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La democracia en entredicho

334 | 22 abril 2014 | Desde Nuestra América | 54 vistas | comentarios
Protesta.

Imagen: Especial.

Oscar Wingartz Plata*

Después de un receso en nuestras colaboraciones retomamos el paso con este medio de información, para continuar reflexionando sobre nuestro acontecer cotidiano a nivel nacional y continental. En esta ocasión deseo proponer algunas ideas sobre una cuestión que ha sido –sin exagerar– el “Talón de Aquiles” de nuestra formación social desde hace más de 150 años, por poner sólo una referencia. Es la eterna discusión sobre la tan traída y llevada democracia mexicana. Este asunto es un problema inacabado que si lo miramos con mayor cuidado veremos que cada día se complejiza más.

Esto tiene su sustento por los resultados que proporcionó Alonso Urrutia sobre un estudio titulado: Informe país sobre ciudadanía y democracia en México. En dicho informe se consignaban una serie de situaciones todas realmente preocupantes, entre otras, la escasísima credibilidad que en términos absolutos tiene la ciudadanía sobre el ejercicio democrático en nuestro país. Este asunto tiene su propia densidad porque muestra sobre los hechos el poquísimo aprecio y valoración que tiene el ciudadano “de a pie” sobre algo que debería ser el eje de nuestra convivencia social y política.

Esta falta de credibilidad, no es de ahora, tiene una dilatada trayectoria que se reitera por los contextos y las coyunturas. Es decir, va teniendo tonalidades y formas que le dan una configuración realmente “sui generis” a nuestra vida político-social. Para nadie debería ser un misterio que la democracia como modelo y forma de vida dista mucho de ser precisamente eso, una forma de vida en nuestros espacios. La historia lo atestigua de manera flagrante. Un ejemplo diáfano, elocuente de esto es la dictadura porfirista que configuró una idea de país y de sociedad “muy propia”.

Después de 34 años en el poder cae ante el embate revolucionario y la toma del poder por la facción ganadora de la Revolución mexicana encabezada por el Gral. Álvaro Obregón, a la postre presidente de la República, con ello se establece un “nueva forma de gobernar”. El primer partido emanado de la Revolución se funda en 1928 y se le conocerá como PNR (Partido Nacional Revolucionario), posteriormente en 1938 será nombrado PRM (Partido de la Revolución Mexicana) donde se configurarán los tres sectores básicos del mismo: Campesino, Popular y Militar para convertirse 1946 en el actual PRI. Se retoman estos datos porque nos permiten visualizar de manera muy precisa “cómo ha evolucionado” esta agrupación política y los tonos que ha tenido la democracia mexicana. Es decir, el PRI ha marcado “el camino, la ruta” de una democracia que se dice sólida y articulada.

Evidentemente esto está sujeto a una serie de consideraciones y reflexiones críticas, entre otros aspectos, por no hay tal, es un juego que tiene y ha tenido clarooscuros evidentes.

Retomando la idea propuesta más arriba, hay un dato elocuente, el 66% de la gente encuestada considera que las normas no se respetan, y si se respetan es en una proporción ínfima. Este elemento es claro, la ciudadanía no cree en la democracia. Esta falta de credibilidad tiene su sustento en el alejamiento objetivo, real que siempre ha habido entre la política, los políticos y el acontecer social en lo cotidiana. Como se decía más arriba, no hay tal vida democrática. Más adelante se refiere otro dato que es más contundente, el 70% de los encuestados no cree en los partidos del signo y el color que sean. Esto por su propia lógica nos pone en una situación de alerta, si el asunto es de estas dimensiones ¿qué se puede esperar de la política de nuestro país? Más por el avasallamiento inmisericorde en que ha puesto el PRI al país en su conjunto con sus famosas “reformas estructurales”.

La sociedad democrática sería el lugar donde se pueden desarrollar estas otras libertades por la vía de hacer compatibles las libertades individuales. Por eso vale la pena explorar los perfiles y detalles de la idea democrática. Pero creo que sería un error hacerlo en abstracto porque la pura especulación no tiene límites. Tenemos que hacerlo dentro de una situación histórica pues sólo en concreto aparecen sus detalles nítidamente expuestos.

Abelardo Villegas.

Aquí cabría muy bien hacer la siguiente puntualización, si esta agrupación se dice “tan democrática” ¿por qué no convocó a una consulta popular sobre dichas reformas? Porque estas reformas, de ninguna forma pueden ser consideradas “menores”, sobre todo, la más álgida y potencialmente devastadora, la reforma energética por el carácter estratégico de la misma. Con estas puntualizaciones podemos ver que es plenamente justificada la incredulidad de la población en la democracia. En todo esto hay un punto que es clave, ¿qué significa la democracia como forma de vida? Cuestión complicada. Damos una idea como punto de referencia.

La democracia debería ser un ámbito donde todos sin excepción pudiéramos participar de manera real, efectiva en los asuntos públicos. Esto poder llevarlo al conjunto de nuestras vidas, donde se fueran generando las prácticas, las ideas, las concepciones de una vida plenamente participativa. Como se ve postular una idea de democracia en estos términos es realmente complicada. Esta idea tiene como elemento articulador una concepción renovada de sujeto y sociedad, lo que nos lleva de manera directa a la enseñanza, a la pedagogía, a la vida cotidiana. Si no se enseñan los valores democráticos, la vida democrática, la práctica democrática ¿cómo queremos hablar de democracia? Es de evidencia que la democracia se convierte en una abstracción, en una configuración metal que cada quien se hace de ella. Esto a los políticos les cae como anillo al dedo, porque no habrá quien les cuestione de fondo su actuación, entre otras cosas, porque, la supuesta representatividad es una mera y absoluta formalidad, no una realidad concreta, tangible, palpable. No hay necesidad de ir tan lejos, ¿cuál representatividad por parte de los diputados y senadores?

Estamos ante un panorama realmente complicado y desolador en materia político-social. Una “representación” que no es tal, una participación ciudadana simulada y acotada por el poder y los políticos, una democracia de fachada, un país exhausto y desintegrado socialmente, polarizado por las contradicciones de clase, para rematar una clase política que vive un país de ficción, “idílico”, que se lo confecciona a su estricta medida, donde “legisla” para todos menos para los ciudadanos.

En fin, no es de extrañar que con éstas notas, la población en términos concretos no crea en la democracia, en la política como ejercicio ciudadano, no crea en la posibilidad de transformaciones efectivas y sustanciales;  aunado a esto la proliferación masiva y pertinaz del mensaje en boga: el individualismo más feroz, la carencia de una educación solidaria generadora de valores plenamente sociales, la exaltación de las ideas de las cúpulas de poder que llevan a creer que la vida se dirime en un pensamiento dual: entre tener dinero y no tenerlo. Como siempre, la democracia seguirá en entredicho, acotada, simulada y fuera de una práctica real, concreta histórica.

*Doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM. Profesor-investigador en la Facultad de Filosofía de la UAQ.

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