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32° Aniversario de la Revolución Nicaragüense

202 | 25 julio 2011 | Desde Nuestra América | 90 vistas | comentarios

Oscar Wingartz Plata*

El 19 de julio pasado tuve la oportunidad de presenciar la celebración que se llevó a cabo en la Plaza de la Fe de Managua el trigésimo segundo aniversario de la Revolución Popular Sandinista, un evento impresionante, con una asistencia superior a las 400 000 personas; la plaza estaba a tope, con invitados de honor y el cuerpo diplomático acreditado en Nicaragua. Esta convocatoria rebasa con mucho lo que se pueda referir en estas líneas, entre otras razones porque el pueblo nicaragüense en muchos sentidos sigue viviendo profundamente este evento a pesar del tiempo transcurrido. La revolución sigue teniendo presencia en medio del pueblo.

32° Aniversario de la Revolución Nicaragüense

Foto: www.lavozdelsandinismo.com

Esta celebración tiene una connotación especial porque convoca a los nicaragüenses de todos los puntos del país. Se podrán imaginar el despliegue que se hace para la realización de este acto. La magnificencia de este acto se hace patente al convocar a la población en su conjunto. Incluso el acceso mismo a la plaza queda restringido ante la imposibilidad de acceder a ella. Guardando las proporciones, es una noche de 15 de septiembre en el Zócalo capitalino.

En este orden, podemos formular algunas consideraciones en torno a esta celebración. De entrada se debe afirmar que este tipo de acontecimientos tienen claro-oscuros muy marcados por un asunto que en otras ocasiones hemos comentado, la historia es una “señora muy esquiva y traicionera”, esto quiere decir que si no estamos planteándonos con cierta regularidad determinados hechos, eventos y sucesos caemos en lo que se ha dado en llamar “la pérdida de la memoria histórica”, dicho sea de paso, es el pan de cada día entre nosotros.

En muchos sentidos, esta experiencia histórica movió un caudal enorme de energías y esperanzas. Dichas esperanzas fueron comentadas en cierta ocasión por Sergio Ramírez para marcar la paradoja o la franca contradicción con aquello que se había deseado o anhelado al decir: “… el desencanto más profundo que vivió la generación de la Revolución, fue que ella misma hecha poder trató de crear un orden nuevo. Creó la ilusión de que todo era posible”.

Sergio Ramírez

Otro elemento que se puede proponer es la dimensión de los mismos, para el caso que estamos tratando, esta revolución surgida al final de la década de los sesenta del siglo pasado fue un “parte aguas” en la historia continental por el contexto en que se dio. Quitarse de encima una dictadura de corte cuasi hereditaria encabezada por el “viejo” Somoza García, con sus sucesores y allegados, no fue un proceso sencillo ni espontáneo, fue un camino largo, doloroso, lleno de obstáculos que implicó enormes sacrificios para el pueblo de Nicaragua.

Esta historia se inicia con la fundación de su vanguardia político-militar que encabezó esta lucha, el FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional) en 1961, con ello, también se celebraron los 50 años de fundación del Frente. La figura sobresaliente, líder y guía de esta gesta es sin lugar a dudas, el Comandante Carlos Fonseca Amador. Hombre nacido en el seno de una familia pobre de Matagalpa, la segunda ciudad más grande de este país centroamericano, quien tenía enormes ideales y principios de justicia social, igualdad y fraternidad, junto con otros dos compañeros, Silvio Mayorga y Tomás Borge. Así es como se inicia este proceso que tiene como referente central la figura de Augusto César Sandino, líder de la lucha antiimperialista en Nicaragua en la década de los años veinte y treinta del siglo XX contra el intervencionismo norteamericano.

El camino seguido por esta agrupación político-militar es como muchas otras que surgieron en aquellos años de altibajos, de oscilaciones, de contradicciones donde uno de sus problemas era la adhesión a su causa, así como el mantenerse fieles a los principios que postulaba el recién creado FSLN. Estamos hablando de una etapa realmente heroica, con personajes que su grandeza está en mantenerse fieles a sus ideales y convicciones. Asunto complicado a estas alturas de los tiempos. Estos elementos son los que muchos han estado reclamando en la esfera política y ciudadana, estatura moral y ética.

Es decir, queremos que las cosas cambien porque sí, sin mover un dedo, sin proponer, sin comprometerse, y, honestamente hay que decirlo, ese no es el camino. El camino es una real, sólida y consecuente participación ciudadana donde hagamos valer nuestros legítimos reclamos y exigencias sociales. Por ello, con el paso del tiempo, estos personajes van cobrando mayor estatura y nivel porque marcaron una ruta, un trayecto, una vía para darle sentido y dimensión a la existencia humana. No se está diciendo que salgamos a la calle a tomar las armas, eso depende de los contextos y las coyunturas. Lo que se está planteando es voltear nuestros ojos y analizar con seriedad y objetividad el trabajo de estos hombres que creyeron en la construcción de un mundo mejor. Esa es la relevancia de esta celebración, independientemente de los actores en turno. Porque los actores políticos van y vienen, los principios y las convicciones permanecen. Aquí está el punto de la discusión.

En estas consideraciones no hay que perder de vista su dimensión crítica, es decir, visualizar nuestros procesos con equilibrio y ponderación, buscando en todo momento la sensatez en el análisis. Ni la apología más delirante, ni la diatriba escarnecedora. Este ha sido una de las cuestiones más complicadas al momento de encarar nuestras respectivas historias, vamos perdiendo proporción ante ellas. Uno de los puntos que exigen esta revolución es ¿qué ha pasado con ella a sus 32 años?, pregunta complicada, aguda, compleja. Es aquí donde debemos encarar con la mayor lucidez posible nuestras realidades, no hay que pensar que todo fue o ha sido una “eterna luna de miel”, ni remotamente, ha sido un caminar a contracorriente sorteando problemas, carencias, penurias de diverso orden y nivel. Esta es parte de la celebración, reflexionarla con actitud seria, profunda, pondera y equilibrada.

Así, pues, vivimos una celebración más de esta gesta heroica del pueblo nicaragüense donde los alcances, los logros, las limitaciones están ahí solicitando su estudio, análisis y reflexión crítica. No es una ociosidad plantear esta labor, es una exigencia de primer orden, si deseamos avanzar consecuentemente en la superación de nuestras ingentes necesidades, de esta manera, hacerle justicia en algo a los miles de hombres y mujeres que se entregaron generosamente a ella, con una sola idea, con una sola convicción: construir una patria nueva, donde la justicia, la fraternidad, la igualdad fueran el horizonte y la guía de este martirizado pueblo, y que se constituyeron en héroes y mártires de un caminar intrincado.

Cerraríamos esta entrega diciendo que tenemos un enorme trecho por delante, la historia no se ha terminado como descabelladamente había “profetizado” uno de los ideólogos del neoliberalismo, Francis Fukuyama, con esos desplantes de gente que siente que la vida la tienen resulta, no nos dejemos ir con las apariencias. Todavía hay mucho por hacer, la revolución nicaragüense nos ha mostrado una parte del camino, todavía falta cubrir la ruta de la plena realización humana. Saludemos con alegría y respeto a los más grande, lúcido y honesto de esta gesta revolucionaria en Nicaragua.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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