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¿Dónde quedó la ética socio-política?

| 1 junio 2009 | Desde Nuestra América | 808 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata*

Hace un par de semanas reflexionábamos sobre los recientes escándalos políticos en nuestro entorno inmediato generados por dos personajes: Miguel de la Madrid y Carlos Ahumada por sus dichos y declaraciones. En este sentido, deseamos retomar el asunto para profundizar más sobre la cuestión.

Esto quiere decir, proponer algunas ideas que se constituyan en un aporte a los contextos que estamos padeciendo por la actuación errática e insensible de nuestra clase política, que de ninguna manera podemos decir que sea la mejor ni la más apta.

La otra gran herencia ética de las catacumbas a la revolución triunfante fue la regla del no tener que se convirtió también en una forma justa de no agregar diferencias y ayudó a mantener los equilibrios de poder.
Sergio Ramírez

Estamos viendo con mayor claridad la descomposición y degradación a que ha llegado la política y el quehacer político, en el sentido que se han perdido los márgenes, los contenidos, los principios y las valoraciones que se dicen los sustentaban, para el caso se puede proponer las campañas políticas y el quehacer político en sí mismo.

Las campañas políticas se han convertido en un “juego de dimes y diretes” sin ton ni son. Lo que menos importa es el mensaje, sus contenidos, lo que se busca es el llamado “impacto mediático”, si éste se logra por medio de la difamación, el escándalo, el rumor y el chisme mucho mejor. Desde este punto las consideraciones éticas no tienen ningún sentido ni relevancia.

Esto en sí mismo es en extremo grave y preocupante porque uno se da cuenta de que no hay ideas, ni propuestas, nula discusión, nada. No quiere decir que uno se ponga en plan mojigato, moralizante o de sacristía, pero no podemos contemplar estos acontecimientos sin inmutarnos, porque, entonces, se constituye en un enorme circo donde nosotros mismos estuviéramos abonando mayores ingredientes al espectáculo con nuestra actitud indiferente, pasiva y complaciente.

Tenemos decir que nos debería inquietar sobremanera la forma en que esta clase política actúa, al margen y de espaldas a la ciudadanía a la que dice representar. Esto lo podemos ver de manera explícita si retomamos los elementos que la conforman, es decir, sus conductas, procederes y valoraciones que deberían contemplar antes que nada la dimensión ético-social, es decir, esto no es cuestión de conductas individuales o creencias personales, es ante todo un problema de índole social que desborda lo estrictamente individual o de camarilla, donde lo social ocupe el lugar central con todas sus implicaciones y consecuencias.

Por la discrecionalidad y el abuso con el que han actuado la clase política hoy más que nunca está en franco descrédito y en una bancarrota social absoluta.

Por otro lado, se debe decir que adentrarse en la discusión valorativa y su ejercicio práctico siempre ha sido una tarea compleja y delicada, pocos se atreverían a “lanzar la primera piedra”, porque es muy cómodo y relativamente “apacible” predicar sobre el valor, la necesidad y relevancia, y hacer como que “no pasa nada”, seguir en la inercia del avestruz, de la simulación, de la apariencia, del engaño.

Dicho de manera clara y explícita, la ética y la discusión axiológica no son sólo para la casa o el cubículo, ni para apaciguar la conciencia, tampoco es un simple asunto prescriptivo, es una asignatura de estricto orden social y como tal en extremo demandante. Hay un teórico destacado, Mario Magallón ha planteado este asunto con sumo cuidado al decir que: “La política parece que se aleja hoy de la vida y se delinea como un sistema de oportunidades, de conveniencias de intercambios cerrados […] que responden de vez en cuando a la fragmentada demanda social”.

De esta manera, la política ha perdido sus fundamentos, sus principios, sus valoraciones de cara al contexto social para caer en el pragmatismo más burdo y aberrante donde priva la lucha del poder por el poder, al convertirse en un pleito de facciones, bandas y camarillas que se arrebatan las jugosas dietas camerales. En este orden, Magallón concluye: “Así, pues, cuando la política pierde las raíces que le dan sustento, está condenada a ser vista desde lo impolítico, […] De modo que lo impolítico niega a lo político, es decir, es lo político mismo pero mirado desde su confín extremo.”

Si la política se muestra con estos contornos, es evidente, necesario y urgente abrir la discusión sobre lo que debe ser, sus fundamentos, sus prácticas, sus contenidos éticos y valorativos, porque, sino es de esa forma estaremos rozando los límites de lo impolítico, sino es que ya los rebasamos, para decirlo de manera atenuada, el regreso a la jungla, a la ley del más fuerte.

La lógica de los acontecimientos nos ha desplazado hacia unas coordenadas que han nublado nuestro horizonte histórico y social, dando como resultado el alejamiento, desinterés o simplemente desconocimiento de nuestras tareas comunitarias. Se puede decir que el neoliberalismo con “sus valores” nos ha llevado a este estado de cosas, ha tenido como resultado, una profunda crisis espiritual, moral y material, hasta el punto en que el Otro no tiene ningún sentido ni relevancia.

Esto también ha significado rupturas hondas donde los ideales, los anhelos, las esperanzas se han fracturado por “el paso arrollador” del individualismo más salvaje. En consecuencia, campea el desánimo, la indiferencia, la apatía y el aislamiento de los sujetos como forma de contrarrestar la actual situación, aunado a esto, la impotencia ante “lo inevitable”, el clásico “no se puede hacer nada”, “así son esos”, “no hay manera de cambiar esto”, como si viéramos el derrumbe de la esperanza en sentido amplio, esto lo afirmaba el eminente teólogo de la liberación Frei Betto al decir que: “Pareciera que ya no hay profetas ni que profetizar”.

Esto nos debe llevar a recuperar el sentido pleno de lo social como valor y fuente de nuestra convivencia. Por otro lado, no hay que perder vista que todo fenómeno social lleva inscrito en sí mismo una serie de concepciones, ideales, anhelos por cumplir, por lo tanto, conlleva de forma implícita una visión de nueva sociedad.

Esto significa la construcción de un sujeto cualitativamente distinto, que se expresa como un ser para los demás, donde el individuo y la masa se conjugan y se despojan de la vieja visión individualista y fragmentada, esto en definitivamente quiere decir, que los valores sociales se van desdoblando en una nueva sociedad, esto se logrará, entre otros medios e instancias, por una educación con nuevos y renovados valores, que se constituye en ejemplo y parámetro de la sociedad anhelada. Es decir, debemos construir esos valores para reactivar la ética social como una forma de convivencia plena, digna y justa.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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