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Queretanas 2016 / I

435 | 8 junio 2016 | Una Temporada en el Infierno | 109 vistas | comentarios
Alfredo Botello y la educación y la ciencia.

‘Stand’ de la UNAM, Campus Juriquilla. Foto: Sedeq.

Ramón Martínez de Velasco

“Así que mejor generé mi propia visión de las cosas, mi propio diagnóstico del asunto. Una manera de interpretar la ciencia… para uso personal”: Marcelino Cereijido Mattioli.

En el artículo tercero constitucional se lee que “el criterio que orientará a la educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios”.

De modo que un secretario de Educación debiera seguirlo al pie de la letra.

No es el caso del secretario estatal, quien dedica su espacio en la prensa local al ex delegado apostólico de la Santa Sede en México, Girolamo Prigione, amigo de los malos y enemigo de los buenos (Marcial Maciel y el obispo Samuel Ruiz, en ese orden).

Ni una palabra. Ni una opinión. Nada. Nadie, durante su visita a una ‘Feria de la Divulgación Científica’ que organizó la Universidad Autónoma de Querétaro (ver imagen), la cual, dicho sea de paso, me remite al comunicador de la ciencia Marcelino Cereijido Mattioli: “Nuestra divulgación ahora sólo entretiene a hijos de divorciados los fines de semana”.

Nada. Nadie. “Una hostilidad tan comparable con la de la sociedad mexicana, que odia a la ciencia… sin conocerla”.

No es gratuito que Thomas Henry Huxley escribiera que “la historia de la ciencia es una larga lucha contra el principio de autoridad”.

No es gratuito que Cerejido señale que México pertenece al Tercer Mundo porque acá se interpreta todo ‘a la católica’ y no ‘a la científica’.

“México no sólo carece de ciencia, sino que no sabría qué hacer con ella si la tuviera. Tiene investigación científica, pero no un uso social de la ciencia. México no sólo no tiene ciencia, tampoco tiene una cultura compatible con la ciencia”.

No es gratuito que Jean Piaget explicara que “uno no sabe lo que ve. Ve lo que sabe”.

“La divulgación con la que hoy contamos no explica a nuestros alumnos por qué unos pocos países sí tienen ciencia moderna y los demás no. Por qué en el Tercer Mundo el Estado y los empresarios pagan costosas patentes extranjeras, pero rara vez encargan a nuestras Universidades la resolución de algún problema concreto”, apunta Mattioli.

Ha de ser –digo yo– porque el desconocimiento de la realidad y de la naturaleza de la comunicación es mero reflejo de los funcionarios y políticos ágrafos que, supuestamente, dirigen o administran la política educativa y científica.

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