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Hay mucha niebla… o no sé qué

479 | 3 mayo 2017 | Opinión | Una Temporada en el Infierno | 69 vistas | comentarios
el gato negro mexicali baja california

‘El Gato Negro’. Hoy café-cantante. Foto: Especial.

Ramón Martínez de Velasco

Le dan la comida en la boca
y por sus labios escurre.
Cuando llegó decía ser el elegido.
Pero hace años no dice palabra alguna
y sólo la tapia observa fijamente.
Hay quien dice que espera una señal
para manifestar su grandeza y poderío.
Antonio Di-Bella

Hay estudios, análisis, que aseguran que los escritores están en riesgo de sufrir trastornos mentales.

Y aunque es difícil decidir quién está cuerdo y quién no, aquellos estudios, análisis, tienen mucho de verdad.

También es cierto que las enfermedades mentales pueden esconderse a diario, a la espera de mostrarse al mundo.

También se dice que locura y genio forman un solo nudo, y que en ese nudo van atadas tendencias suicidas, esquizofrenia, fases depresivas, secuelas traumáticas, finales infelices.

Ejemplos hay. Y aunque en la literatura no todo es autobiografía, no estaría mal que lo fuese. Y tampoco estaría mal que lo fuese en el periodismo, porque esta profesión se ha mezclado con la ficción.

Un ejemplo de cómo hacer del oficio una autobiografía –por voluntad propia o involuntariamente– es el del peruano Guillermo Descalzi. Reportero de guerra, de profesión antropólogo. “Los cambios que parecen repentinos, generalmente no lo son. Todo trae raíces. Soy una persona que ha vivido en la periferia, sin sentido de los límites”.

guillermo descalzi periodista

El reportero peruano Guillermo Descalzi. Foto: Getty Images.

Llegó a California en 1975. Vendió joyas en las calles de San Francisco. Fue ‘Jefe de Noticias’. Con su fama y éxito llegó el desmadre, la adicción a las drogas y al alcohol. Abandonaba sus labores periodísticas y desaparecía días enteros.

Sus colegas ofrecieron ayudarle. Rehabilitarlo. Desintoxicarlo.

La tele-audiencia perdió su rastro. Mendigó en las calles varios años. El periodista ejemplar se convirtió en mendigo.

A pocas cuadras de la Casa Blanca (la de Washington), donde se paseó como periodista-estrella de la cadena hispana Univisión, Descalzi habitó una casona abandonada, rodeado de alcohólicos y drogadictos.

Diplomáticos, políticos, reporteros, confesaban frecuentemente haberle dado limosna, disfrazando la sorpresa del encuentro y la compasión que despertaba en ellos ese rostro tan familiar para muchos televidentes.

En estado tan lamentable lo redescubrió la reportera Pamela Constable, del Washington Post, con quien el vicioso compartió momentos de su carrera periodística. “Estoy segura de que en mi rostro se asomaron la sorpresa y la lástima. Pero él se aprovechó inmediatamente para insistir en que le comprara joyas. Le compré todas”.

A manera de relato, coherente y erudito, él le dijo a ella: “Trato de borrar mi ego. Hay cosas que uno debe predicar con la vida”. Y se retiró del mundillo social y se hizo ermitaño. “La gente lo que busca es fama, Poder, dinero, influencia… y en su logro se desvive. Lo mismo hacía yo. Y no me llevaba hacia ninguna felicidad. Así que decidí abandonarlo”.

Deambular en la calle le dio “un montón de paz y de seguridad en mí mismo, después de haberlas perdido”.

Lo mismo hacía yo. Y deambulé meses enteros en ‘El Gato Negro’, mero en la zona de tolerancia de Mexicali, Baja California.

Ahí, a media luz, supe que la crisis que me salvará será la última crisis.

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