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San Miguelito / El hombre que se salvó de ser linchado en Querétaro

379 | 24 marzo 2015 | Destacado | Inseguridad | Querétaro | 815 vistas | comentarios
  • A sus 58 años de edad, quien hacía trabajo comunitario en San Miguelito, es acusado de liderar una pandilla.
La casa de Zapata a las afueras de San Miguelito.

José Ricardo Balderas vivía en esta casa de madera y lámina junto a sus padres. En la imagen su hijo menor, Roberto. Fotos: Libertad de Palabra.

Redacción

San Miguelito, Qro.- ¿Qué te hicieron? ¿Quién te pegó? Le preguntó angustiado su primogénito, Ricardo, sin que el aturdido hombre de 58 años de edad, cabizbajo, pudiera contestarle.

A su alrededor, la muchedumbre gritaba ¡Quémenlo! ¡Quémenlo! Y Ricardo vio –aún lo recuerda como si hubiera sido ayer– cómo Misael, un joven sordomudo del lugar, aventó un lazo alrededor del cuello de su padre.

Como pudo, Ricardo tomó impulso, apoyado en el costado de la camioneta del subdelegado del pueblo, Ismael Porras Becerra, donde tenían a su papá, y se estiró para quitarle la soga. 

Enseguida recibió varios golpes en la cabeza y en la espalda que lo hicieron voltear hacia el gentío.

– ¡Va! ¿Qué problema tienen?, les increpó.

Su hermano Fernando, subido en la defensa del vehículo donde tenían a su padre, preguntaba lo mismo.

– ¿Qué quieren? ¿Por qué le quieren hacer daño?, gritó también, Adriana, otra de sus hijas que llegó a las afueras de la Casa Ejidal, a tratar de rescatarlo.

Entre la multitud, donde había hombres, mujeres y niños, los gritos exigían prenderle fuego, si no entregaba a sus supuestos cómplices.

La noche del 9 de marzo, José Ricardo Balderas Hernández, estuvo retenido más de 6 horas en San Miguelito, un poblado a 30 kilómetros al norte de la ciudad de Querétaro, hasta que las autoridades lograron liberarlo.

Sobre los hechos, el subdelegado de San Miguelito, Ismael Porras Becerra, y el director de la Policía, Héctor Benítez López, prefirieron guardar silencio.

No obstante muchas personas, de ambos lados del pueblo, el cual está dividido por las peleas entre pandillas, narraron lo ocurrido ese noche.

ZAPATA

La casa ejidal de San Miguelito, Querétaro.

Fue retenido frente a la Casa Ejidal y subido a la camioneta del subdelegado, Ismael Porras Becerra.

José Ricardo Balderas Hernández tiene su vivienda a las afueras de San Miguelito, donde actualmente se mantiene de la cosecha de nopal y de cortar leña que luego vende en su pueblo.

Decidió vivir a las afueras de San Miguelito –poblado de más de 3 mil habitantes– porque su padre José, de 95 años de edad y enfermo, desea la mayor tranquilidad posible.

San Miguelito antiguamente era famoso por la producción de balones, pero ahora es más conocido por las constantes balaceras entre pandillas.

José Ricardo Balderas salió de su casa de madera y lámina, donde vivía y cuidaba a sus padres, a las afueras de San Miguelito. En este pueblo es reconocido por su labor social, la gente identifica a sus sobrinos como integrantes de una de las pandillas.

En la vivienda de Zapata, en las tablas que hacen las veces de pared, están recargadas varias imágenes religiosas. Del techo de lámina cuelga un rosario.

En el piso, entre las dos camas de madera –la del señor José Ricardo Balderas y la de sus padres– hay un montón de vasos de veladoras tiznados y una mesa con más santos.

La casa se ilumina por la luz que se cuela entre la puerta de madera y los múltiples huecos a lo largo de la casa por donde entran los rayos del sol.

A un costado de su cama, cubierta por una cobija de color de rosa, hay unos lazos que se colocaba por 8 días en su cuello para ir hasta el Santuario de Atotonilco, en el estado de Guanajuato.

Hasta allá llevó, como solía hacerlo con su padre cada año, a uno a sus hijos, e incluso a su ahijado, un joven a quien apadrinó.

Padre de 8 hijos, en la actualidad no vive con su esposa Cristina por estar al cuidado de sus padres.

El hombre que se libró de ser linchado por su pueblo en Querétaro.

Por eso aquél 9 de marzo partió de esa improvisada casa de madera y lámina, como lo hacía todos los lunes, a reunirse con un grupo de personas, con quienes se ha venido organizando para exigir al Gobierno que les brinde servicios públicos.

