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El país de la nulidad

| 6 julio 2009 | Atmósfera mediática | 26 vistas | 1 comentario

José Luis Alvarez Hidalgo

Cuando se esté leyendo este artículo, el proceso electoral del 5 de julio de 2009 habrá concluido y estará sufriendo una cruda apenas soportable; por supuesto, que apenas se tienen los resultados preliminares, es la danza de las cifras y de las autoproclamas de triunfo; los medios electrónicos e impresos se desgañitan a más no poder al informar de modo sensacionalista sobre los resultados del proceso: las grandes sorpresas, las truculencias fraudulentas, el resquemor de los partidos perdedores, la indiferencia y el desasosiego de la población…y quizá, lo más extraordinario de todo, las cifras en torno al visitante incómodo que se coló a esta “fiesta de la democracia” sin haber sido invitado: el voto blanco o voto nulo.

Quizá la nulidad sea el signo dominante de estas elecciones recién llevadas a cabo, y no sólo me estoy refiriendo al voto blanco. Nulidad de un proceso con un –seguramente –alto nivel de abstencionismo; nulidad de un Instituto Federal Electoral y sus pares en todos los estados al haber dejado sombras de duda respecto a su imparcialidad y eficacia; nulidad en la participación de un pueblo que ya no cree en nada, o cree muy poco, y se siente nulamente representado con una crisis de credibilidad pocas veces vista y que, finalmente, se traduce en la nulidad de la esperanza de un pueblo anulado por las instituciones democráticas y por la corrupción e ineficacia de sus gobernantes. Se anula hasta la posibilidad de ser feliz.

Un caso de nulidad muy extraña y paradójica, es la que experimentan los medios de comunicación en nuestro país. Los dos grandes corporativos televisivos tienen las manos metidas hasta el fango en estas elecciones y están llenas de sangre. Apenas en el número anterior de la revista Proceso 1704, Jenaro Villamil daba cuenta de las rapacerías de ambos emporios que, sin temor a equivocarnos, fueron los únicos grandes ganadores en todos aspectos en los comicios apenas celebrados. Nada que perder.

Televisa y TV Azteca, cometieron, en este proceso, todos los atracos habidos y por haber, sin que ninguna autoridad electoral haya tratado de impedirlo. Se sirvieron con la cuchara grande en el especto económico, dado que sus ganancias, incluso, fueron superiores a las que tenían antes de la aplicación de la nueva Ley electoral, con la venta de spots publicitarios a los partidos, gracias a que Felipín, nuestro innoble presidente espurio, les concedió a las dependencias federales una bolsa multimillonaria para el rubro de Servicios de Comunicación Social y Publicidad para 2009, ni más, ni menos la friolera de 1,800 millones de pesos de los cuales, más del 60 %, se destinarán tan sólo a las televisoras. Este fue el premio de consolación y muy caro nos salió el chistecito.

Este es el desolador panorama en el que nos dejan unas elecciones que están muy alejadas de satisfacer las expectativas de nuestro pueblo y en las cuales también tenemos una enorme responsabilidad. Hemos permitido el empoderamiento absurdo y megalomaníaco de los medios de comunicación, en particular de las televisoras; hemos tolerado hasta lo inadmisible toda la basura de su programación, que no hace otra cosa que embelesar a un televidente inculto y sometido, incapaz de protestar simplemente porque no sabe que tendría que protestar. Cree que las cosas están bien así y que la televisión que ve todos los días es la que le gusta y es la que tiene que ver y punto. ¿Para qué protestar?

Nosotros hemos creado este monstruo que ahora nos devora a través de la pantalla y al que le hemos permitido incursionar en todos los espacios de la vida cotidiana y de la esfera pública y privada. Es el Gran Hermano que toma las decisiones por todos nosotros y que son sólo aquellas que le convienen para fortalecer su status y el imperio mediático que nos tiene sometidos. Es el gran totalizador de las conciencias y el espejo deformante de lo que ahora somos. Por mera dignidad se tendría que iniciar un proceso regulatorio de los medios electrónicos que culminará con el retiro obligado de la concesión (hay elementos de sobre para validar semejante decisión).
Y nuevamente surge la embarazosa pregunta. ¿Quién le pone el cascabel al gato? O mejor aun: ¿Estamos los mexicanos de acuerdo en que habría que ponérselo?

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1 comentario

  1. señor usted aburre con sus cometarios siempre es lo mismo con usted ya renovese por favor

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