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Revolución Mexicana: memoria y olvido

219 | 22 noviembre 2011 | En Pocas Palabras | 839 vistas | comentarios

Nahum G. Hernández Bolaños

Coincido con los que piensan que la memoria de la Revolución Mexicana por intrincada y fascinante se nos revela como un pasado que resulta siempre en un posible acto de reflexión y con ello, por supuesto, se abren las aristas de la potencial vindicación social. Más aún, si se la considera una Revolución inconclusa.

Revolución MexicanaParece ser que toda sociedad tiene la responsabilidad de transmitir transgeneracionalmente lo que considera como sus logros culturales. No cuestiono este ejercicio, lo reprochable en todo caso, consiste en querer transmitir lo que al poder en turno le es correcto, y mandar al olvido lo que simplemente no quiere ver, ni escuchar. En un símil, esto sería equivalente a que un Juez omitiera deliberadamente la versión de los testigos directos en cualquier juicio, simplemente porque le es ideológicamente incómodo. Esta ceguera selectiva resulta tan burda y a la vez tan dañina para la construcción de una memoria colectiva como cualquier traición a la patria o atentado contra el progreso de un pueblo.

Más allá de la ceremonia, más allá de los discursos que por repetitivos se han vaciado de sentido, más allá de las ideologías partidistas en turno, los ciudadanos tenemos un vínculo insoslayable con nuestra propia herencia histórica, en ello hallamos los elementos que ayudan a fraguar la identidad y la pertenencia, pero sobre todo, en ello vislumbramos los argumentos que dan cuenta de las debilidades o fortalezas de nuestro presente. Ningún país puede construir su futuro sin la linterna del pasado.

Quizá sea un acto de entera inocencia solicitar rememorar el pasado como fuente primaria y fundamental que nos sature de fuerza e inspiración para enfrentar y modificar nuestro presente, muy probablemente lo sea, es sólo que no le encuentro otro sentido al pasado que no sea el de nutrir la construcción de nuestro entramado social cotidiano.

Caminar de espaldas a la propia historia nos exilia de la verdadera colectividad y, sobre todo, nos vuelve destinatarios indefensos de la “versión oficial” de la historia. Lo más delicado de este desapego es que limita nuestro sentido de la crítica y la reflexión, pues desprovee de los valiosos argumentos estructurales que todo cuestionamiento social o propuesta deben saber conservar.

La torpeza de un pueblo se mide también por el contenido y alcance de sus flexiones, críticas y manifestaciones sociales; en nuestro país el verdadero conocimiento de las cosas sigue siendo privilegio de unos cuantos; los demás, todos los demás o aplauden o protestan, tristemente a la mayoría de éstos los nutre o los asiste, la ignorancia.

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