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¿Escritores mafiosos?

| 8 junio 2009 | Desde Nuestra América | 50 vistas | comentarios
Mario Vargas Llosa. Foto: Especial.

Mario Vargas Llosa. Foto: Especial.

Oscar Wingartz Plata*

Hace unos días estuvo de nueva cuenta ante los reflectores un personaje de por sí controvertido y protagónico, nos referimos al escritor peruano-peninsular (por español), Mario Vargas Llosa.

Una personalidad en extremo paradójica, por decir lo menos, para no entrar en querellas verbales, ni hacer un uso extremo de las adjetivaciones, lo que sería concederle una dimensión que no tiene, ni debe tener. Hago esta puntualización por las recientes declaraciones que hizo en su visita a Venezuela invitado por una agrupación “conspicua” del espectro socio-político venezolano, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico, una agrupación con estrechos nexos con el gobierno norteamericano, de fuerte inclinación golpista.

Su visita, entre otros elementos, fue para “ofrecer sus puntos de vista” sobre el acontecer cotidiano en la nación bolivariana, esto en sí mismo es en extremo censurable, para quien debe guardar las respectivas reservas en materia política en un país que no es el propio. Lo que se desea destacar es ¿por qué un personaje de estas dimensiones se muestra como “supremo pontífice de la democracia” cuando en términos objetivos no lo es? He aquí el punto a reflexionar.

La coyuntura histórica nos exige mayor claridad, mayor esfuerzo, mayor disposición para salir al paso de nuestras carencias, esto no se va a hacer con pseudo iluminados de facciones retardatarias como las que representa Vargas Llosa.

La historia política de Vargas Llosa lo condena. Defensor de causas en extremo cuestionables, como el pretender hacer apologías del defenestrado gobierno fujimorista que en fecha no lejana su cabeza visible el ex presidente Alberto Fujimori, mejor conocido como “el chino”, en un acto digno de encomio y reconocimiento para el pueblo peruano fue juzgado y condenado por asesinato, encubrimiento y abuso de poder durante su mandato.

El ex presidente mucho tiempo estuvo a “salto de mata” escabulléndose de la justicia argumentando su “descendencia japonesa” hasta que fue aprehendido en Chile y llevado al Perú para ser encontrado culpable de los cargos que se le imputaban. Además, el escritor fue uno de los “divulgadores de las acciones democratizadoras” del gobierno norteamericano en Centroamérica en la década de los ochentas, a propósito de los movimientos insurgentes y liberación nacional, sobre todo en Nicaragua y El Salvador.

Es decir, este hombre tiene tras de sí una cauda enorme de acciones, dichos, declaraciones y expresiones que lo ubican en una posición nada envidiable, al pretender constituirse en el vocero de la derecha, sino es que de la ultraderecha. En este orden, es pertinente decir que no se está para condenar a nadie, pero, hay una distancia considerable entre ser apologista de causas controvertibles y querer mostrar sus puntos de vista y opiniones de forma mesurada y equilibrada.

Por esto es que este personaje se ha constituido en un elemento provocador e incendiario. Esto es, no es por medio de la agitación y la provocación verbal con profunda expresión polémica que se va a “catequizar a los infieles”, esa es una estrategia política muy desgastada y contraproducente, más a estas alturas de los tiempos. Eso es pretender impresionar a los incautos.

Por otro lado, no hay que perder de vista que este tipo de actuaciones en nada favorecen el clima de distensión y discusión para la buena marcha de nuestras sociedades. No es lanzando diatribas, ni profiriendo consignas, ni provocando a los contrincantes como vamos a solucionar nuestros ingentes problemas; por cierto, muchos y agudos.

En este orden, no hay que perder de vista que la consolidación de nuestras instituciones socio-políticas ha costado mucho esfuerzo y un sacrificio enorme en nuestra América. Una de esas instancias ha sido la tormentosa construcción de una práctica democrática mínimamente responsable y generadora de propuestas. No hay que confundirnos y perder la dimensión de las cosas como las que se está proponiendo.

Por ello es en extremo pertinente precisar y analizar con cuidado los dichos y declaraciones de este escritor, que más bien suenan a consigna y descalificación, que a una real apuesta por un ejercicio crítico, meditado y reflexionado sobre nuestra actual condición histórica. Porque es “más sencillo” descalificar, agredir y excluir, que impulsar estos ejercicios tan necesarios y urgentes en nuestros contextos.

Tampoco debemos perder de vista quién “patrocina” a estos personajes, si vamos “siguiéndoles la huella” el asunto se pone escabroso. No podemos olvidar que estamos en tiempos nuevos, más complejos, que exigen prácticas sociopolíticas renovadas, lúcidas con otros horizontes. Debemos respetar los espacios y las soberanías nacionales en sus diversos niveles, no lo vamos a lograr, si se pretende seguir en esa actitud de “mesías libertarios”. En este punto debemos decir que el escritor ha equivocado el escenario, el tiempo y el lugar.

La coyuntura histórica nos exige mayor claridad, mayor esfuerzo, mayor disposición para salir al paso de nuestras carencias, esto no se va a hacer con pseudo iluminados de facciones retardatarias como las que representa Vargas Llosa.

Nuestro momento está para otras cosas, no para seguir en el viejo juego de la confrontación y la descalificación como forma fundamental de hacer política, porque, si hiciéramos eso estaremos en el “eterno” ir y venir de las camarillas que históricamente han demostrado su incapacidad e inoperancia política.

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