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Modernidades de cartón

| 29 junio 2009 | Desde Nuestra América | 95 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata

En esta ocasión vamos a reflexionar sobre la tan traída y llevada modernidad en nuestro entorno, y para ello vamos a proponer una serie de ideas que nos permitan ubicar esta cuestión.

La modernidad se ha constituido en un discurso y un “recurso” para diversos propósitos. Imagen: javierbenegas.blogspot.com

La modernidad se ha constituido en un discurso y un “recurso” para diversos propósitos. Imagen: javierbenegas.blogspot.com

De entrada hay que decir que, el concepto de modernidad tiene entre nosotros un tramo recorrido, no es un asunto nuevo ni novedoso, desde el siglo XVIII con las ideas ilustradas provenientes de Europa ya se estaba en esa ruta.

Muchas de estas ideas se constituyeron en factor de movilización y agitación social como preámbulo a la Revolución de Independencia en México y Latinoamérica, así como elemento organizativo y fundante en la conformación de los Estados nacionales recién independizados. La cuestión moderna, de una u otra forma ha sido una constante entre nosotros, con un matiz, que se abre o se reitera según la coyuntura o el momento que se vive.

Así, pues, la modernidad se ha constituido en un discurso y un “recurso” para diversos propósitos, aquí estaría uno de los puntos a discutir, ¿por qué el discurso moderno tiene tantas oscilaciones y vaivenes?

Este discurso ha tenido expresiones de topo tipo a lo largo de nuestra geografía continental, que ha ido de la diatriba a la apología extrema, desmesurada y apologética, y ha dejado como saldo, una idea amorfa, confusa, nebulosa y contradictoria sobre lo que debería ser la modernidad, esto quiere decir que, dependiendo los sujetos, los grupos o los personeros en turno se le “invoca” o se le “ensalza” según la coyuntura.

Uno de los motivos principales para definir el concepto de modernidad, es su gran imprecisión para entender situaciones sociales concretas. Existe una gran confusión en cuanto a englobar los procesos históricos bajo el término general de la “modernidad”.
Samuel Arriarán.

Una de esas “expresiones” la podemos encontrar de manera sobre dimensionada en la persona de un sujeto que ha estado en el “ojo del huracán” por su actuación desmedida, cínica y extremo cuestionable, Carlos Salinas de Gortari, que se dio a la tarea durante todo su sexenio hacernos “creer” que habíamos llegado pomposamente a la tan “anhelada, ansiada y deseada modernidad”.

Al final de ese periodo, lo único que obtuvimos en claro “tristemente” fue que la demagogia, una vez más, había hecho de las suyas.

Habíamos regresado a nuestra “triste” realidad, sólo para comprobar que todo eso fue una enorme farsa, una mitología desvergonzada, un recurso de lo más grotesco para justificar el latrocinio y el saqueo más inescrupuloso y vil de nuestro país. Este elemento es una constatación histórica sobre la forma en que se “ha percibido” esta cuestión entre nosotros.

Tampoco hay que pasar por alto que el discurso moderno ha sido “uno de los caballitos de batalla” de los diversos gobierno latinoamericanos.

Esto quiere decir que se ha usado para todo, uno de ellos es para simular que “ya salimos del atraso”. Por la manera en que se ha empleado este discurso, expresa más bien una visión “gloriosa y apologética” de la cuestión, que una real asunción de sus postulados, aunque no se comulgue plenamente con ella ni se desee implementarla con toda la amplitud que exige.

Esta actitud se parece mucho a la asumida por los “ideólogos” ilustrados para quien “lo moderno” era la “mayoría de edad de la humanidad”, en consecuencia, no todos podía aspirar a ella, sin más. Aquí es donde se abre otro de los flancos de esta discusión. Por ello se plantea una pregunta que es central: ¿somos modernos, o simplemente, es un recurso demagógico para no ser considerados “bárbaros”? según la expresión del argentino Domingo Faustino Sarmiento en su célebre: Civilización o Barbarie.

Un asunto de primer orden es que nos hemos ido con el “canto de las sirenas”, al postular de forma cuasi dogmática nuestras nociones en diversa esfera y materia al mostrarlas como únicas irrebatibles e irreductibles, es decir, si se habla de la modernidad, es como si se estuviera invocando instancias omnipotentes y omniscientes sin posibilidad de réplica.

