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2010: año cero

| 11 enero 2010 | Atmósfera mediática | 59 vistas | comentarios

José Luis Alvarez Hidalgo

Comienzo a despertar de un letargo de siglos. Un año nuevo se avizora en el horizonte y todo parece darme lo mismo. La televisión escupe las estupideces de toda la vida en fechas navideñas y de año nuevo: nos desea una felicidad en la que nadie cree y, por otro lado, se nos bombardea con información que está más cercana al fin de la especie humana que al renacimiento del hombre nuevo. Me piden que haga un recuento de lo más trascendente de 2009 y no encuentro nada en mi memoria que valga la pena recordar. Sólo una gigantesca espiral apuntando al vacío es lo único que se vislumbra en el horizonte inmediato de este año que apenas comienza.

Alejandro Fernández

Alejandro Fernández. Imagen: www.josephcaceres.net

Puedo escucharme un tanto pesimista, pero ¿de qué otro modo puede sentirse alguien que se dedica al análisis de una realidad funesta y dolorosa? Cuantas veces me he repetido a mi mismo que no debemos claudicar en la lucha por tranformar el mundo en que vivimos en una sociedad más justa y llevadera. A veces parece ganar el cansancio, sobretodo en estas fechas en las que los medios aturden todo el tiempo diciéndonos que es el momento de proponernos ser mejores, de inundar nuestro corazón de nobles sentimientos, de creer en la ilusión de un mundo feliz. Me irrita al máximo escuchar a los bobalicones conductores de programas de revista con sus estridentes carcajadas y chistes de humor infame ¿porqué hemos permitido tanta estupidez en las pantallas televisivas?

Miro hacia atrás y me convierto en estatua de sal. Miro hacia adelante y la espesura del contorno, lo nebuloso del paisaje me impide ver con claridad, ¿o será que me niego a ver lo evidente? El poder del capital arrasa con todo y la dignidad humana se ve seriamente amenazada ante la brutalidad del dinero. Y los medios no sólo no son la excepción, sino que se han colocado como punta de lanza de todo este proceso degenerativo, están a la caza de un poder cada vez mayor. Están al acecho de la discusión sobre la nueva ley en materia de radio y televisión que se va a dar en el Senado durante el mes de febrero, abren sus fauces al máximo para engullir lo poco que queda del debilitado Estado mexicano.

¿Y a quien le importa un comino el destino de nuestro espacio radioeléctrico? ¿Quién se preocupa sobre la nueva normatividad en el otorgamiento o renovación de concesiones de los medios elctrónicos a los voraces empresarios?

¿A quién le interesa un pepino la calidad de los contenidos programáticos en la radio y la televisión? ¿Se sabrá acaso que hay instancias reguladoras que no ejercen su función salvo para censurar aquello que resulta ser incómodo para los intereses del Estado y de los empresarios a los que he aludido? No culpo a la audiencia de los medios de su propia ignorancia y desinterés en estas cuestiones, se que es un problema estructural de educación en nuestro país y me pesa que el Estado no se ocupe de ello, sino que, por el contrario, cada vez reduzca aun más el raquítico presupuesto destinado a la educación en todos los niveles.

Para ilustrar dicho estado de cosas debo referir un caso que me pesa mucho por estar relacionado con gente muy cercana a mi y que habla no sólo de ignorancia y desinterés, sino de una buena porción de indolencia y contra eso muy poco podemos hacer. Discutíamos acerca de la polémica que despertó el último éxito de Alejandro Fernández denominado “las nalgadotas” (o algo así) en cuya letra se advierte, una vez más, un alto contenido misógino al ponderar el castigo que debe tener toda mujer que traicione a su amado y por lo cual debe ser nalgueada con una penca de nopal llena de espinas. A varios de los concurrentes a dicha reunión, especialmente mujeres, no les parece nada grave, argumentando que son peores la letras de Paquita “la del barrio” en contra de los hombres (eso sí, a nuestro intocable sexo macho, no se puede rozar ni con el pétalo de un denuesto); de nada sirvieron mis reflexiones en torno al maltrato y a la violencia simbólica de que es objeto la mujer en los medios masivos de comunicación; de muy poco sirvió referirles la impunidad con la que actuán las disqueras, la radio y la televisión a ese respecto y de la inopia e inoperancia de los órganos reguladores en dicha materia; y mucho menos valió hablarles del gran capital que está detrás de todo esto y que en aras de impulsar un producto exitoso son capaces de vilipendiar y luego vender a su propia madre.

Me rendí, lo admito. Sólo les dije que si las mismas mujeres no son capaces de defender su propia dignidad, estamos en serios problemas como sociedad, y que contra el cinismo y la indolencia poco podemos hacer. Sólo escuché sus mofas tronar a mis espaldas.

Este es un pequeño botón de muestra de la lucha que se avecina, no sólo en este vanagloriado 2010, sino en todos los años por venir. El enemigo es poderoso, muy poderoso: quizé se trate de nosotros mismos y no lo alcanzamos a percibir.

Perdón por no haber escrito en estas fechas. Me hallaba deprimido.

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