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Miradas que matan

266 | 6 noviembre 2012 | Diálogos Diversos | 130 vistas | comentarios

Lluvia Cervantes Contreras*

Este cuerpo es mío.

Decidir no es un delito… ¡Decidir es un derecho! Foto: María Fernanda López Gallegos.

En México, tanto en lo público como en lo privado, constantemente se busca cómo impedir que las mujeres podamos decidir sobre nuestro cuerpo, a pesar de que en algunos ámbitos haya avances jurídicos y sociales producto de una larga lucha por nuestros derechos.

La mirada social pesa. Y en Querétaro lo vemos: una persona nace, y si la genética y el azar le asignaron cromosomas XX y una vulva evidente (la intersexualidad ni siquiera es una posiblidad que se planteen las familias que esperan un bebé), en cuanto le miran, se le asignan una serie de expectativas a ser educadas y que la colocarán en la repetición de roles que devendrán en inequidad social y violencia de género: aretes, vestidos, color rosa, muñecas, cuentos de princesas que deben esperar caballerosidad y protección, planchitas y cocinitas de juguete, ternura, “presentación en sociedad” –mediante esa fiesta que históricamente nació equiparando una quinceañera con la oferta de una propiedad redituable a partir de la pubertad–, maternidad educada como un “instinto” incuestionable, advertencias disfrazadas de educación familiar y “de valores” respecto a que una “buena mujer” es obediente, sobre todo ante lo que dice su padre o, después, su esposo qué puede o no debe hacer sobre su sexualidad, vestido blanco como sinónimo de sello de garantía para quien la convertirá en “la señora de”, “le dará los hijos que Dios le mande”. Y en muchos casos, todo esto festejado socialmente, aunque sirva para que quien se considera su nuevo dueño, pueda maltratarla, incluso matarla, ante la comprensión y justificación de una (gran) parte de la sociedad y las autoridades, que con el término de “crimen pasional”, minimizarán ese feminicidio como algo que seguramente la mujer provocó.

Porque las mujeres, según esta sociedad, valemos en la medida en que un hombre nos mire y se interese por nosotras: más si nos “quiere dar su apellido”, menos si nos ha violado. En ambos casos, además, las responsables siempre seremos nosotras: en buscar cómo valer más, haciendo hasta lo imposible para ajustarnos a lo que el sistema patriarcal dicta como cierta belleza que repercutirá en una mayor posiblidad de “ser elegidas”; y en buscar cómo no “valer menos” evitando hacer lo que no está permitido para nosotras: vestirnos “provocativamente”, tener prácticas sexuales prematrimoniales, manifestar deseo sexual, exigir el uso de un condón, así sea nuestra primera vez o estemos ya casadas, etcétera.

De allí vienen las miradas familiares y sociales de compasión sobre una mujer que decide no casarse ni estar en pareja, traducidas en cada palabra construida para decir públicamente que no le pertenece a ningún hombre: “solterona”, “cotorrona”, “señorita”. También, las miradas escépticas de los prestadores de servicios de salud que prejuzgan y deciden por una mujer que solicita que se le realice una salpingoclasia si es que nunca se ha embarazado y decidió que no quiere reproducirse biológicamente nunca. No se la practican: algún día cambiará de opinión, afirman, porque no está en su referente social ni institucional que existan mujeres que no quieran “la bendición” de ser madres biológicas.

Si una mujer se enamora de otra y quiere lo que como humanas les corresponde en derechos, tendrán que enfrentar las miradas y los obstáculos de esas personas, instituciones y jerarquías religiosas a quienes les pesa más lo que las dos tienen entre las piernas que lo que construyen a través de amor y compromiso mutuo, y que se creen con derecho a validar si ellas pueden o no ser pareja, matrimonio o familia.

Todas estas prácticas sociales traducidas incluso en políticas públicas, están basadas en una mirada única (la heterosexual) de entender (sobre todo, de imponer) qué es ser mujer o ser familia. Mirada producto de una tradición judeocristiana, pero además, mortificante, discriminatoria, patriarcal, antiderechos y, por tanto, violenta.

Normalizada, pero violenta.

*Coordinadora en Querétaro de la Red por los Derechos Sexuales y Reproductivos en México (@DdeserQro).

Contacto: desdudate@gmail.com / http://www.ddeser.org

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