Banner Jurídico.
Banner Sorriso

Exigen justicia para Carmen Camacho

426 | 16 marzo 2016 | Arroyo Seco | Querétaro | 550 vistas | comentarios
  • En una plataforma donde solicitan a las autoridades que su crimen no quede impune, relatan la historia de esta mujer de 22 años asesinada en Arroyo Seco, Querétaro.

Redacción

Exigen justicia para Carmen Camacho

La señora Ofelia del Castillo Guillén, madre de la mejor amiga de Carmen. Foto: Libertad de Palabra.

A través de la plataforma Avaaz.org, que difunde peticiones ciudadanas, un grupo de personas solicitan a la Procuraduría de Querétaro justicia en el crimen de una joven de 22 años asesinada.

A continuación el relato de parte de su vida reconstruida por la madre de su mejor amiga, con quien vivió sus últimos días, antes de ser degollada. Su crimen permanece impune.

A Carmen la mataron en el inmueble que habitaba. La madre de su mejor amiga ha estado al tanto de las investigaciones, fue así que supo que hay testigos del crimen y elementos que podrían llevar a la detención del culpable, lamentablemente denunció que la investigación del caso avanza como un “elefante reumático”.

Mi nombre es Ma. del Carmen Camacho Chavero. Tengo tan sólo 22 años. Crecí sin el cariño, cuidados, amor y protección de una familia. Mi padre al saber que mi madre estaba embarazada la abandonó, dejándonos solas para siempre.

Cuando era yo apenas un bebé, mi madre murió en circunstancias que nunca comprendí: ahogada misteriosamente en un pequeño charco de tan sólo 50 cm de profundidad en casa de mi tía Pueblo. Por eso siempre tuve miedo al agua y nunca quise aprender a nadar.

Mi primo José y yo quedamos al cuidado de mi abuela y nos fuimos a vivir al rancho de Palomas hasta los 5 años. Fue la época más alegre de mi vida: teníamos una puercota y nos gustaba jugar en el lodo con ella, corríamos con las gallinas y yo lo quería como mi hermano.

Un día me dijo mi abuela que iba a ir a la escuela y nos fuimos a vivir a Concá, dejándome en casa de mi tía Pueblo. Desde entonces mi vida no fue fácil. Iba con un primo en el mismo grado. Cada día, cada avance de mi primo que yo no lograba, era motivo de maltrato ante la desesperación de mi tía. Yo no podía aprender al mismo ritmo que él. Me sentía mal en ese lugar, hasta que un día mi maestro le comentó a mi abuela que siempre estaba triste y que cuando ella venía a verme, me veía que iba bien en la escuela. Ella me llevó a vivir con ella otra vez a otra casa en Concá; un tiempo después, mi tío Guille le construyó una casa a mi abuela a quien yo llamaba mamá en la comunidad de Las Trancas.

Exigen justicia para Carmen Camacho 1.

Carmen con su bebé. Foto: Especial.

Tiempo después, mi tía Vicky y su niña llegaron a vivir con nosotros. No me gustaba estar con ella porque aunque no hiciera nada, me pegaban por su culpa. Una vez fui grosera con la hija de una vecina y mi tío Guille me sangró la espalda con un cable de luz. Tampoco podía salir a jugar con otros niños: una vez, jugando con otros primos, mi tía Vicky llegó por detrás y me llevó arrastrando de las greñas desde donde jugábamos hasta la casa, frente a todos mis amigos. Vergonzante y doloroso para mí que apenas era una niña.

Los demás niños casi no querían jugar ni trabajar conmigo en la escuela y se burlaban de mí por cómo me trataba mi gente. Los trabajos escolares en equipo para mí eran imposibles de realizar; ya que además de que era relegada porque casi nunca llegaba a mis trabajos de equipo. Lo que ellos no sabían era que yo tenía que realizar labores domésticas pesadas para mi corta edad en mi casa y cuidar además a los hijos de mis tíos. Por lo que no tenía tanto tiempo de sobra para estudiar y no podía ir bien en la escuela. Apenas iba yo en Primaria.

