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Las invasiones de tierras, entre la explotación y la lucha

434 | 1 junio 2016 | Archivo y Memoria | 199 vistas | comentarios
Lomas de Casa Blanca, Querétaro

“Hasta ayer, sumaban ya unas dos mil personas las que invadían terrenos de Casa Blanca. Los paracaidistas proceden de la mayor parte de las colonias humildes de la ciudad. Incluso personas que no necesitan un terreno se han apostado en algún lugar improvisando viviendas”. Fotos: Archivo Histórico/Diario de Querétaro.

Daniel Guzmán Cárdenas y Kevyn Simon Delgado*

Para principios de los setenta, la tierra seguía siendo una cuestión a resolver.

Las invasiones de la misma por parte de diversas organizaciones que la necesitaban, ya sea para cultivar o para habitar, iban en crecimiento a nivel nacional.

En estados como Tlaxcala, Puebla, México y en el Distrito Federal las invasiones de tierras aglutinaron a diversos sectores de la sociedad y representaron un verdadero dolor de cabeza para los gobiernos locales; Guanajuato, Sonora y Sinaloa le seguirían.

En Querétaro no fue la excepción, si bien no alcanzó los niveles que se dieron en las entidades mencionadas.

Lomas de Casa Blanca, Querétaro

En lo que hoy es la colonia Casa Blanca.

En el estado, si bien las condiciones nacionales siempre pesan, las locales lo harían más, y la dinámica de industrialización en ciertas regiones de la entidad provocó una creciente acumulación de población rural en las zonas periféricas de la ciudad, inmediatamente seguidos por el grave y creciente problema de especulación del capital inmobiliario y arrendatario, moviéndose muchos intereses económicos y políticos entorno a esta situación, generalmente, por elementos u organizaciones controladas o ligadas al PRI, quienes abusaban de la situación de pobreza de los “paracaidistas” para impulsar o fortalecer su carrera política.

De los 320 ejidos que había en el estado, en por lo menos 100 había serios problemas de división a principios de los setenta, debido a la posesión de parcelas como resultado de la sucesión de derechos agrarios entre familias, “esto viene a ser aprovechado por Comisariados Ejidales que por ignorancia o mala fe, otorgan parcelas a su entero arbitrio”, afirmó el Agente del Ministerio Público Federal en Asuntos Agrarios, Gilberto Vargas Muñoz.

Muchos terrenos escindidos por los ejidos, generalmente no productivos, también fueron objeto de invasión de colonos.

El Consejo Agrarista Mexicano (CAM) y su fundador y dirigente, el profesor Humberto Serrano Pérez, tomaron un papel protagonista en los inicios y desenvolvimiento de lo que en la década siguiente tomó el nombre de lucha urbano-popular, logrando ser postulado y electo por el PRI como diputado en la XLVIII Legislatura.

El CAM, que se presentaba como una alternativa radical frente a la Confederación Nacional Campesina (CNC) y a la Central Campesina Independiente (CCI) facción oficialista, “no era –según el investigador, Gilberto Silva– más que una nueva modalidad de corporativización de nuevos espacios políticos representados por los movimientos urbano-populares”.

El caso que dio mayor resonancia a esta situación fue el de Lomas de Casa Blanca en el sur de la ciudad, aunque otras más cercanas a la zona industrial y al centro, como El Tepetate, San Pablo, Menchaca y Bolaños, también fueron muy sonadas, constituyéndose fundamentalmente con familias provenientes de la Sierra Gorda, pero la crítica situación de Lomas de Casa Blanca y uno de sus folklóricos líderes, Octaviano Ramos León, perteneciente al CAM, quien tomó relevancia por sus abusos, pusieron en el centro de la discusión a la nueva e incipiente colonia.

Para finales de mayo de 1973, a cerca de un año de haber arribado, el estado de los “paracaidistas” era crítico: no tenían agua, ni luz, ni mucho menos un mínimo de infraestructura como para hacer algunos salones de clase para los niños, sobreviviendo en “condiciones infrahumanas”.

La escasez de los servicios más indispensables, como el agua, provocaba sed, falta de higiene y que algunas “paupérrimas casuchas” se hayan consumido por el fuego, recurso que tiene que ser utilizado para alumbrarse en las noches y para cocinar, llevando incluso a tragedias mayores como la muerte de una niña en esas circunstancias.

Por si no fuera poco, al aún no resolverse la situación jurídica con los terrenos, pesaba sobre las miles de familias la preocupación de que, después de todas las penurias, se les pudiera desalojar sin ningún apoyo.

La ayuda tardaría en llegar al menos 2 años más, porque las mejoras al panorama de urbanización y arquitectura del lugar apenas se alcanzan a apreciar hasta mayo de 1976, a pesar de que la expropiación de los ejidos y la legalización de las nuevas propiedades se empezaron a tramitar con las autoridades locales (el alcalde Arq. Jorge Torres Vázquez) desde junio de 1974, gracias a la anuencia de los 52 ejidatarios propietarios de esa zona.

Este tipo de organización social, vio un revés en sus intenciones corporativistas cuando, a mediados de los ochenta, los “paracaidistas” se aglutinaron en torno a otros proyectos no oficialistas, generalmente con un discurso más de izquierda, que se desenvolvieron en un amplio en interesante episodio de la historia contemporánea de Querétaro: la lucha urbano-popular.

*Historiadores de la UAQ.

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