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Al maestro con ¿cariño?

| 12 mayo 2009 | Nuestra gente | 2.241 vistas | comentarios
  • Más allá de que sean buenos o malos profesores, ninguno se salva de tener un “segundo nombre”.
El apodo es la manera en la que hacemos más cercanos a nuestros maestros. Foto: Especial.

El apodo es la manera en la que hacemos más cercanos a nuestros maestros. Foto: Especial.

Sara Mata

Todos recordamos varias cosas de nuestros maestros, ya sea su forma de vestir, sus rasgos físicos, su manera de hablar, sus manías, la forma de dar clase, pero lo más recordado de ellos son sus apodos.

Porque ¿qué maestro no tiene un apodo?, nadie se salva de la burla de los estudiantes, tal vez
a los profesores que son buena onda no les vaya tan mal, pero de que tienen un sobrenombre,
lo tienen.

Apodos hay de todo tipo, por ejemplo tenemos los que aluden a los rasgos físicos y tras consultar a varias personas, ellos nos comentaron los que más recordaban.

Por ejemplo Nelly, de 17 años de edad, quien recordó a su maestro “El Rasguñado”, porque está pelón y tiene muchas marcas rojas en la cabeza. Mientras que Pedro, de 16 años, nos comentó sobre “El Sapo”, por ciertos rasgos característicos de su cara.

Para Paty, de 26 años de edad, el tener una nariz muy grande y grasienta le dio su apodo de “El
Cacahuate” a su educador, en tanto que una boca grande le otorgo a otra profesora el mote de “La Kiss”, nos dijo Evlym.

También tenemos los chistosos, por ejemplo “Eloyito”, porque el profesor se llamaba Eloy “y de cariño le decíamos así, aunque se oye medio feo”, comentó Luis Pérez, de 22 años de edad.

Otro es “DJ Pulgoso”, porque a decir de Gregorio, “siempre lleva su portafolio que parece tornamesa, le gusta la música psico y la pone en su ofcina y mueve su cabeza bien loco”.

Y no podían faltar los groseros que no respetan nada de nada, entre los que nos comentaron el del “Mil Jorobas”, porque para nuestro entrevistado, quien evitó decir su nombre para evitar  represalias, la directora de su escuela es una anciana.

En tanto que para Margarita Rangel, se acordó de uno de sus profesores de la infancia a quien apodaban “El Calcetín”, porque entrar a sus clases era todo un somnífero, además de que olía mal el salón por ser después de deportes.

Como mencioné anteriormente, no hay maestro inmune a los apodos, algunos son tan buenos que continúan de generación en generación y muchas veces ni siquiera se sabe el porqué de ese sobrenombre; otros son tan malos, que pasan y le dejan el camino abierto a otro posible apodo con más ingenio.

Lo cierto es que el apodo es la manera en la que hacemos más cercanos a nuestros maestros y nos ayudan a hacer más divertida nuestra época de estudiantes.

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