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¿Sintiendo pasos en el tejaban?

| 7 junio 2010 | Desde Nuestra América | 69 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata*

Con asombro y perplejidad hemos recibido una noticia que conlleva en su sola enunciación algo “raro”. No es fortuito, ni casual y menos, un asunto que cayó de “repente” o vino del topos ourános a nuestros contextos. Nos referimos al anuncio que emitió la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) en un documento titulado: La hora de la igualdad. Brechas por cerrar, caminos por abrir en el que afirma que, el Estado debe replantarse su función y asumir el papel que le corresponde como actor principal en la conciliación de políticas, de estabilidad, de crecimiento económico, de desarrollo productivo, promotor del empleo y la igualdad. (La Jornada, 30/V/2010). Es sorprendente este dato, porque precisamente hace no mucho, es decir, hace escasos quince años la “prédica” era exactamente la contraria: “El Estado debe tener un mínimo de intervención en la regulación económica, su acción debe estar reducida al máximo”.

La hora de la igualdad. Brechas por cerrar, caminos por abrir.

Imagen: www.eclac.cl

Esta tesis era una de “las máximas” del orden neoliberal, que se impuso de manera rotunda, tajante, sin matices de ninguna índole a lo largo del nuestro continente, con el paso del tiempo, -por cierto-, no mucho, fue que llegamos al estado de cosas en el que estamos inmersos actualmente: la depredación más impresionante de la naturaleza y de las relaciones entre los seres humanos a nivel mundial. Esas tesis tenían como premisa central que “el mercado podía regularse a sí mismo, sin intervenciones de ningún tipo”, pero la cuestión de fondo era, ¿qué tanto puede autorregularse el mercado?

De forma paralela con esta contracción del Estado estaba la liberalización económica y financiera, todo esto enmarcado en el contexto de la famosa “deuda externa” que literalmente dejó a merced de la plutocracia a nuestras naciones sin posibilidad real, objetiva de levantarse y rehacer el camino de su crecimiento. Un dato elocuente de esto: los presupuestos anuales de nuestros países se veían comprometidos casi en su totalidad por concepto del pago de la deuda externa. A su vez, se aplicaron y se siguen aplicando las mismas tesis que ponen en absoluta desventaja a nuestros países, caso concreto, se vio una clara rigidez en la distribución del ingreso, esto significó mayor concentración de la riqueza, esto provocó fuertes restricciones en el gasto público en su rubro social.

Es decir, menos dinero para la llamada “obra pública”, menos infraestructura, menos escuelas, menos maestros, menos hospitales, menos educación de calidad. Es decir, se desmantelaron sectores claves, estratégicos, centrales para el desarrollo no sólo agrícola e industrial, sino se desmanteló todo el llamado “Estado de bienestar”, y con ello, en términos coloquiales llegó el “Sálvese quien pueda”.

A pesar de este escenario se continúa de forma persistente con cuatro efectos que impiden crear mayor igualdad, o al menos, no potenciar más la pobreza: 1) la injusta distribución del ingreso; 2) una escasa diversificación y acceso a la educación en cantidad y calidad, con ello, un escaso acceso al conocimiento nuevo, renovado, de punta en sus diversas áreas y niveles; 3) esto también significa una marcada inequidad en los niveles y servicios educativos, en consecuencia, se da un efecto pernicioso, la subutilización o franco despilfarro de los recursos generados, a través de la promoción y la capacitación de los jóvenes vía la formación y preparación de cuadros académicos, intelectuales, científicos y tecnológicos que da como resultado un cuadro por demás alarmante, tanto a nivel individual como social, es decir, se desperdician “olímpicamente” nuestros talentos, con ello se genera la llamada “fuga de cerebros”.

Para ser más precisos, a mayor escolaridad, menor posibilidad laboral, por la lógica perversa del actual modelo económico, es decir, hay una desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia una menor capacitación, resultando un “un vacío de conocimientos”, éste es aprovechado de diversa manera por el capital, es lo que decía Marx del “ejercito industrial de reserva”; y 4) la nada deseable reproducción intergeneracional de la desigualdad. Esto es, se pasa de generación en generación la desigualdad, la inequidad, los desajustes de todo tipo, la profundidad de la misma con los efectos que ello tiene en el orden social, personal y laboral. Con estos elementos nos podemos dar una idea de la depredación generalizada creada por el actual modelo, y los reales alcances que ha tenido.

El asunto que se nos plantea a partir de estas realidades es reflexionar sobre el contenido de las mismas, y por qué el llamado a un cambio de actitud por parte de estos organismos que precisamente fueron ellos parte del “problema y las actuales circunstancias”. En este orden cabría hacer mención de un dato que es elocuente, la CEPAL afirma lo siguiente: “Es preciso sortear supuestos que la evidencia histórica actualmente cuestiona y que en su momento contribuyeron a demonizar ora el mercado, ora al Estado. […] Asimismo está claro que hay funciones cuya responsabilidad atañe al Estado para velar por el bien común y la cohesión social”. Esta afirmación debe ser analizada con extremo cuidado, la pregunta de rigor es: ¿de cuándo acá se dieron cuenta que efectivamente hay funciones que le atañe al Estado? ¿Acaso fueron “iluminados” por alguna clase de gurú? Este es el punto álgido. ¿Acaso algunos sectores de la intelectualidad plutocrática están cayendo en la cuenta de que el actual modelo económico “está haciendo agua”, por lo tanto, es difícil que se sostenga bajo su postulado básico: una economía plenamente abierta y globalizada?

Un asunto que queda pendiente en estas consideraciones es ¿este modelo fue diseñado para ser revertido sin aspavientos, ni “golpes de timón”, sin cambios bruscos o agitaciones “perniciosas”? Porque la evidencia histórica va cobrando la factura sobre algo que hace un par de décadas ya se mencionaba con insistencia y legítima preocupación: las sociedades no esperan, y menos, que “la tormenta amaine”. ¿Acaso el “capitán” está sintiendo paso en el tejaban?

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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