Ya en Secundaria, volví a llegar a vivir a casa de mi tía Pueblo porque quedaba cerca la escuela. Ahí aumentó mi explotación: además de hacer las labores del hogar y de asistir a la escuela, me llevaban a trabajar en las milpas al corte de chile y tomate. El poco dinero que ganaba era cobrado por mi tía Pueblo o mi primo Omar y rara vez llegaba a mis manos.

Un tío de Vallarta me apoyaba con mis estudios, enviándole el dinero de mis gastos a mi abuela y mis tías y alguna que otra rara vez me “soltaban” algo de él.

En esa casa sucedió algo horrible y doloso que me marcó para siempre y que por vergüenza jamás me atreveré a contar.

En tercer año de Secundaria, tuve un novio y mi familia al enterarse me corrió de la casa. Dentro de mi desesperación un ángel me tendió la mano y me trató como su propia hija: Doña Chali. Esa fue otra de las pocas épocas felices de mi vida. Finalmente mi familia “me perdonó” y sólo tuve que cruzar la calle para volver a casa de mi abuela.

El domingo 22 de marzo de 2015, alrededor de las 20:00 horas, con un cuchillo, alguien cobardemente sometió a Carmen en la sala de mi casa y la degolló vil e inmisericordemente dejando a su pequeño bebé de tan sólo 10 meses de edad abandonado a su suerte al lado de cadáver de su madre por dos días.

Ya en Bachiller, mis tías vendían lonches fuera de mi escuela. Me hacían en la hora del receso brincarme la barda, me gritaban frente a mis compañeros quienes se burlaban de mí, y a pesar de tener la prohibición de salir del Plantel, me obligaban a hacerlo para ayudarles a vender. Pocas veces había tiempo para que comiera yo mi lonche y siempre me daban menos que a mis primos. Como casi nunca traía yo dinero, les pedía a mis compañeros de sus lonches. Algunas veces me invitaban, otras se molestaban y decían que era yo “una pediche”; no lo hacía a propósito, es que era mucha el hambre que yo arrastraba.

En segundo de Bachiller. Mi tía Pueblo me pidió que regresara a vivir con ella para ayudarle a preparar los lonches. No quise pero tuve que hacerlo. Volver a esa casa fue la peor decisión de mi vida.

Mis compañeras me veían tan mal que al ver lo que estaba pasando poco a poco se fueron compadeciendo de mí y acabó el acoso y burlas de que era víctima. Mi amiga Lorena me dijo que mandara todo a la fregada y me ofreció irme a vivir a su casa. Tuve mucho miedo y le dije que lo iba a pensar.

Las cosas iban de mal en peor y decidí aceptar. No duré mucho por las mentiras y calumnias a las que fueron expuestas mi amiga y su mamá y tuve que regresar con mi abuela. Es curioso que mi tía Vicky al irme a recoger mencionara que eran mi familia y que ellos me iban a cuidar. ¡Qué ironía!

Tiempo después me enamoré y al terminar la Prepa, me junté con el que se sería el padre de mi hijo. Mi familia no estuvo de acuerdo. Vivimos felices hasta que un día él me dijo que ya no quería estar conmigo y me dejó en total soledad y depresión, ya que tenía las puertas cerradas con mi familia y no tenía a dónde ir.

Tuve que trabajar para salir sola adelante.

Meses después mi pareja y yo nos reconciliamos y volvimos a estar juntos. Quedé embarazada. Fue la fuerza más maravillosa que me pudo dar Dios. No importaba si mi pareja me abandonaba, si mi familia me daba la espalda. Nunca más estaría sola. Ahora tendría las fuerzas que hicieran falta para sacar a mi hijo yo sola adelante.

Cuando mi hijo nació tenía mi cabello: lacio y rebelde y la cara de su padre.

Los problemas entre mi pareja y yo se acrecentaron por sus constantes celos e inmadurez y la intervención dolosa de mi familia.

En diciembre del 2014, Lore y yo nos volvimos a encontrar y fui a la fiesta de su mamá. Ahí conocí a Joel, un primo de ella. No hablamos mucho, no convivimos en la fiesta, él se fue enseguida a Estados Unidos donde vivía. Consiguió mi número y comenzamos a mensajearnos. En mucho tiempo no había sentido que era tan importante para alguien como para considerar seriamente la idea de gastar su tiempo en mí. Mi pareja al ver que mensajeaba, aprovechó para terminar conmigo y dijo que le hiciera como pudiera con el bebé. Primeramente que nos iba apoyar y después que no me daría nada. Eso me dolió hasta alma.

