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200 | 12 julio 2011 | El ahorcado del lunes | 87 vistas | comentarios

Eduardo Garay Vega

Han pasado varias semanas desde que, de nuevo, dejé de mandar esta siempre irregular columna. Lo siento. Estaba más interesado en temas de franca trascendencia nacional, como son los de la carne —clembuterol y suripantas incluidos—, que en hablar de turistas culturales y subsidios bien ganados.

Feria de libros usados

Foto: Especial.

Tras las lluvias y pasado el fin de clases, que también me agobia y distrae, decidí conectarme nuevamente a la internet y me topé con un video de una señora, de todos mis respetos, que se queja porque no la dejan hacer una feria de libro usado en Plaza de Armas. ¿Cómo? ¿También hay exclusividad en las plazas públicas?

Yo sospecho, sospechosista que soy, que debe haber un reglamento sobre qué se puede exponer en una plaza, cuándo, horarios aceptados, cómo deben ser los stands… debe existir un estatuto sobre a quién se le pide la autorización, tiempo necesario para presentar la solicitud, requisitos de orden, seguridad y limpieza, qué se puede exhibir… porque, claramente, no todo se puede ser poner a la vista en una plaza pública (como decapitaciones de animales, drogas ilícitas o armas, por señalar algunas cosas) y lo que se presenta debe estar ordenado.

Bueno, la señora en cuestión, la del video, acusa directamente a Javier García Muñoz, ex presidente de la Asociación de Libreros de Querétaro y quien actualmente se desempeña como Director de la Librería Cultural del Centro, perteneciente a Gobierno del Estado, de obstaculizar a otra asociación, esta de libros de viejo, para que se instale en las plazas a vender su mercancía. Ignoro si Javier García tiene tal poder, en todo caso sería más factible que lo tuviera Francisco, el hermano gemelo de Javier, y quien trabaja con el Jefe de Asesores del Gobernador. Pero este tema nos sirve para reflexionar sobre dos asuntos obsesivos: transparencia y difusión cultural.

Si las cosas, como ya lo he dicho en otras ocasiones y que a veces provoca molestia incluso entre mis conocidos, se manejaran claramente (qué requisitos se piden para instalar una feria del libro usado —en este caso—, a quién y bajo qué condiciones se facilita el espacio público) no importaría si Javier García y su Asociación son los proveedores oficiales de Ferias de Libro en el estado (¿lo son?), cualquier persona que cumpliera con los requerimientos exigidos podría instalar su feria del libro. ¿Qué sucede si a mí, en lo personal, se me ocurre organizar una venta de libros de autores publicados en fondos editoriales estatales y que están, en todo el país, perfectamente embodegados? ¿Tengo que pedir el aval de la asociación “oficial” de libreros?

La siguiente frase ya parece lugar común: a mayor transparencia, menos margen de corrupción y despotismo: reglamentos claros y públicos evitarían dudas y acusaciones como la que pesa sobre un señor que vende libros, acusaciones que, por cierto, viene de otra persona que también vende libros.

Y aquí se liga el rollo de la difusión cultural. Tanto la señora que quiere vender como el acusado de no dejar que se instalen los puestos se consideran promotores de la lectura.

¿Son los libreros promotores de la lectura? ¿Qué diablos es un promotor de la lectura? Porque si todo aquel que está relacionado con el libro es un promotor de la lectura, ¿sería lo mismo decir que los taquilleros de los cinemas Zaragoza son promotores del cine? ¿O que el chelero del estadio Corregidora es un promotor deportivo? ¿Qué diferencia a uno del otro?

Hace muchos años, en un encuentro de jóvenes teatreros, uno de los ponentes clamaba por una mayor calidad en los espectáculos callejeros, sin embargo él parecía ignorar que la mayoría de estos eventos no tienen una intención artística, sino alimentaria. Quienes suben a los camiones con la cara pintada y finalizan diciendo “como ustedes verán, no somos grandes artistas pero una moneda…” tienen toda la razón, no son grandes artistas y lo que buscan es una manera de acercarse una monedas.

Suena muy exagerado, ¿pero no sucede lo mismo con los libreros? Estoy seguro que existen grandes artistas que van de plaza en plaza con un sombrero que colocan en el suelo y dan su arte a contracorriente de espacios “oficiales”, buscando acercar a una mayoría a su trabajo artístico. Estoy seguro que también hay libreros que se preocupan por lograr un mayor interés de la población en general y que visualizan su labor como un medio para mejorar el nivel cultural de la sociedad, pero seamos realistas, ¿cuántos? Para darse una idea, asista a las ferias del libro y vea la cantidad de porquerías del tipo Cañitas (cuyo autor confiesa haber leído menos libros de los que él ha escrito) que se promocionan, pregúntele a su librero por una autor de los novísimos o por una novela de no-ficción, por ejemplo, para descubrir que el librero es eso un negociante, es solo parte de una industria; es una persona que vende libros como podría vender salas, clones de dvd, o seguros de vida; y no hay crítica en esto, son profesiones respetables todas, nada más, por favor, que sus aspiraciones de élite, de culto, de comunidad cultural o es para todos o no hay motivo para impedir una feria de libros de viejo, en donde encontraremos verdaderas joyas literarias entre mucha basura, como siempre.

En fin, regresemos a nuestra amargura con una posdata: tienen razón, Facundo Cabral era malísimo, pero si lo mataron por eso que se cuiden la mayoría de trovadores de “protesta”.

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