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Una vez más: Nuestra América

| 6 julio 2009 | Desde Nuestra América | 50 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata

Las coincidencias de la historia nos hacen reiterar algunas ideas y planteamientos ya propuestos, es decir, la semana pasada proponíamos una reflexión sobre la modernidad en nuestro entorno y los recientes acontecimientos nos confirman o reiteran lo expuesto.

José Manuel Zelaya Rosales. Foto: www.un.int

José Manuel Zelaya Rosales. Foto: www.un.int

En esta ocasión, me refiero a los sucesos acaecidos en la República de Honduras en Centroamérica. ¿Por qué afirmo que las coordenadas históricas nos traen sobre lo planteado? por una cuestión que considero urgente de analizar, reflexionar y reiterar, ¿qué pasa en nuestra América?

El pasado 28 de junio da inicio la crisis hondureña, ¿el motivo? La expulsión del país a punta de fusil del presidente José Manuel Zelaya Rosales por un comando del ejército para “dar cumplimiento” a una orden judicial. Con este evento se abre por enésima ocasión una historia que se “suponía” estaba ya clausurada, que era cosa del pasado, más, si tomamos en cuenta que estamos en “tiempos democratizadores y posneoliberales”.

Este evento en términos concretos, fue el golpe de Estado contra un gobierno legítimamente constituido. Se impone la pregunta de rigor, ¿por qué el golpe de Estado? Si se supone son gobiernos que han ido adquiriendo cierta estabilidad política, social e institucional, como para no caer en la tentación golpista.

Esta tensión entre unidad y fragmentación, entre unionismo –en un tiempo federalismo- y aislacionismo, es una constante centroamericana hasta el presente. Los cinco países se vuelven incomprensibles en grandes períodos de su historia si no es dentro de marcos más amplios que los envuelven y determinan.
Rodrigo Paez

Para dar razón en algo de ello es menester hacer un mínimo de historia. Honduras, al menos en los últimos cien años estuvo expuesta a una serie de avatares socio-políticos que la ponía en pie de igualdad con el resto de los países del área, entre las dictaduras y los gobiernos llamados de facto, esto quiere decir, que la institucionalidad democrática brillaba por su ausencia, aunque “formalmente” se dijera que había elecciones.

Esta es una de tantas situaciones por las que hemos pasado a través de nuestra llamada “vida independiente”. Uno de los personajes más conspicuos de esta historia fue Tiburcio Carías Andino, de reputación histórica nada envidiable.

El periodo que va de la segunda mitad de siglo XX a nuestros días se había movido por el vaivén de reyertas político-militares caracterizadas por asonadas, alzamientos e intentonas golpistas. En este panorama, una de los hechos más “singulares” fue la actuación asumida por el presidente José Azcona Hoyos ante la crisis centroamericana a partir de la Revolución sandinista y la guerra civil en El Salvador, donde el escritor y periodista Gregorio Selser en un trabajo suyo tituló: Honduras: república alquilada.

Título realmente vergonzoso para un país y una coyuntura de por sí abigarrada y compleja en la década de los ochenta. Se afirma lo vergonzoso de la actuación sumida, porque literalmente ese país centroamericano fue entregado por la oligarquía hondureña al gobierno y ejército norteamericano para agredir estratégica y militarmente a sus vecinos en un conflicto que devastó a la región en su conjunto. Entre otros elementos, desde territorio hondureño se orquestó y organizó la contrarrevolución nicaragüense con las terribles consecuencias generadas a partir de esa coyuntura.

Es decir, la historia contemporánea de Honduras muestra claroscuros profundos que hacen ver su fragilidad institucional como un hecho evidente. No es cuestión de extremar los términos. En este punto es donde se reitera el asunto que proponíamos al inicio de esta reflexión, ¿dónde está nuestra modernidad? ¿Esto es la modernidad? ¿Cómo podemos decir que somos miembros de una sociedad “global” ante espectáculos de esta índole? He aquí el meollo de la cuestión.

En este orden, tampoco hay que perder de vista que la nación centroamericana es uno de los países más pobres de la región con altas tasas de desempleo, explotación laboral inmisericorde, salarios bajísimos, pobreza galopante, es decir, un escenario socio-económico abrumador, y para cerrar el cuadro una criminalización impresionante de la juventud hondureña. Son factores que nos permiten ir entendiendo la situación por la que atraviesa este pequeño país.

El punto a considerar, ¿era necesario un acto de fuerza contra el presidente Zelaya? Según la lógica de los golpistas se justificaba plenamente, uno de “los argumentos esgrimidos” fue: traición a la patria. Asumiendo el contexto en que se dieron los hechos se debe decir que ese argumento es desmedido, desproporcionado, es pretender mostrar al presidente como reo lesa humanidad. Es una “justificación” que se sale de los cauces más elementales. Más bien, debemos preguntar ¿por dónde iba el gobierno del presidente Zelaya? ¿Qué originó la irritación de la cúpula política? ¿Por qué incluso algunos miembros de su partido, el liberal, lo pusieron en jaque?

Planteando algunas hipótesis el presidente, entre otros asuntos, intentaba realizar una consulta sobre posibles reformas en diversa materia, entre otras, sobre la soberanía de sus recursos naturales e independencia en materia económica, lo que parece no le “cayó muy bien” a la clase política.

Otra, tampoco les gustó “el peligroso acercamiento” que paulatinamente se iba teniendo con el grupo de la ALBA en cabezada por Hugo Chávez y compañía, esto por un supuesto “deslizamiento izquierdista”, lo cual se antoja exagerado. Si se confirman estas hipótesis bien se puede decir que hemos avanzado poco, por no decir, casi nada en materia socio-política. El punto es: ¿estas son razones suficientes para poner al borde del precipicio a un país? ¿La actuación de los golpistas tiene fundamento sólido? La insistencia es pertinente. No puede ser que una actuación tan errática y escasamente reflexionada sirva como fundamento para quitar a un presidente que fue electo democráticamente, como suele decirse.

Por esto se afirma que estamos todavía al inicio de un camino que no tenemos claro si vamos a llegar a la meta, ésta es, ser países con una real estabilidad institucional. Por lo que se viene proponiendo parece que estas aspiraciones tiene un sinfín de obstáculos y avatares que nos mueven a afirmar un dejo de incertidumbre y desazón.

¿Qué sigue? El respeto al orden constitucional, esto quiere decir, solicitar a la cúpula oligárquico-militar el repliegue de sus posiciones, la plena reinstalación del presidente, así como el retorno de la normalidad político-jurídica, esto como el camino más conducente por el bien de la sociedad hondureña.

Como se ha insistido a nivel internacional, no se debe optar por otras medidas, porque sería potencialmente peligroso. Si en efecto, hay voluntad, capacidad, visión e inteligencia por parte de los golpistas esta debería ser la salida esperada y deseable. No en balde se ha caminado por sendas que han confirmado su inoperancia e ineficacia, han tenido como saldo último un sacrificio innecesario para nuestras sociedades.

Por ello, debemos estar atentos a las expresiones sociales que nos van dando las señales para transitar sin tener que llevar las cosas al extremo, a menos que, las lecciones no nos hayan servido para regular nuestros procederes. Esta es una de las cuestiones más agudas y complejas, aprender de la historia para saber corregir el camino a tiempo, sin tener que someter a nuestros pueblos a exigencias innecesarias y hasta carentes de todo sentido. Asunto fundamental para la buena gobernabilidad.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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