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La prensa al servicio de Dios

| 23 febrero 2009 | Atmósfera mediática | 102 vistas | comentarios

José Luis Álvarez Hidalgo*

(Lecciones de cómo irse al cielo con todo y zapatos)

En la editorial del semanario “El Observador de la actualidad” del 8 de febrero de 2009, su director, Jaime Septién Crespo, hace un fervoroso llamado a sus feligreses-lectores con el encabezado: “¿De verdad quieren un periódico católico?” en el que solicita el apoyo de la comunidad católica queretana para que ayude al rescate financiero de esta publicación que, al igual que muchas otras empresas, sufre los embates de la crisis económica que padecemos en la actualidad.

Llama la atención que un periódico que se vende como pan caliente todos los domingos a la salida de misa y que dispone de un buen número de anunciantes en sus páginas, tenga que recurrir a la caridad cristiana para continuar con su labor periodística-evangelizadora.

“El Observador de la actualidad” del 8 de febrero de 2009

“El Observador de la actualidad” del 8 de febrero de 2009

Lo interesante del caso son los argumentos y artilugios de la comunicación que emplea el citado director para tratar de persuadir a los lectores de la apremiante necesidad de apoyo para la publicación de este semanario.

En primer lugar plantea las razones pragmáticas para el logro de su cometido. Señala que para evitar aumentar el costo del periódico es necesario que todos se pongan las pilas, busquen más lectores, más circulación en las parroquias y nuevas ideas para la expansión del semanario.

Enseguida se refuerza lo anterior al exhortar a sacerdotes, religiosas, pueblo fiel, etc., que se compre más en las parroquias, que se anuncie su venta en el púlpito y se recomiende su lectura a familiares, amigos, compañeros de trabajo, etc., “hacia este ejercicio periodístico de memoria e identidad católicas (…) que son –por cierto–, el alma de México”.

Es con el anteriormente citado señalamiento que el autor empieza la segunda parte de su retórica y en la que blande la espada de la fe y las razones ética y principios ideológicos de su doctrina, al grado tal de citar textualmente el número 17 de la declaración Inter mirifica del concilio ecuménico Vaticano II, en el que asienta el mandato de la Iglesia católica para que los medios de comunicación de los que se ha armado la institución puedan seguir propagando el Evangelio.

Más adelante cita a San Rafael Guízar y Valencia, quien en 1921 intentó publicar su propio periódico sin éxito; en ese entonces el sacerdote instaba a sus feligreses a suscribirse con la siguiente reflexión, no exenta del tono acusatorio: “¿Qué es lo que hacemos pues, los católicos en el curso de nuestra vida para buscar el cielo? ¿Porqué entre tanto que os enemigos de Dios trabajan con denuedo por pregonar el vicio y la impiedad por medio de la mala prensa, nosotros permanecemos dormidos en medio del camino, dejando el campo libre al enemigo?”

En esta argumentación podemos advertir, con toda claridad, la típica condena moral a aquel que no colabore con la causa evangelizadora de la Iglesia, a través del chantaje religioso y la satanización de otros medios de comunicación a quienes califica como “mala prensa”.

Afortunadamente, el autor aclara que dicho término está hoy en día en desuso y plantea que esa “mala prensa” es la que se empeña en enredarlo todo, la que todo lo convierte en espectáculo y que se basa estrictamente en el binomio costo-beneficio.

Hasta aquí toda va bien, incluso coincidimos en la existencia y expansión de esa “mala prensa” y reiteradamente hemos escrito sobre el punto en estas páginas y en otros espacios. Lo que no se vale es el hecho de esgrimir, en forma poco ética por cierto, toda una serie de chantajes emocionales o acusaciones veladas y manifiestas para “persuadir” a los creyentes de la obligatoriedad de sostener económicamente a la susodicha publicación.

Incluso se cita a Tarcisio Bertone, el secretario del Vaticano, que realizó un encuentro de su grey en el mismísimo y, hasta hace poco, laicísimo Teatro de la República (con la venia complaciente del gobierno panista, claro está) en la que pide que se rece mucho a la virgen María para que les quite lo cobardes y puedan “predicar desde los tejados”.

Para cerrar con broche de oro, la editorial hace un llamado angustiante y destemplado a sus lectores, al señalar que: “El Observador los necesita a todos ¡Ayúdenlo a seguir glorificando el nombre del señor! ¡Promuévanlo entre los suyos: es buena prensa; es buen alimento para crecer en la fe; es un apostolado de almas que necesita el México de hoy!”

No comment…Ni hablar ¡Con la Iglesia hemos topado!

P. D. ¿No sería posible realizar una enmienda Constitucional que exija sólo contenidos laicos en los medios de comunicación?. Ya volveremos sobre este espinoso asunto.

*El autor es docente en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Autónoma de Querétaro, en la carrera de Periodismo y Comunicación.

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