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VI Encuentro Mundial de las Familias 2009

| 2 febrero 2009 | En Pocas Palabras | 107 vistas | comentarios

Nahum G. Hernández Bolaños

El VI Encuentro Mundial de las Familias 2009 ha dejado tanto para la sociedad civil, como para intelectuales, analistas y políticos entre otros se ctores, una serie de tópicos que han desatado polémica y posiciones diversas.

Desde el controvertido discurso del Presidente en la inauguración del encuentro, pasando por las declaraciones como las del Arzobispo de Santo Domingo, Nicolás de Jesús López Rodríguez donde culpa a las mujeres de ser violadas porque ellas provocan a los hombres por su manera de vestir impropia (escotes y minifaldas), posición que fue una constante durante la intervención de obispos y religiosos durante todo el encuentro, y que causó gran revuelo e indignación en amplios sectores de la sociedad, hasta las consabidas posturas en cuanto al uso métodos anticonceptivos, el aborto y las uniones entre personas del mismo sexo.

Sin embargo, ya al cierre el encuentro, es de llamar verdaderamente la atención la visita del cardenal Tarcisio Bertone secretario de Estado del Vaticano y segundo hombre en importancia después del Papa Benedicto XVI a esta ciudad, específicamente al Teatro de la República.

En este caso en particular, quisiera subrayar para todos aquellos que embelesados en su fe busquen descalificar de inicio estas palabras, que este no es un tema que ataña a sus creencias religiosas, bien he reconocido siempre como sociólogo que soy, a la religión como un elemento de cohesión social, presente en las tradiciones, en las costumbres, forjadora de identidades, presente bajo diferentes formas en todas las culturas y en todos los tiempos como parte fundamental del andamiaje social. No confundamos.

Lo que hoy destaco a propósito de la utilización del Teatro de la República como sede de un acto cultural y académico auspiciado por la Iglesia católica es justamente lo que se ha señalado hasta el cansancio pero que por supuesto va más allá, y es el carácter no solamente simbólico sino puntual que representa el Teatro de la República por ser el lugar donde se estrenó nuestro Himno Nacional, sede del consejo de guerra que finalmente mando a fusilar a Maximiliano, Miramón y Mejía, sede del Congreso Constituyente conformado por villistas, carrancistas y obregonistas que el 5 de febrero de 1917 promulgó la Constitución.

Y va más allá porque toda la organización que implica un evento de esta naturaleza no elige por “casualidad” una sede por mucho que se argumente que el teatro es una instalación pública que se presta para actividades musicales, académicas y culturales a las que todos tienen derecho.

Existe en el permiso atorgado para la realización del evento la anuencia de los tres niveles de gobierno de extracción panista, pero no quisiera caer en la crítica fácil y señalar la obvia relación del catolicismo con ese partido, ya nos lo advertía el ex Presidente Vicente Fox ondeando un estandarte de la Virgen de Guadalupe en alguno de sus mítines de campaña, y también dicho sea de paso, mostrándonos algunas de sus estrategias de marketing político en un país mayoritariamente católico.

La sana distancia que debe mantener la Iglesia y el Estado parece ya no importar y los puntos se estrechan sin miramientos cada vez más. El verdadero Estado laico se pierde cuando desde la fe religiosa se toman decisiones políticas, y me pregunto hace cuánto, en la practica, en las decisiones de algunos ya se perdió el llamado Estado laico que hoy cuestionamos, que hoy buscamos, cuando esto se vuelve una generalidad en el discurso y en los hechos el asunto se vuelve preocupante y es alarmante simple y sencillamente por que la historia del mundo y de nuestro país en particular, nos ha mostrado que mezclar las pasiones religiosas con los intereses y también pasiones políticas es una particular mixtura vehemente que polariza y encona, que nutre guerras civiles y diezma a los pueblos.

Esto sí que verdaderamente es un peligro para México y lo menciono de esa manera sin querer hacer mal uso de la mal lograda frase acuñada precisamente por el encono, la intolerancia y la desinformación, lo hago así porque verdaderamente resulta pernicioso para la democracia y para el tejido social en general la cercanía de la Iglesia y el Estado.

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