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Nadie sale vivo de aquí

482 | 23 mayo 2017 | Opinión | Una Temporada en el Infierno | 70 vistas | comentarios

Ramón Martínez de Velasco

El llano sigue en llamas. Se aviva el fuego”: Víctor Jiménez (Fundación ‘Juan Rulfo’).
pedro paramo de juan rulfo

Juan Rulfo. Allí, entre tumbas, dio vida a personajes muertos. Foto: Especial.

El 28 de mayo del 2007, aquí, en Libertad de Palabra, dediqué una página a Juan Rulfo (hoy muerto) porque hace diez años no sabía (yo) si llegaría (yo) a conmemorar su centenario, que hoy llena un montón de páginas.

Don Juan fue casi mi vecino en la colonia ‘Guadalupe Inn’ de la Ciudad de México, a donde el maestro llegó en 1933 (mucho antes que yo naciera para morir).

“A lo rulfiano se le identifica con lo profundamente mexicano. No tengo una idea clara del significado de lo profundamente mexicano, pero los lectores suelen ver lo profundamente mexicano de Rulfo en el arraigo a la tierra, que es su condena, o en los cacicazgos que transforman a una sociedad en familias diezmables. Rulfo no es el narrador que describe a lo mexicano, sino su escasez y silencio. En su obra, la tragedia es el punto de partida de quienes viven entre huidas y asesinatos, entre traiciones y aislamientos” (Carlos Monsiváis, hoy muerto).

A su casa de la ‘Guadalupe Inn’ llegaba seguido el periodista Fernando Benítez (hoy muerto). Y si los vecinos corríamos con alguna suerte, los podíamos hallar en la cafetería de la librería ‘El Juglar’, fumando como chacuacos.

“Algunos de los mejores momentos de mi vida los he pasado charlando con Juan Rulfo, hasta después de la media noche. Y muchas veces me he preguntado si verdaderamente lo conozco.

Siempre deja una sensación de lejanía, de que está en otra parte. Habla con una naturalidad absoluta, empleando el lenguaje refinado y popular de sus personajes. Un lenguaje que él mismo se ha inventado y que no encontré nunca en ningún otro escritor” (Fernando Benítez).

Me gusta imaginar que en ésa cafetería –donde muchos aprendimos de literatura– moldeó a los pálidos fantasmas que habitan Pedro Páramo y El llano en llamas.

“La idea me vino del supuesto de un hombre al que, antes de morir, se le presenta la visión de su vida. Yo quise que fuera un hombre muerto quien la contara. Originalmente, sólo Susana San Juan estaba muerta y desde la tumba repasaba su vida. Allí, entre las tumbas, estableció sus relaciones con los demás personajes, que también habían muerto. El mismo pueblo estaba muerto (…) Di con un realismo que no existe. Con un hecho que nunca ocurrió. Con gente que nunca existió” (Juan Rulfo).

Cuenta la leyenda que bautizó a sus personajes leyendo lápidas en cementerios de Jalisco, donde ‘la Cristiada’ sólo dejó crueldad y sufrimiento.

En 1986 Juan Rulfo entró en la Muerte.

Como quien entra en una fiesta.

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