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La mentira más grande del sexenio

| 12 mayo 2009 | Atmósfera mediática | 68 vistas | comentarios
El ciudadano que tiene un mínimo sentido crítico está cansado de las mentiras oficiales, está hasta el copete de que le tomen el pelo y, por tanto, tiende a NO creer. Foto: Especial.

El ciudadano que tiene un mínimo sentido crítico está cansado de las mentiras oficiales, está hasta el copete de que le tomen el pelo y, por tanto, tiende a NO creer. Foto: Especial.

José Luis Alvarez Hidalgo

La avalancha mediática en la que estamos inmersos con relación a la propagación del virus de la influenza humana (que no porcina, seguimos defendiendo a los cerditos), ahora catalogada como pandemia debido a su supuesta extensión en otros países, ha creado un sismo comunicacional de proporciones mayúsculas al alterar los modos de relación y de interacción simbólica entre los miembros asustadizos o precavidos, según se vea, y la forma como ahora, ya en plena resaca virulenta, los creídos están descreídos y los descreídos más escépticos aun.

Habría que preguntarse si a la vox populi le falta razón y si acaso sólo se alimenta de falsedades o rumores y por lo tanto no habría que tomarla demasiado en serio. Yo no estaría tan seguro. La difusión informativa que han desatado los medios tiene muchas aristas que es preciso analizar con calma.

En primera, se han hecho portavoces incondicionales del gobierno federal, estatales y municipales, es el corifeo insensato y lastimero que con su estridencia opaca las voces críticas y libertarias que se esfuerzan, a través de los medios de comunicación alternativos, por mostrar el otro lado de la moneda y responsabilizar a las autoridades de la saturación informativa, el miedo y la ignorancia que se fomentan a rabiar y de los oscuros intereses que lleva aparejado este fenómeno comunicacional.

Hay un punto clave que no se puede obviar: el ciudadano que tiene un mínimo sentido crítico está cansado de las mentiras oficiales, está hasta el copete de que le tomen el pelo y, por tanto, tiende a NO creer, y lo más importante aun; está en todo su derecho.

No podemos juzgar esa visión como irresponsable o poco fundamentada; por el contrario es preciso analizar los porqués de dicho descreimiento y hacer una reflexión profunda sobre tales causas y actuar en consecuencia. Descalificar a tontas y locas no conduce a nada.

El pueblo está harto de que le mientan, de que le vean la cara, máxime ahora que a consecuencia de la llamada contingencia sanitaria ha visto mermadas sus exiguas ganancias de sus modestos negocios personales o familiares. También las empresas grandes lo han resentido, los restaurantes, centros de diversión, los despidos masivos, la negación del pago a los que no laboraron los días críticos.

En fin, el saldo es funesto en todos los órdenes, en lo relacional, lo económico, ético y moral, estamos convertidos en una sociedad desdibujada por el azote de los contenidos mediáticos y no atinamos a encontrar el rumbo, nos observamos en el espejo deformante de nuestra cotidianeidad y no alcanzamos a reconocernos.

¿Cómo van a paliarse los efectos de la crisis total que padecemos? ¿Todo volverá a la aparente normalidad como sucede cada vez que nos enfrentamos a los designios de papá gobierno y a sumisa obediencia de los ciudadanos teleadictos?

Esta cruda social que apenas empezamos a padecer tendrá efectos secundarios no previstos por ningún especialista y llegará el tiempo de detener nuestro andar atropellado por el mundo para hacer preguntas y buscar respuestas.

Existe la alternativa de informarnos a través de los medios alternativos, críticos e independientes, pero ¿vamos a sumir el enorme compromiso que representa asumir las propias convicciones y luchar por cambiar el estado de cosas que nos oprimen y no cejar en la batalla interminable por transformar a nuestra sociedad? Ya lo veremos…

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