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¿Se puede ser “políticamente correcto”?

| 18 octubre 2010 | Desde Nuestra América | 44 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata*

Paradójicamente nos hemos visto enfrentados a una serie de contradicciones que nublan nuestros contornos, nuestra forma de encarar nuestras realidades, por su propia lógica nos llevan a actitudes y procederes que niegan nuestro horizonte inmediato. Esto viene al caso por un asunto que está en el ambiente, ¿qué es lo pertinente ante una situación como la presente? Es decir, nuestros espacios en diversa esfera y nivel van mostrando un rostro amorfo, oscuro, indefinido, esto lo podemos ejemplificar de la siguiente manera, ¿qué está sucediendo en nuestra sociedad? ¿Para dónde vamos? ¿Cuáles son las consignas, los códigos, “las formas de conducta”? Pareciera que vamos caminando más por inercia, que por una real idea de a dónde queremos llegar. A partir de estas consideraciones se propone esta entrega, reflexionar una vez más sobre nuestra condición actual, que muestra una profunda crisis no sólo de orden material, sino, también ética, moral y axiológica. Asunto en extremo preocupante y desolador. Vamos contextualizando.

Sabemos que la actual globalización no tiene un rostro humano: su efectividad se cristaliza en la no-apertura comercial, en la degradación de los ecosistemas, en uniformidad de la información, en el control del pensamiento, en la privatización de lo público, en el rompimiento de los antiguos lazos comunitarios, en el intento de una “ciudadanía” supuestamente universal pero que comporta una cultura híbrida, llena, sí, de hedonismos y utilitarismos comerciales.

Francisco Piñón

Hace tiempo me invitaron a presentar dentro de las actividades de la feria del libro universitario el último número de la Revista Auriga, órgano de difusión de los investigadores y profesores de nuestra Facultad de Filosofía. En esa ocasión comenté una cuestión que considero se va afianzando cada vez más con el paso del tiempo, la falta de reflexión, trabajo y estudio crítico, en términos muy concretos significa que no tenemos referentes, ideas, paradigmas que revolucionen sustancialmente nuestras coordenadas sociales, históricas y teóricas. Parece que vivimos la parálisis del pensamiento, lo que se traduce en conductas, actitudes y procederes que tienen como propósito último lo estrictamente utilitario y pragmático. Esta parálisis la refiero con una expresión que dice: “El pensamiento está de luto”. Esto también muestra el llamado “síntoma” de nuestro tiempo, la pérdida de coordenadas histórico-sociales, es decir, el agotamiento de los esfuerzos, la imaginación, las ideas, las luchas por construir un mundo más humano y cualitativamente superior. Enunciado el asunto de esta manera parecería que toma tintes angustiantes y desmoralizadores por la forma en que se muestran nuestras realidades. Se ha llegado a plantear como la pérdida del sentido de la vida y los afanes superiores, no es otra cosa que anhelar una sociedad mejor.

De manera precisa se conecta con lo que está sucediendo en nuestro tiempo, no ir más allá de lo absolutamente necesario. Hacer el mínimo, lo indispensable para no ser agredido, insultado, linchado y apuntado con el dedo, con la descalificación o el “San Benito” de ser visto como “inadaptado, loco, revoltoso, agitador de las sanas conciencias” y cosas parecidas. Como si los grandes momentos de nuestra historia, de nuestros procesos hubieran estado inscritos en “la prudencia”, “las buenas maneras” y lo “políticamente correcto”. En este sentido, no debemos olvidar que las grandes transformaciones histórico-sociales han tenido como “eje estructurador” rupturas profundas con “lo establecido”, si no fuera de esa forma, pues, simple y sencillamente no hubiéramos tenido ni Independencia, ni Revolución, asunto que raya en la absoluta obviedad, de ahí la consideración sobre el carácter insurrecto de la conciencia, del pensamiento, de las ideas.

No hace mucho el Maestro Pablo González Casanova hacía la siguiente reflexión que se articula de manera muy concreta con lo que se viene proponiendo al decir: “uno de los problemas más graves es que el pensamiento crítico se ha autocensurado con el uso de un leguaje ‘políticamente correcto’, además de que en ocasiones se mantiene alejado de las clases populares”. Esta afirmación cobra un peso y una dimensión realmente preocupante y provocadora, porque la cuestión de fondo es: ¿entonces para qué pensar, reflexionar, imaginar, recrear? ¿Para qué afanarse tratando de proponer modelos histórico-sociales? He aquí el núcleo de la cuestión.

En este orden, González Casanova nos hace una serie de puntualizaciones, que si las vemos con agudeza nos llevan a un asunto en extremo complicado, peliagudo, es la manera en que el “pensamiento crítico” ha desplazado su lenguaje, sus formas de expresión, su comunicabilidad, dirá que lo ha desplazado a lo “políticamente correcto” para no meterse en “camisa de once varas”. Hay simulación, sumisión, silencio cómplice ante el poder por ello se abstiene de plantear, criticar, demandar, exigir, es como si estuviéramos reactualizando el Santo Oficio en pleno siglo XXI, él mismo lo refiere de la siguiente forma: “Ya no hay Santa Inquisición, pero nosotros somos nuestra santa inquisición, y no usamos esas palabras. Si en una reunión de científicos sociales serios se menciona la lucha de clases, es como una grosería, o hablar de imperialismo es horrible”. (La Jornada, 15-10-2010)

¿A qué nos lleva todo esto? A la negación de nuestros quehaceres, al convertir nuestro trabajo una simple “caja de resonancia” de ideas ajenas, con escasísimo contenido, impacto y proyección. Esto nos pone una tesitura comprometida, en el sentido de que vamos perdiendo consistencia, no sólo teórica, también histórico-social, es perder identidad y ciudadanía. Aquí cabría lo que decían los filósofos, pedagogos y planificadores educativos en el Brasil al plantear la necesidad de reintroducir la enseñanza filosófica después de 40 años de dictadura militar en los planes y programas de estudios en el nivel medio superior lo referían como la necesidad de construcción del: Humanismo y la Ciudadanía. Es más que elocuente lo que planteaban los maestros brasileños.

Considero que la conclusión es clara, lo “políticamente correcto” es una forma más de simulación, alejamiento y desinterés teórico-discursivo que tendrá como resultado una masa amorfa, acrítica, sumisa que en el mediano plazo tendrá costos histórico-sociales insospechados. Es decir, si se cree que la mejor estrategia para evitar conflictos, problemas, enfrentamientos es, simular, pues, hay que decirlo con honestidad, es la peor que se pudo haber elegido, porque las sociedades por su propia naturaleza son dinámicas, son organismos que no se estancan, aunque se les quiera mantener en esa condición de pasividad y desinterés. ¿Por qué no partir de la idea exactamente contraria? Abrir los cauces de la discusión, del diálogo, del ejercicio del pensamiento, de la inteligencia, de la reflexión, poner sobre la mesa nuestras necesidades y problemas más acuciantes, y no pretender amordazarla más. Si ya de por sí está extenuada física, mental y espiritualmente.

* Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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