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La corrupción sí tiene madre

378 | 17 marzo 2015 | Columna invitada | 76 vistas | comentarios

Manuel Ovalle Araiza*

La corrupción sí tiene madre

Imagen de la portada del libro “La corrupción azul” del periodista Daniel Lizárraga.

Los mexicanos estamos equivocando el camino. El Sistema Anticorrupción no se merece ni el beneficio de la duda. Si a caso, sus resultados serán caros y marginales. La corrupción es un problema estructural de nuestra democracia. Si la viéramos como hierba mala, ese tipo de iniciativas tan sólo le dan una desbrozada.

Así como en el libre mercado existe la “mano invisible”, donde a mayor competencia se provoca la “eficiencia económica” -que los costos bajen y se maximice la satisfacción del consumidor-, también en la democracia.

La acción que impulsa a estos sistemas, económico y político, es el deseo: el anhelo de plenitud del ser. Es el apetito de bien ser o de bien estar. Es la ambición individual de bienes o de poder.

En la democracia la “mano invisible” de la ambición individual funciona igual: entre más competencia haya, los candidatos tienden a ser más eficaces en representar a sus electores, y éstos, a maximizar sus beneficios. A los primeros los mueve su apetito de poder, a los votantes de bien estar. En la democracia, la confianza es la moneda de cambio.

Por eso, quien gobierna trata de hacer las cosas bien. Y la oposición, que desea gobernar, trata de demostrar que lo puede hacer mejor: critica las decisiones y denuncia los errores. El gobierno debe explicar constantemente, por qué hace lo que hace. Esta dinámica provoca que haya más transparencia en el actuar, debate público entre las opciones, contrapesos a la hora de tomar decisiones, rendición de cuentas por las decisiones tomadas, y que se respete la ley. Quien no lo hace así, pierde la confianza de sus partidarios.

El problema estructural de la democracia mexicana es que los cárteles políticos ya nos robaron nuestros partidos. Lo han hecho de dos maneras: meten mucha gente pobre e ignorante que pueden manipular para ganar las votaciones; y la otra es que se apoderan de los órganos de dirección del partido y se quedan ahí todo el tiempo que pueden, para después dejar a su subalterno.

El problema estructural de la democracia mexicana es que dentro de los partidos políticos no sucede así. No existe una mecánica que implique una contienda democrática por las dirigencias y las candidaturas de los partidos. De hecho, el meollo del asunto es que los cárteles políticos ya nos robaron a los mexicanos, nuestros partidos. Lo han hecho de dos maneras: meten mucha gente pobre e ignorante, que pueden manipular para ganar las votaciones; la otra, se apoderan de los órganos de dirección del partido y se quedan ahí todo el tiempo que pueden, para después dejar a su subalterno.

Como son los mismos, que brincan de un lado a otro, deja de haber competencia: primero dentro de los partidos y después, afuera en el sistema político. Empiezan a ser cómplices entre cárteles, el fenómeno de la colusión se expande. Por eso, no es de extrañarse que en estos momentos nadie asuma la responsabilidad opositora ante el descrédito del gobierno priista.

Pero entre más pasa el tiempo la cosa se pone peor. Todo se va volviendo más chafa. Como los partidos son el origen de los poderes del Estado e indirectamente, de los organismos autónomos, el gobierno se va llenando de cómplices, compadres y parientes. La mayoría coludidos entre sí y sin el mérito para estar donde están. Al cabo de unos años, los moches, el tráfico de influencias, el robo de recursos públicos, el enriquecimiento inexplicable es de todos los días. ¿Suena conocido?

Nuestra democracia ha dejado de funcionar. Los ciudadanos nos hemos quedado sin opciones para elegir porque casi todos son iguales: una bola de corruptos y corruptores. Es un sistema político que no tiene el incentivo para que la transparencia, el debate, la participación ciudadana, la rendición de cuentas, los contrapesos… y la ley, le importen a la clase política.

Los mexicanos debemos aceptar que los partidos no son ni buenos ni malos. Son instrumentos que pueden servir para construir el bien común o para que unos cuantos se roben lo que se les ponga enfrente. También hemos de reconocer que en todas las democracias que funcionan en el mundo, los partidos son indispensables. Por lo tanto, necesitamos recuperar nuestros partidos, son patrimonio de todos los mexicanos.

La madre de la corrupción es la élite de los sectores, familias y grupos políticos del PRI; de las tribus en el PRD; de los grupos y pandillas en el PAN; y los dueños de la chiquillada. La delincuencia organizada de los cárteles políticos es tan perjudicial como la de cualquier otra estirpe: no sólo nos despojan del patrimonio público, sino que acaban con la esperanza de una patria justa.

*Coordinador general del proyecto Esencia PAN.

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