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Hasta aquí hemos llegado. Es el fin

462 | 15 diciembre 2016 | Una Temporada en el Infierno | 155 vistas | comentarios
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william burroughs

El escritor William Burroughs. Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

“Los que llegan no me encuentran. Los que espero no existen”: Alejandra Pizarnik.

Mis cuates de Libertad de Palabra me han avisado que “hasta aquí llegamos. Se acabó”.

Fin de ciclo. “Morir es un arte, como casi todo. Yo lo hago excepcionalmente bien. Supongo que cabría hablar de vocación”, escribió la suicida Sylvia Plath.

He adornado la tragedia humana con tildes y puntuaciones. Y he vestido a la podredumbre cotidiana con la seda de la sintaxis.

Hice mía la “cruzada en contra de la hipocresía” que J. D. Salinger puso en boca de su personaje Holden Cauldfield en The catcher in the rye, libro enigmático que portaba en su gabardina el asesino de John Lennon aquella noche aciaga del 8 de diciembre de 1980 en Nueva York.

Hice mías las palabras de Manuel Blanco, alcohólico él, quien desde los años 90 vaticinó la decadencia del oficio periodístico y criticó “la figura de aquellos que se presentan como periodistas y son únicamente simuladores, no obstante que anden con traje, sean recibidos en oficinas de prensa, les hagan llegar el boletín informativo, los inviten a foros o congresos a Universidades, usen los medios para sentirse importantes y tener aduladores a su lado”.

Cuenta William Burroughs, drogadicto él, que todas las historias nacen de algún suceso y éste señala un principio.

Yo no quería nacer y a veces todavía pienso que no quiero nacer.

Ése es mi modo de ser mental y no sirve de nada sufrir por ello.

De ahí que mi único ritual para escribir sea el de alejarme de todo lo que me haga recordar a Ramón Martínez de Velasco.

“En tantísimos años sólo llegué a conocer de mí mismo la cruel parodia, la caricatura insultante, y nunca pude hallar el original ni el modelo” (José Emilio Pacheco).

Hasta aquí hemos llegado. Es el fin.

“Es posible que estas semanas sean calendario propicio para volver a ponderar las palabras que nos dieron Patria. Sería fantástico poder sentarse con el respectivo editor de cada guión personal, único y biográfico, y calibrar todas las palabras que, se supone, orientan el decurso de cada vida. Todo escritor no tiene más remedio que asumir el honesto martirio de la página en blanco, la adrenalina inaplazable de poder concluir, párrafo a párrafo, unas páginas que sustenten el desasosiego y las ganas de ser Otro, de rebasar esta vida y sus guiones preestablecidos” (Jorge F. Hernández).

Hasta aquí llegamos. Se acabó.

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