En este sentido, hay que decir que, no es lo mismo la modernidad en Europa que en América Latina, aunque suene a obviedad como afirma Arriarán al decir que: “Tampoco es muy exacta la tesis de que en todos los países la modernización estuvo acompañada de cambios culturales. En algunos países como Inglaterra, “la modernidad” se identificó históricamente con la modernización económica, y nunca con transformaciones culturales”. Expresión contundente.

Propongo estos elementos para hacer ver una de las tantas contradicciones que venimos arrastrando, no de hoy, sino, desde hace años. No podemos postularnos como modernos en un “océano” de confrontaciones, indefiniciones, desniveles y realidades que reiterada y cotidianamente se me muestran entre otras: la desigualdad, la marginación, la impunidad, la injusticia, la simulación política, la antidemocracia, etcétera, etcétera.

Son realidades que nos han “acompañado” desde la creación misma del Estado-nacional latinoamericano. Las consecuencias, las tenemos a la vista, sociedades fracturadas, segmentadas, vulnerables, sin márgenes de maniobra, donde todo se mueve por inercia, para cerrar el cuadro en una incertidumbre permanente. Es decir, nuestras coordenadas de modernidad se mueven en un espectro que se bambolea y oscila de manera extrema, de las acciones de gobierno más espectaculares a las más “kafkianas”.

Ante este panorama cabría preguntarse para no faltar al sentido común: ¿cuál es la noción que se tiene de modernidad, por parte de nuestras autoridades? ¿Acaso tiene una idea “sui generis” de la misma? Porque si es así, el asunto sólo se reitera como se afirmaba más arriba. La modernidad contempla una “serie de notas” para su cabal cumplimiento, algunas de ellas son: un alto nivel de organización social, un nivel de consumo permanente, desarrollo científico y tecnológico de punta, sistemas democráticos consolidados, un sistema educativo sólido, solvente gran nivel. Esto quiere decir en términos concretos como, la actualización de la vida social y económica, junto con un enorme avance tecno-científico.

No se pretende exagerar la nota, pero se abren un cúmulo de preguntas para no estar en la simulación ni en la creencia de algo que no se es. Algunas de las preguntas son: ¿en qué punto estamos en relación con el modelo moderno?, ¿estamos como latinoamericanos inscritos el proyecto moderno?, ¿nuestros contextos nos dan la posibilidad de estar en el “círculo de la modernidad”?, ¿tenemos la posibilidad objetiva de llegar a la modernidad como en el llamado “primer mundo”?

Tratando de dar respuesta a esos cuestionamientos se debe decir con absoluta pertinencia que, “el proyecto modernizador” entre nosotros es de claroscuros, de altibajos, por no decir que todavía está muy, muy lejos de consolidarse, entre otros aspectos: transformar la naturaleza y la sociedad, vía la ciencia, la tecnología y el conocimiento con contenidos específicos y claros, donde podamos asumir con plena libertad y conciencia nuestro destino, con dignidad, donde la condición humana se ha elevada al rango de verdaderos seres humanos y no lo que cotidianamente vemos: la antítesis misma del proyecto moderno, que en muchas de sus aristas se presenta con tonos apocalípticos, como la degradación material y espiritual, la ley de la selva, el “sálvese quien pueda”, la paulatina destrucción ambiental.

Es a partir de estos elementos que necesitamos con urgencia una reflexión, una discusión, un análisis serio, objetivo, profundo, con todo rigor sobre estos asuntos, donde pongamos en tela de juicio y cuestionemos seriamente “los dogmas imperantes” sobre la modernidad y sus supuestas “bondades y milagros”, e ir construyendo nuevas marcos y referencias sociales, políticas, culturales y científicas que sean nuestra, para superar el estado de cosas en el que estamos inmersos, que por la fuerza de los hechos las padecemos día a día. Dejar así en el pasado a los pseudoprofetas que nos viene a decir qué hacer y no hacer, sin tomar nunca en cuenta que nuestras sociedades requieren su refundación.

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