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¿El ocaso del Sueño Europeo?

438 | 28 junio 2016 | Global-Local: Mirador Internacional | 190 vistas | comentarios
Reino Unido sale de la Unión Europea.

En una calle de Inglaterra después del referéndum del 23 de junio, en el que triunfó la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Foto: Cortesía Marisol Reyes Soto.

Marisol Reyes Soto*

A diferencia de otros bloques económicos en el mundo, la Unión Europea es el único espacio geopolítico en el que sus miembros no sólo están unidos por el interés de obtener beneficios a través de la cooperación y el desarrollo regional. En realidad, la integración europea es un proyecto de mayor complejidad y sofisticación porque surgió como un mecanismo que cuestiona a la piedra angular sobre la que se han erigido los Estados modernos desde el siglo XVII: La soberanía. Por esa razón, y con el propósito de dimensionar los retos que enfrenta ese continente hoy en día, es necesario recordar algunos aspectos fundamentales de su nacimiento y evolución.

En principio, los padres fundadores de la unificación europea fueron los dos grandes adversarios de la Segunda Guerra Mundial: Francia y Alemania. Las élites políticas de ambos países tuvieron la visión y el pragmatismo suficiente para dejar a un lado sus diferencias y confeccionar el discurso que captó la imaginación de las sociedades de postguerra, traumatizadas por la violencia, la destrucción y el colapso económico. El idealismo político por mantener una “paz perpetua” con prosperidad económica, se transformó en el sueño europeo y el motor histórico que impulsó a la región en los últimos sesenta años.

Irónicamente, en un proceso tan significativo no participó el Reino Unido. A pesar de resultar vencedor, junto con Francia en la Segunda Guerra Mundial, éste país se incorporó al proyecto unificador hasta el año de 1973. En realidad, la cultura política británica siempre ha mantenido una excepcionalidad respecto al resto de Europa. Geográficamente, la Gran Bretaña no es parte del continente, y su naturaleza insular lo enfrenta a retos y oportunidades diferentes a la de aquellos países que comparten fronteras terrestres. Durante la postguerra, los británicos mantuvieron una estrecha relación comercial con sus ex-colonias y Estados asociados en la Commonwealth, lo que disminuyó su dependencia comercial con sus vecinos más cercanos. Así mismo, la política exterior británica fomentó una relación diplomática de estrecha alianza con los Estados Unidos que ningún otro país de Europa ha igualado. Esta situación ha generado tensiones en eventos internacionales donde los intereses anglo-estadounidenses se han confrontado con el consenso europeo, verbigracia, la declaración de guerra a Irak en el 2003.

Desde su incorporación, los británicos negociaron cláusulas de excepcionalidad en aquellos aspectos en donde sus intereses podrían afectarse, y por esa razón, el Banco Central de Inglaterra declinó en 1978 su incorporación al sistema monetario de la zona euro. Sin embargo, pese a sus diferencias con Francia y Alemania, el Reino Unido siempre mantuvo una posición de liderazgo e influencia en las instituciones ejecutivas europeas porque ese país cuenta con una de las economías más prósperas y poderosas de la región e históricamente ha contribuido con las aportaciones monetarias más grandes para financiar las políticas comunitarias.

Podría decirse que la Unión Europea vivió su etapa de mayor plenitud en las dos últimas décadas del siglo veinte. Durante esos años, el proyecto de expansión y profundización parecía inexorable. Europa cobró un nuevo significado geopolítico con la incorporación de los países que habían pertenecido al bloque soviético y se intensificaron los lazos financieros, comerciales, políticos, y hasta de seguridad colectiva. La condición básica que tuvieron que aceptar los 28 países que decidieron adherirse a la Unión Europea se basa en la delegación de su soberanía económica y política en una entidad supranacional con facultades ejecutivas, legislativas y judiciales. Los acuerdos a los que llegan todos los países miembros son vinculatorios porque están ensamblados en un cuerpo legal de carácter constitucional aprobado en el Tratado de Lisboa del 2007.

Desafortunadamente el siglo veintiuno no ha sido benigno para el proyecto europeo y recientemente se han presentado síntomas que hacen pensar que padece una profunda crisis. El colapso financiero de Grecia, las políticas erráticas ante las migraciones masivas y la reciente ruptura con el Reino Unido tornan inevitable preguntar si estamos ante el fin del sueño pan˗europeo… Por ahora, como suele ocurrir en los grandes procesos civilizatorios, en muchas ciudades europeas reina un ambiente de incertidumbre, confusión y división social. La exaltación de las identidades nacionales, raciales, ideológicas y políticas han ensombrecido el ideal unificador y el reto mayúsculo de los idealistas del milenio será tender puentes en donde se han abierto múltiples brechas.

*Académica especializada en temas internacionales.

Correo electrónico: mreyess@itesm.mx

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