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¿Y ahora qué privatizamos? Parte I de IV

422 | 18 febrero 2016 | Expresiones | 84 vistas | comentarios

Ivonne Olascoaga Correa*

¿Y ahora qué privatizamos? Parte I de IV

Carlos Slim Helú. Foto: www.carlosslim.com

Uno de los pilares fundamentales del neoliberalismo consiste en que a través de las recomendaciones –fuertes presiones– del Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) se invita a todos los gobiernos a realizar una enérgica política de privatizaciones, divulgando la idea de que esto es un medio para lograr eficientar, modernizar y sanear las finanzas públicas, asimismo, argumentan que esto aumenta la eficacia del gobierno y de las empresas privatizadas, disminuye el déficit presupuestal, aumenta los ingresos del Estado y fortalece las finanzas públicas, elimina gastos y subsidios no justificables y promueve la productividad de la economía, entre otras virtudes.

Cabe decir que las privatizaciones nunca han sido una demanda social como muchos gobiernos lo publicitan.

La privatización ha sido una de las condiciones impuestas por organismos internacionales para brindar asistencia y recursos económicos a los países. En México, esta corriente privatizadora coincide con el inicio del gobierno de Miguel De la Madrid, quien encubrió muchas privatizaciones bajo el término de “desincorporaciones”, tan sólo en 1988 hubo más de 750 “desincorporaciones” de sectores como el minero, manufacturero, química básica y azucarero, en donde el 93 por ciento de las empresas fueron incorporadas a capitales privados. De las 1 mil 150 empresas públicas que existían en 1982, al terminar el gobierno de Carlos Salinas (1994) sólo quedaban 200.

De 1995 a 2000 se impulsaron muchas modificaciones a la Constitución. Una de esas fue suprimir del listado de las áreas estratégicas, la comunicación vía satélite y también los ferrocarriles. En lugar de estar entre las estratégicas, sólo quedaron como “prioritarias”, y así se podía permitir la inversión de capitales privados nacionales y extranjeros en este sector. De ésta manera, el ex presidente Ernesto Zedillo, procedió a privatizar los ferrocarriles, para luego irse a trabajar a la industria ferrocarrilera ya privatizada.

Pero además de trasladar las propiedades de la nación a manos de particulares, nuestro país se ha caracterizado por la falta de información y de transparencia, además de la sospecha de corrupción. No se recuerda un caso donde haya habido un beneficio real para el país. Los mexicanos no ganamos nada con la venta de Telmex –por ejemplo–, a excepción de contar con un mexicano que encabeza la lista de los hombres más ricos del mundo.

Según informes de la Secretaría de Hacienda y el Banco de México, los ingresos por privatizaciones que obtuvo el país entre 1982 y 2001 sumaron 32 mil millones de dólares. Esa cantidad representa el 29% de los 110 mil millones de dólares a que equivalen actualmente las deudas asumidas por el Estado a consecuencia de los rescates de la banca, de las autopistas concesionadas, las aerolíneas y los ingenios.

A lo largo de más de treinta años, los gobiernos priistas y panistas han ido desmantelando la infraestructura de servicios paraestatales y han puesto en venta los principales bienes nacionales, ya casi no queda nada en México por ser vendido.

Un ejemplo emblemático es el caso Telmex; durante más de medio siglo, el Estado mexicano destinó importantísimos recursos públicos a la creación de una robusta empresa gubernamental que proporcionara servicio de telecomunicaciones, hubo que hacer un esfuerzo titánico para la colocación de postes, tendido de líneas, interconexión de las comunidades más inhóspitas y remotas, inversión en infraestructura, personal, equipos, oficinas, vehículos, herramientas, servicios y un universo entero de insumos, materiales, instalaciones y gestiones. En 1992 Carlos Slim pudo adquirir Telmex con todo y personal por una módica cantidad que no representaba su valor real en el mercado mundial.

*Ex candidata de Morena.

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