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Una organización arcaica

| 15 junio 2009 | Desde Nuestra América | 135 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata

El pasado 3 de junio en San Pedro Sula, Honduras, tuvo lugar la Asamblea plenaria de la Organización de Estados Americanos mejor conocida como la OEA.

Dicha reunión tuvo como nota fundamental “la derogación de la sanción” por la cual Cuba había sido expulsada de dicha organización el 31 de enero de 1962, en Punta del Este, Uruguay, a instancias y por la presión ejercida por el gobierno norteamericano. Esta sanción tuvo una “vigencia” de cuarenta y siete años hasta que le fue “levantada”.

En torno a este acontecimiento podemos generar un buen número de reflexiones que nos permitan entender, ubicar y contextualizar muchas de las coyunturas que estamos viviendo en nuestra América. Una de ellas, ¿qué con la OEA? Puede parecer extraño el preguntarnos por esta instancia, pero si ubicamos este asunto veremos parte de “sus quehaceres alcances” y la “radiografía de nuestro continente”.

Este organismo se fue consolidando en el contexto de la guerra fría, aunque se funda formalmente en 1948, sus reales expresiones se verán en década de los cincuenta, esto quiere decir, que muchas de sus “funciones” se concebían al interior de una visión hemisféricamente “sui generis”.

Una de esas funciones era salvaguardar el continente, esto podía ser entendido de diversa forma dentro de contextos muy específicos como “contener el avance del comunismo en el continente”, protegerla territorialmente de “amenazas externas”, así como la promoción y desarrollo de los países miembros, podemos decir de manera más precisa que en el fondo esta organización era la versión “actualizada” de la Doctrina Monroe. Con estos elementos podemos ir delineando el alcance del mismo.

Otro planteamiento es, ¿a qué intereses respondía? Si ponemos este cuestionamiento en paralelo con la afirmación anterior, es decir, como la versión actualizada del monroísmo, pues, estaremos adelantando parte de la respuesta. Mucha de su actuación estuvo “plegada” a la orientación norteamericana que en términos concretos significa “el secuestro” de la OEA por parte de los Estados Unidos.

Ejemplos los tenemos a granel, con su silencio, complicidad, simulación en diversos momentos de nuestra historia continental como la organización y planeación de golpes de estado por parte de la CIA, Chile 1973 con el gobierno de la Unidad Popular encabezado por el insigne Salvador Allende, la desestabilización de gobiernos legítimamente constituidos, como el gobierno de Juan Jacobo Arbens en Guatemala 1954, invasiones arbitrarias y abusivas encabezadas por el ejército norteamericano, como la invasión a la pequeña isla de Granada 1983, que tenía como presidente a un hombre carismático, Maurice Bishop y el Partido Nueva Joya donde “los combates” fueron una bufonada trágico-cómica desplegada por Estados Unidos, la invasión a Panamá 1989, con el general Noriega concretamente por el uso de la fuerza implementada en el barrio “El Chorrillo” donde se afirma que se puso en práctica la última tecnología de guerra previa a la invasión de Irak en su primera versión con George Bush, padre.

El silencio ante la escalada bélica en Centroamérica con la organización, avituallamiento y financiamiento de la contrarrevolución en Nicaragua, su involucramiento deshonesto en la guerra civil salvadoreña, ambos acontecimientos en la década de los ochenta. Es decir, la lista es larga y bochornosa.

En este orden, un asunto en extremo complejo es tratar de proponer una visión distinta de la OEA ante un panorama tan desaseado. Esto también quiere decir que muchas de actuaciones simplemente no se regían por sus actas y propósitos constitutivos, sino que, se “movían” por la política en turno dictada desde la “Casa Blanca”.

En este contexto Cuba fue expulsada de su seno, el “argumento”, la supuesta desestabilización hemisférica que podía crear la “radicalización” su revolución. Esto puesto en la balanza de la historia se muestra como una expresión desproporcionada e insensata del gobierno norteamericano y secundado por el resto de los países latinoamericanos con la honrosa excepción de México que se mantuvo firme a través de la Doctrina Estrada, es decir, “la no intervención en asuntos internos de los países”, así como el respeto por las soberanías nacionales.

Con el somero recuento realizado podemos decir que, la “histórica resolución” emitida en Honduras simplemente es una más de las acciones de dudosa expresión emitida por este organismo. Las razones de dicha resolución las podemos encontrar a poco de andar, una de ellas, que puede condensar el resto es la “apertura” que intenta hacer el actual gobierno norteamericano en la figura de su presidente Obama, así como buscar la distensión y el acercamiento con este gobierno “una vez más” antes de que comience “la desbandada latinoamericana” encabezada por Cuba hace ya cincuenta años, seguida por Venezuela, Bolivia, Ecuador, el grupo de países nucleados en el ALBA, que se han presentando como la alternativa a un “panamericanismo” opresivo, excluyente y manipulador. Esto es lo que ha sido esta organización desde hace por lo menos cincuenta años.

Ante este panorama ¿qué le queda a la OEA? El cuestionamiento es agudo, “las salidas” considero pueden ser dos: una, la plena refundación desde sus cimientos y de manera contundente, empezando porque Estados Unidos no va a dictar las formas, las maneras, los procedimientos de su actuación; dos: seguir como va y esperar su agotamiento y desahucio total por su inoperancia, parálisis y entreguismo hacia Washington, como lo han solicitado precisamente los países que están en torno al ALBA, que han dicho de forma clara y explícita como debiera darse su refundación, con un ingrediente totalmente renovador, esté es, estar compuestos por los países al sur del río Bravo, donde Estados Unidos estaría como observador, porque, entonces sí el asunto se mostraría como debió serlo desde su fundación: un organismo articulado y hecho por pares, donde se discutiera en condiciones de igual, equidad, respeto y búsqueda de consensos. No como lo hizo el país del norte, subordinando a esa instancia a sus más aviesos y oscuros intereses y despropósitos.

Ahora sí, para que se hagan efectivos los principios y los propósitos que le dieron origen, entre otros: la promoción de la democracia y los derechos humanos a nivel continental, la autodeterminación de los pueblos y la no intervención, así como el impulso al desarrollo con justicia, no la farsa, la simulación que viene acarreando desde su creación, empezando por la plena incorporación de sus miembros con plenos derechos, obligaciones y responsabilidades, hasta el punto en que se pueda avanzar consistentemente en la construcción del ideal bolivariano: la construcción de la Gran Patria Latinoamericana.

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