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Desde una óptica diferente

| 27 abril 2009 | Desde Nuestra América | 43 vistas | comentarios
Teólogo Jon Sobrino. Foto: Especial

Teólogo Jon Sobrino. Foto: Especial

Oscar Wingartz Plata

Desde hace unas entregas hemos venido reflexionando sobre diversos tópicos relacionados con el asunto que bien podemos llamar Iglesia.

En esta ocasión deseo proponer la relevancia que tiene el trabajo teológico al interior de la misma.

En este sentido, se propone como ejemplo de este ejercicio a un autor considerado una autoridad para ciertos sectores de la Iglesia latinoamericana.

El personaje que propongo es el destacado teólogo vasco-salvadoreño Jon Sobrino, no hace mucho fue “reprendido” por la autoridad vaticana por su magisterio en materia teológica. Jesuita él, un hombre sencillo, discreto, callado que no ha tenido “los reflectores” como lo tuvieron en su momento otros eminentes teólogos latinoamericanos como Gustavo Gutiérrez, Leonardo Boff, Pedro Casaldáliga y un enorme etcétera.

Se trata de un derecho a pensar su fe en el Señor, a pensar su experiencia liberadora…Derecho a reapropiarse de la Biblia, y a hacer que los propietarios de este mundo dejen de ser también los dueños de la Palabra de Dios. Gustavo Gutiérrez

Jon Sobrino tiene una historia compleja y llena de avatares, entre otros aspectos, porque vivió en carne propia la guerra civil en El Salvador al lado de sus entrañables compañeros, colegas y amigos de mil batallas. Uno de ellos, asesinado por una de las unidades élite del ejército salvadoreño, el eminente teólogo: Ignacio Ellacuría, en ese momento Rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”.

Este dato lo considero relevante, porque no es nada sencillo ni cómodo estar en un ambiente y en un contexto donde se tiene la inminencia de la represión y la violencia, y más, si se le considera o se le “cree aliado de la subversión”. Este fue el caso de los padres jesuitas de El Salvador en esa coyuntura.

¿Qué hace sobresaliente a este teólogo? Su relevancia la podemos ubicar en el peso y la fuerza que han adquirido sus reflexiones en torno a la fe y a la Iglesia. Se le inscribe dentro de la corriente teológica de la liberación, para muchos es razón suficiente para “verlo con malos ojos”, lo cual, en términos objetivos es incorrecto, injustificado y poco serio, es decir, como si tener una determinada adscripción fuera signo de estigmatización y vergüenza.

Decía que ha adquirido gran significación su trabajo porque parte de una idea que puede ser paradójica al afirmar que hacer teología: “… en lo fundamental no es el ejercicio de una profesión, sino una forma de ser; no es algo que me ha nacido, formalmente, por ser cristiano, sino por ser humano”.

Esto en sí mismo suena “escandaloso”, porque nos hemos “engolosinado” haciendo afirmaciones que no tienen mucho sustento como el ver estos quehaceres como algo propio “de determinadas instancias”, no precisamente “mundanas”. Más adelante precisa esta idea al decir que: “Todas esas “cosas”, expresadas en textos, aun sagrados y revelados muchos de ellos, son “cosas” que, ante todo, pertenece al ámbito de la realidad, y no tanto al ámbito derivado de un saber llamado teología. […] Dicho con toda sencillez, pretendo hacer teología con sentido de realidad”.

Estas afirmaciones si las ponemos en perspectiva veremos que no serían “bien recibidas” al interior de la Iglesia institucional, por considerarlas “raras”. Esto quiere decir que no le es permitido a un teólogo católico “irse por la libre” en sus quehaceres teológicos, más siendo, profesor de la misma.

A partir de estas ideas se pueden abrir un buen número de consideraciones y planteamientos sobre el ser y quehacer de la teología, en concreto, del teólogo. Otro planteamiento relevante de este personaje es la forma o la manera de acercarse a este oficio y la consecuencia que tuvo él: “La primera, obvia, fue cambiar radicalmente el modo de hacer teología o abandonarla por completo…”

Esto en términos muy concretos significó refrescar su visión de ella y los alcances que puede tener en contexto determinado, para ser claros, la llamada “teología oficial” es un quehacer que tiene como propósito fundamental “explicar la verdad revelada” en los textos sagrados y en la tradición, pero el asunto de fondo es ¿desde dónde se puede hacer este tipo de ejercicios y cuál es el alcance de los mismos?

Se propone este cuestionamiento porque tradicionalmente este oficio les es conferido a “enseñantes oficiales de la Iglesia: los teólogos”, he aquí la relevancia de este asunto. Si se muestra de esta forma quiere decir que, la enseñanza tiene que pasar por el “canon oficial”, y si no es así, se está cayendo “en reservas” por no seguir la “sana doctrina”. Este ha sido uno de los puntos más álgidos y complejos al interior de la Iglesia, y por ello, la relevancia que puede adquirir la labor teológica.

Una idea más en este sentido, es la que nos propone el mismo Jon Sobrino al afirmar que: “… la teología comenzó a girar –en forma cuestionante, novedosa y esperanzada- alrededor de la realidad última de las cosas […] el misterio, el misterio de la realidad, el misterio del ser humano, el misterio de Dios”.

Es a partir de estos planteamientos que debemos comenzar a ver a la Iglesia y su acción con una óptica más abierta y más profunda. Se afirma esto porque, “normalmente” se tiene una percepción descontextualizada y francamente obtusa de lo que es y hace la Iglesia.

El caso concreto que se ha tratado de ejemplificar muestra una cuestión en extremo delicada que el laicado tiene una escasísima formación religiosa, cuando debería ser exactamente en la dirección contraria, formarlos, como uno de quehaceres fundamentales de la jerarquía, pero el asunto es que se habla mucho de ella y se hace muy poco en este sentido.

La Iglesia no se puede conformar con tener una élite intelectual, llámese teólogos o laicos, esta es una cuestión fundamental para su óptimo desarrollo y cabal comprensión como instancia socio-histórica.

He aquí un asunto a reflexionar y estudiar con espíritu abierto y honesto. Por ello considero que estos teólogos han abierto una ruta que todavía requiere ser asumida y seguida con todo rigor y seriedad.

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