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Condición humana y enajenación

| 28 junio 2010 | Desde Nuestra América | 290 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata*

Iniciamos esta entrega con un epígrafe que contiene uno de los núcleos de la actual condición humana, ésta es, la enajenación como expresión de la vida cotidiana en su dimensión de ajena, extraviada, de ser para otro. Llamamos la atención sobre este asunto porque una cuestión que tiene una carga por demás manifiesta, es la forma en que nuestras sociedades se van desenvolviendo en el día a día. De ninguna forma queremos hacer ver esta reflexión como algo “raro”, “extraño”, “abstracto”, sino mostrar como nuestras formas de vida nos han llevado a este punto: el extravío de nosotros mismos. Esto que se está afirmando no es nuevo, tiene una ruta transitada, como referencia se puede decir, que desde mediados del siglo XIX ya se estaba discutiendo y reflexionando sobre el carácter que tiene la cotidianeidad en su dimensión laboral, social, personal en sociedades que tiene como forma fundamental de “relación” la explotación del hombre por el hombre; una consecuencia de ello, es el carácter enajenado de nuestras vidas.

En este orden, un referente obligado en estas consideraciones es el vilipendiado y vapuleado Marx, quien ya había puesto sobre la mesa este problema, a partir del estudio y el análisis que realizó sobre la sociedad burguesa y el modo de producción capitalista. Esto quedó plasmado entre otros textos en su obra fundamental: El Capital.

Karl MarxNo obstante, la concepción del trabajo no pierde su carácter antropológico, ya que es justamente su concepción como manifestación de la esencia humana y del hombre (como ser genérico) la que lleva a Marx a concebir el trabajo enajenado y el intercambio comercial como negaciones del trabajo humano y de la comunidad propiamente humana.

Adolfo Sánchez Vázquez

Hago mención del vilipendiado estudioso del capitalismo, porque es él quien clarifica, precisa y expone con contundencia la forma como este modo de producción arrebata, roba, despoja a los seres humanos de sus capacidades y de su condición estrictamente humana, les quita su posibilidad de vivir en plenitud. Este despojo se muestra, a veces sutilmente, a veces con un abierto descaro y cinismo, caso concreto: los trabajadores electricistas del SME que sin miramientos de ningún tipo literalmente fueron arrebatados de sus condiciones de vida más elementales, el trabajo, como forma fundamental de la reproducción de la vida material. Esto también significa que las condiciones de vida se muestran cada vez más desgarradas, arrojadas, sacudidas por la vorágine de este modo de producción, mejor conocido como el neoliberalismo.

Esto tiene su relevancia porque si hay algo que no podemos dejar “para un después” es precisamente el rescate de la condición humana en todas sus dimensiones y contenidos. El maestro Adolfo Sánchez nos hace ver la centralidad que tenía para Marx el trabajo, es decir, el trabajo es lo más humano que podamos concebir, porque de él se desprenden todas las cosas que podamos concebir en el nivel espiritual y material, por ello, tiene un peso específico el afirmar que el trabajo lleva a la plena socialización, y de ahí a la plenificación de los seres humanos. No son estridencias, ni exageraciones.

Este asunto se conecta de manera muy concreta con una cuestión que está en el trasfondo, la llamada “vida moderna” parece que va haciendo cada vez más innecesarias las dimensiones propiamente humanas, una de éstas se refiere al plano subjetivo, es decir, todas aquellas cosas que nos elevan, nos recrean espiritualmente, nos hacen ser sujetos conscientes de nuestro tiempo y nuestra sociedad. En este punto se abre una pregunta, ¿realmente es necesario y pertinente reflexionar sobre estas realidades?, o ¿las estamos reiterando con un aire y una actitud nostálgica y obsesiva?, reasumir la reflexión humanista, hablar sobre el sentido que tiene el ser humano ubicado en situaciones concretas, a partir de su vida cotidiana.

Estos elementos apelan a otras dimensiones como el sentido que tiene o puede tener la esperanza, los proyectos, los ideales, las visiones de un mundo mejor y renovado. En concreto, se puede decir que, la “modernidad” nos ha puesto en una tesitura delicada y compleja, porque los referentes históricos y teóricos en los que se habían movido nuestras sociedades han sido sometidos a una dura prueba, al ser cuestionados en su legitimidad, y por tanto, en su necesidad y pertinencia.

A partir de estas consideraciones se debe decir que la conciencia histórico-social es un elemento constitutivo de nuestro ser humanos, entre otras razones, porque nos ubica en el tiempo y en el espacio, ello permite proyectarnos y construir el sentido de la sociabilidad, en su doble dimensión: personal y comunitaria, esto nos lanza en una dirección precisa, desarrollar nuestra subjetividad en el orden de las aspiraciones e ideales que se pueden codificar y decantar en acciones concretas como son los planes y proyectos históricos. Es decir, es en la historia donde los seres humanos crean y son recreados por la historia. Los seres humanos somos y estamos en la historia. Esto implica para su realización, la subversión de “lo establecido”, la ruptura cabal con formas, esquemas, condicionamientos y expresiones sociales que atrofian la buena marcha de nuestras sociedades, una de esas atrofias es tener una vida enajenada, llena de angustias y zozobras, porque mediatiza y corrompe nuestra capacidad creativa y nuestra imaginación.

Si en efecto deseamos superar este estado de cosas, una condición sine qua non es elevarnos más allá de ella, tener visión de futuro, tener horizonte para no ser una vez más avasallados por “el orden imperante”, dejar de ser cosas, dejar la “cosificación” de los seres humanos en su sentido explícito, es decir, dejar de ser vistos como objetos intercambiables, e incluso desechables, ya no ser considerados una mercancía más. Esta sería una de las notas relevantes de la dialéctica histórica, superar las contradicciones que nos muestra la vida cotidiana. Esto en términos concretos nos pone ante una cuestión que es determinante en la constitución de nuestro ser propio, el poder desplegarnos como sujetos históricos, libres, conscientes y con capacidad de decisión. Esto es, tener capacidad de elección, cobrar sentido de la existencia, trascenderse a sí mismos, y este trascender es ir más allá del tiempo y de la propia historia. Esto en definitiva significa, constituirse en sujetos de la historia, y no en simples objetos o marionetas de este orden social que aniquila la dignidad humana.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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