Y es que a inicios de los años noventa –como muchos habitantes del lugar– se integró al Frente Independiente de Organizaciones Sociales (FIOS), organización que hace trabajo comunitario en esa zona.

San Miguelito era una de las principales bases del FIOS, que dirigía Jerónimo Sánchez Sáenz, considerado preso político por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), durante el sexenio del panista Ignacio Loyola Vera.

Precisamente, tras aquél incidente en que el camión presidencial fue apedreado, la organización fue desintegrada y, hasta hace poco, como Frente Estatal de Lucha, con José Ricardo Balderas al frente en San Miguelito, habían retomado en mayor medida los trabajos comunitarios.

IBA SOLO

En este lugar se reunía con integrantes del Frente Estatal de Lucha, cada semana.

En este lugar se reunía con integrantes del Frente Estatal de Lucha, cada semana.

José Ricardo Balderas subió solo a su camioneta color verde y se enfiló hacia San Miguelito, donde, como todos los lunes, tenía una cita a las 7 de la tarde con integrantes del Frente Estatal de Lucha.

Condujo por un camino de terracería, circundado por grandes bardas de piedra que edificaron empresarios de inmobiliarias, quienes compraron las tierras a bajo precio a varios ejidatarios del lugar.

Detuvo su marcha en la bajada, frente a la escuela Josefa Ortiz de Domínguez, por unos minutos, donde había varios vehículos con los vidrios rotos. Ahí lo vieron varios testigos.

Y es que un tumulto de madres esperaba a sus hijos, pues la salida habitual de los alumnos, a las 6:30 de la tarde, fue pospuesta debido a los destrozos que causó un pandillero a algunos vehículos de los profesores.

Zapata continuó su camino. Cruzó el puente del riachuelo “El Chivito”, subió a un costado de la Casa Ejidal y, unos 50 metros adelante, llegó hasta el punto de reunión, como cada semana.

Se trata de un punto, a un costado de la presa, donde termina el empedrado de la calle, tramo que él junto con varias vecinas y vecinos gestionaron.

Ahí acordó con dos mujeres, Olga y Evangelina, quienes ya le esperaban, suspender la reunión porque le comunicaron que el señor Santiago –que da los avisos al pueblo a través de una bocina– llamó a reunirse en la Casa Ejidal.

Zapata avanzó de reversa por la vialidad empedrada, hasta este camino donde fue sometido.

Zapata avanzó de reversa por la vialidad empedrada, hasta este camino donde fue sometido.

Por ese mismo camino pasó minutos antes el subdelegado, Ismael Porras Becerra, detrás de algunas patrullas de la Policía Municipal.

El subdelegado, un hombre moreno, de ojos pequeños, nariz chata, bigote y baja estatura, invitaba a los hombres a sumarse a la búsqueda de los culpables de los destrozos fuera de la escuela.

Quien le tomó la palabra fue Pedro Rubio Olvera, pues vio que vecinos de su calle no se animaron para acompañar a la autoridad.

¿A dónde los convidas?, le preguntó tras salir a la calle del patio de su casa.

A ver el destrozo que hicieron estos cabrones allá en la primaria y nadie me quiere acompañar, le contestó Porras.

– Yo sí te acompaño, asintió Pedro, quien añadió que se subió a la camioneta.

Cuando iban de regreso, pasaron junto a la camioneta de Zapata.

Él llegó solo, yo lo encontré ahí, recordó Pedro, quien pese a su amistad con el subdelegado –quien en la comunidad saben que no ve con simpatía a Zapata–, ha sumado esfuerzos con el Frente Estatal de Lucha para solicitar servicios públicos.

Pedro recordó que no llegaron a la escuela porque durante el trayecto el subdelegado recibió una llamada, donde le advirtieron que supuestamente por la presa, cerca de la Casa Ejidal, se refugiaban los jóvenes que aparentemente cometieron los destrozos en el colegio.

Para varios entrevistados, que conocen de la división que hay en el pueblo por las rencillas entre pandillas, es muy poco probable que los jóvenes que habrían dañado los vehículos de los profesores de la escuela corrieran hacia la Casa Ejidal, el territorio de otras pandillas rivales de San Miguelito.

EL LINCHAMIENTO

José Ricardo Balderas Hernández.

José Ricardo Balderas, mejor conocido como Zapata. Foto: Especial.

Cancelada su reunión, Zapata dio vuelta a su camioneta sobre el mismo camino, hasta topar con una multitud reunida afuera de la Casa Ejidal.

