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Cada quien su Dylan

456 | 2 noviembre 2016 | Una Temporada en el Infierno | 41 vistas | comentarios
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george harrison y bob dylan

George Harrison y Bob Dylan, durante el ‘Concierto para Bangladesh’. Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

Sick man lookin’ for the doctor’s cure / lookin’ at his hands for the lines that were / and into every masterpiece of literature / for dignity.

Bob Dylan

Nacer y crecer en la Ciudad de México fue un primer giro del destino.

El segundo fue estudiar en el Colegio de Ciencias y Humanidades, plantel Sur, con vista al Ajusco.

Una etapa preparatoriana fundamental en mi vida. Una donde aún existían locos.

Alejandro Ramos Trujillo.

Alejandro Ramos Trujillo. Su Dylan es mi Dylan. Foto: www.alexramosart.com

Uno de ellos, Alejandro Ramos Trujillo (alias ‘Lennon’, porque era igualito), habitante del barrio clasemediero-populoso de la Viaducto Piedad, desvió mis sanas metas de adaptación social hacia un tal Bob Dylan, de modo que en 1977 dejé de ser cuerdo.

Me hice adicto a “el poeta del caos” (según exacta definición del dylanniano Joaquín Sabina) y a su “voz de borrachín” (según exacta definición de mi papá).

Su intervención en el ‘Concierto para Bangladesh’, haciendo mancuerna con George Harrison, me convenció de que “el Jesucristo del rock” (según exacta definición de mi vecino de páginas, Germán Espino) me hablaba directamente a mí, advirtiéndome que el viento rugiría y las nubes se ennegrecerían: ‘A hard rain’s gonna fall’.

No había un Dylan más vivo que ése, hasta que en Mexicali descubrí, en una buhardilla con montones de discos, su Blood on the tracks.

No había un Dylan más vivo que ése, hasta que la hermosa Susana –durante una de sus estrambóticas reuniones en su ‘depa’ de avenida Revolución– me dio una dosis del desgarrador y desesperado concierto Before the flood, donde el cantante no canta: grita.

Alejandro, Susana y yo siempre esperábamos a que el Maestro resucitara al tercer día y nos iluminara con piezas de arte como Slow train coming, disco con el que subió al cielo para sentarse a la derecha de Lenny Bruce, el hermano que nunca tuvo.

Tantos años corrieron y ni Alejandro ni Susana ni yo nos preguntamos jamás si a Dylan le otorgarían el Nobel de Literatura. No era tema.

Tampoco lo era entre los críticos y escritores que hoy profetizan con su pluma.

Sólo nos interesaba que Dylan sonara en el Callejón de la Desolación.

Sólo nos interesaba que Dylan sonara en el Boulevard de los Corazones Rotos.

Ahora, ya no hay locos.

Todo mundo está cuerdo. Tremendamente cuerdo.

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