No teniendo las puertas de casa de mi familia abiertas, mis amigas me apoyaron y Lore me abrió las de su casa. Al principio me dio pena aceptar pero no tenía otra opción: O pagaba renta o compraba leche para mi hijo.

Trabajar y cuidar al niño no fue fácil. No podía trabajar un turno completo porque no había con quien dejar a mi hijo y la guardería sólo aceptaba bebés de 1 año en adelante.

Trabajaba de empleada lunes, martes y viernes en las mañanas y los fines de semana en la noche, mientras Doña Chali me cuidaba a mi bebé. Únicamente ganaba 660 pesos a la semana por todo este trabajo y eso debía alcanzar para la comida, leche y pañales de mi bebé.

Aunque vivía sola en la casa de Concá porque mi amiga estudiaba en México y la Maestra estaba viviendo en San Luis Potosí, fueron pocos los meses, pero los suficientes para sentirme segura, protegida amada y valorada. Sentí que por primera vez en mi vida pertenecía a una familia que me respetaba y tenía un hogar seguro. Al poco tiempo, Joel me pidió que mi hijo y yo formáramos una familia con él, vendría en julio y bautizaríamos a Gael y me llevaría a conocer a su familia.

La maestra Ofelia seguido insistía en que siempre cuidara la seguridad de la casa para garantizar que estuviéramos protegidos mi bebé y yo.

El viernes 20 de marzo fui a trabajar en la tarde y me dijeron que no se trabajaría el fin de semana y me quedé con Doña Chali hasta el sábado. Mi hijo y yo éramos muy queridos y apreciados en ese lugar y siempre lo trataban con mucho amor. Quedé de regresar al día siguiente para ir a darle una vuelta a la casa.

Regresé a casa y nos dormimos temprano. El domingo 22 de marzo me puse a barrer la calle. Pasó el esposo de mi tía Pueblo y me puse a platicar con él un buen rato. Él y mi tía Pueblo fueron mis padrinos de bautizo. Fue lo más cercano que tuve a un padre. Fue uno de los pocos que me trataron con cariño en aquella casa, lo quería mucho. En la tarde fuimos a misa y acerqué a mi hijo a recibir la bendición.

Regresamos a casa. Más tarde, alguien entró…

Estas difíciles líneas son sólo algunas de las pocas confesiones que en confianza Carmen hizo a mi hija y a mí.

Exigen justicia para Carmen Camacho

La mujer de 22 años de edad creció sin el cariño, cuidados, amor y protección de una familia. Foto: Especial.

El domingo 22 de marzo de 2015, alrededor de las 20:00 horas, con un cuchillo, alguien cobardemente sometió a Carmen en la sala de mi casa y la degolló vil e inmisericordemente dejando a su pequeño bebé de tan sólo 10 meses de edad abandonado a su suerte al lado de cadáver de su madre por dos días en la completa penumbra de la casa, padeciendo hambre y sed, en medio de un intenso calor de alrededor 38°C durante el día y un frío intenso por la noche; donde permaneció al lado del cuerpo de su madre en total estado de descomposición, gateando entre su propia sangre. Sólo su llanto interrumpía el silencio de la noche que por momentos era acallado por el cansancio y debilidad que lo vencían, quedando por instantes dormido sobre el charco de sangre de su madre.

Agradezco a Dios que mi padre de 82 años de edad que casualmente pasaba por ahí, pudo encontrarlo aún con vida y en medio de una total deshidratación y rozaduras extremas, se le pudo rescatar en medio del dolor y la impotencia que da el contemplar acciones tan perversas y ruines.

Me pregunto por qué Carmen no pudo ser feliz, por qué no se lo permitieron. Por qué cuando su vida estaba a punto de cambiar, sucedió eso tan terrible, tan doloroso, tan vil, tan infame y con qué corazón se atrevieron a abandonar a un pequeño bebé de tan sólo 10 meses de edad junto al cadáver de su madre.