De entre la muchedumbre hubo quienes lo acusaron de esconder en su camioneta a los supuestos jóvenes fugitivos que habrían causado los destrozos en la escuela.

Lo anterior porque este hombre ayudó a liberar a su hijo Roberto, el menor de sus varones, quien pasó 9 meses en la cárcel acusado de un crimen del que un juez lo absolvió.

Y también porque algunos de sus sobrinos forman parte de la pandilla “Vatos Locos”, que algunos lugareños aseguran que él encabeza y abastece de armas.

Rodeado de gente, Zapata intentó marcar su teléfono móvil, lo que para algunos significó que pretendía avisar a los supuestos fugitivos por dónde huir.

La ira de los habitantes por los hechos de inseguridad que les afectan desde hace años en San Miguelito explotó contra el señor José Ricardo Balderas, cuando algunos comenzaron a golpear su camioneta.

Ante la ira de la gente, Zapata reaccionó echándose de reversa en su vehículo hasta tomar un camino –a un costado de donde realizaría su reunión– que conduce a la casa de una de sus parientes, a donde ingresó.

Hasta allá lo alcanzó la turba, lo sometió y lo llevó de regreso hasta la Casa Ejidal.

En el camino, algunos le golpearon el rostro, las costillas, e incluso, le pusieron una arma debajo de la barbilla, que él, cerrando los ojos, alcanzó a hacer a un lado con su mano.

Un hilo de sangre se deslizaba por el rostro del señor José Ricardo, recordó la señora Olga, quien trató de intervenir.

¿Por qué le pegan?, les increpó.

Él sólo vino a hacer su junta, insistía. Déjenlo que les explique, pero no le peguen.

¿Qué, tú por él?, le dijeron al tiempo de recordarle que ella tenía hijos y podían resultar lastimados.

Zapata estuvo un tiempo de pie, recibiendo los empujones de algunas de las personas hasta que finalmente lo subieron a la parte trasera de la camioneta del subdelegado.

El subdelegado, Ismael Porras Becerra, rechazó ser entrevistado e informar así a la gente de San Miguelito sobre lo ocurrido.

Fue alrededor de las 9:30 de la noche cuando algunos de sus hijos se enteraron de lo que ocurría y acudieron a intentar liberar a su padre.

Ricardo recordó que después de quitarle una soga del cuello y recibir algunos golpes por ello, vio a un comandante de la Policía Municipal al que le pidió ayuda para sacar a su padre de ese lugar.

Unos cuatro policías y los hijos de Zapata, lograron formar una valla para trasladar al hombre a una unidad de Policía que fue estacionada frente a la camioneta del subdelegado.

Después de recibir una lluvia de golpes, Fernando, el otro hijo de Zapata, terminó sin camisa y con rasguños.

Su padre fue subido a una patrulla municipal, pero los vecinos colocaron piedras en la calle para impedir que se lo llevaran.

En San Miguelito la inseguridad ha ido a la alza durante los últimos 5 años.

La liberación de José Ricardo ocurrió hasta cerca de la 1 de la mañana, después de que acudió personal de la Secretaría de Gobierno, al que la gente le exigió mayor seguridad.

Ricardo, el primogénito de Zapata, considera que la agresión a su padre, incluso por adolescentes de 14 años, no pudo ocurrir sin adultos que propiciaran ese tipo de violencia.

Para Roberto, el hijo menor de Zapata, la gente simplemente quería sacar su ira con alguien, por lo ocurrido en la escuela, y la emprendieron contra de su padre.

Mientras Zapata estaba sometido, alguien detonó una arma que lastimó a una mujer en un brazo y a un menor de edad en el abdomen.

Dos días después la Procuraduría de Querétaro le atribuyó los disparos a Zapata, a quien consignó el 13 de marzo por tentativa de homicidio.

Ha pasado más de una semana desde que José Ricardo fue encerrado en el Penal de San José El Alto.

En la familia Balderas Hernández ya no hallan qué inventarle a Don José, el anciano que extraña al hijo que lo cuidaba y no deja de preguntar por él.

Don José –quien vive con una de sus hijas– quiere regresar con Zapata y con su mujer a la vida que llevaban a las afueras de San Miguelito.

Su familia confía en que pronto salga libre.

Algunos sostienen que si esto no ocurre se derramará sangre inocente. Otros, como su hijo Ricardo, aseguran que ellos no harán justicia por su propia mano.

Confía en que cuando liberen a su padre, la autoridad castigue a quienes lo agredieron aquella noche frente a la Casa Ejidal.

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