneos.

“En México –explicó–, no leemos por esa imposición que ha encadenado al libro a un propósito, y lo ha hecho pasar como un medio para obtener un fin, cuando la lectura es un fin en sí mismo. Hay que leer por leer, no sólo para estudiar o sacar una calificación; el día en que esto se entienda podemos ganar adeptos para hacer de ellos lectores de verdad, por gusto y por placer”.

Y para concluir, el segundo dato, sólo para dimensionar el tamaño del reto: ¿qué hacer cuando, según un reciente estudio de la UNAM, el 86 por ciento de los niños mexicanos considera más útiles los aprendizajes que adquiere en la tele que los que adquiere en la escuela?

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