Me pregunto por qué su familia no ha mostrado el más mínimo interés en que se haga justicia.

Me pregunto por qué la PGJ ha mantenido una actitud tan pasiva e indolente ante este cruel asesinato a pesar que existen pruebas y testigos. Pareciera que actúan con la eficiencia, eficacia, transparencia y rapidez de “un elefante reumático”.

Me pregunto si Carmen engrosará sólo las cifras de los feminicidios sin resolver que cada vez son más en Querétaro y que el Gobierno insiste en minimizar, maquillando y enmascarando una realidad por demás evidente y dolorosa.

Es triste que a raíz de este hecho, la vida en este pacífico pueblo de la Sierra Gorda Queretana haya cambiado tanto, ya no es la misma. La gente vive y duerme con miedo.

Es triste que esto ha sido el puerto de entrada para una serie de marcada impunidad que hemos venido observando y que nos hace perder la fe y la confianza en nuestras autoridades.

Es curioso que sólo puedan ser contempladas como víctimas la familia y por tanto sólo ellos puedan exigir justicia, cuando estos delitos deben ser perseguidos por oficio.

¿Acaso no es víctima su hijo quien tendrá que vivir sin el cariño, protección y cuidado de su madre, quien tendrá que vivir en el mismo entorno donde fue criada su madre?

¿Acaso no soy víctima yo quien la consideraba como parte de mi familia y tuve que armarme de fuerzas y valor para poder limpiar con mis propias manos el piso de mi casa, manchado con su sangre que su hijo gateando esparció por todo mi hogar?

¿Creen que es fácil ver a mi hija hundida totalmente en una espiral de depresión y dolor por la muerte de su mejor amiga, de su casi hermana. Despertar en medio de la madrugada por sus gritos desesperados, producto de la impotencia y miedo que le generan sus constantes pesadillas al revivir lo ocurrido. Al ver su involución personal y su vida truncada a raíz del trauma generado al verla recluirse y aislarse por el miedo y falta de confianza. Al tener que acudir semana tras semana a sesiones psicológicas para poder lograr incluirla en la evolución de una vida normal. Al ver que mi hija ya no es mi hija. Entonces… ¿No se convierte ella en víctima también?

¿Creen que es fácil seguir viviendo en una casa donde pasaron hechos tan dolorosos y revivir en el recuerdo cada instante que paso por mi sala al ver y observar ese espacio vacío que una vez ocuparon los muebles de la sala e imaginar las escenas vividas ahí?

Sus verdaderos amigos cercanos, quienes estuvieron con ella en los altos y bajos de su precoz y difícil vida, quienes viven con dolor, negación, rabia e impotencia, el hecho de su ausencia. ¿No deben ser considerados también víctimas?

¿Acaso los que viven en este pueblo y sus alrededores en el constante temor e incertidumbre de su “nueva vida normal”, no son víctimas también?

¿No son víctimas también las mujeres tanto del municipio de Arroyo Seco, del estado se Querétaro y cualquier mujer que pueda encontrarse indefensa y estar a expensa de correr la misma suerte de Carmen?

¿Acaso entonces, no somos víctimas todos y por tanto no es nuestro es derecho también de pedir y exigir justicia? Pero no de cualquier tipo, sino una justicia imparcial y justa para las víctimas directas y colaterales. Por tanto quien o quienes resulten responsables del asesinato y encubrimiento deben ser juzgados, no importando de quien se trate.

Tristemente acabamos de darnos cuenta que “el Querétaro donde no pasa nada”… No existe.

#YoSoyCarmen #TodosSomosCarmen

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...

Comentar

Agrega tu comentario debajo o deja un trackback desde tu sitio web.

 Suscríbete a los comentario para recibirlos en tu lector RSS.

Se pide que los comentarios se hagan con respeto, para evitar que sean editados.

* campos requeridos

Comentario

¿Quiéres recibir nuestras actualizaciones por e-mail?

Simplemente ingresa tu dirección de correo en la casilla siguiente, aparecerá una ventana confirmándote tu suscripción. A partir de ese momento recibirás un correo electrónico con las últimas noticias.

Ingresa tu e-mail:

Actualizaciones entregadas por FeedBurner